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Un Cuarto Propio

  • Lucía Raphael

  • Lucía Raphael
  • “¿La fuerza del lobo está en la manada? Los violadores de Pamplona”

Una joven de 18 años se deja acompañar por un grupo de hombres en plena fiesta popular, para llegar “sana y salva” a su auto, durante la fiesta conocida como “los Sanfermines”. Algo en ellos le hizo pensar que estaba segura en aquel carnaval. Dolorosa traición la de estos neandertales, que no solo jugaron la protección para engañar a su presa, sino que impusieron la fuerza del número, de género y se hermanaron en el acto de violación de la joven impotente, en un placer que muestra su cobardía, y esa forma de homosexualidad perversa inherente al machismo; compartir la presa, penetrar a la hembra en manada, poseer, humillar a la otra, como acto de consolidación de su hermandad. Y exponer, como quien exhibe un trofeo, lo despreciable de su acto en el chat donde 12 subhumanos se hacen llamar “la manada”.

Este fenómeno en la cultura de la dominación, que Rita Laura Segato explica en su libro: “Estructuras elementales de la violencia”, en el que expone que la violación, es un mandato masculino, que se refleja en muchísimos niveles en nuestra cultura. Un acto del cual la banda se siente tan orgullosa, que no solo no la oculta, sino que la presume: “Follándonos a una entre los cinco. Puta pasada de viaje”. El soporte del grupo no se hizo esperar: “Esos son los viajes guapos”, responden. Su única preocupación es reconocer a sus compinches en la noticia que anuncia la detención de los violadores.

El elemento que ayudó a reconocer a los agresores, anuncia el leitmotiv de todo el drama, explica, no solo el comportamiento irracional y abusivo, sino los rasgos que hacen a sus colegas celebrar el acto “envidiándolos”, lo que ilustra lo que Mary France Irigoyen describe en el fenómeno del “Mobbing”, que precisamente viene del término inglés “to mob”, relativo al acto del “acoso en mandada”.

“La fuerza del lobo reside en la manada”, reza el tatuaje del más estúpido y exhibicionista. El placer de la caza, en el placer de la anihilización de la otra, y que genera en el grupo una sensación de fuerza a partir de “ ‘la agresión por la agresión’ -como explica Segato- sin finalidad ulterior (que), se revela como el surgimiento de una estructura sin sujeto, una estructura en la cual la posibilidad de consumir el ser del otro a través del usufructo de su cuerpo (está al centro…)”. El estudio de la antropóloga brasileña -que ha trabajado desde los años 90 en el tema de los Feminicidios en Ciudad Juárez- expone desde divers@s autor@s, que han analizado la violación, y la  define: “(…) en el sentido de apropiación por la fuerza de todas las hembras de su horda por parte del macho-padre-patriarca primitivo (…) como el crimen que da origen a la primera Ley, la ley del estatus: la ley del género (Patteman sic).”

Segato hace referencia a un “sujeto masculino” en contraste a los significantes femeninos, en lugar de hablar de “hombre” o de “mujer” porque la violación en cuanto al uso o abuso del otro, no es una práctica exclusiva de los hombres ni son siempre las mujeres que la padecen. Esta banda y su acto despreciable son la consecuencia de todo un mandato de género que determina las relaciones de poder. Lo que me angustia es: ¿Cómo mantener la confianza en el género masculino, si la línea que separa la lealtad y la confianza en el otro, es tan delgada cuando se trata de alimentar egos tan frágiles y quebradizos, como los de aquellos que viven para y por la fuerza fatua y desbordada de la manada? ¿Radicará en ello la esperanza del individualismo…?

*Escritora e Investigadora IIJ UNAM.

learapha@gmail.com                    @LUCIARAPHAEL11