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Un Cuarto Propio

  • Lucía Raphael

  • Lucía Raphael
  • “En el planeta de la imagen, el ciego tiene escape…”

Imagine usted un país en el que quien gobierna está convencido de que los gobernados no son seres humanos, sino efigies de cartón que se acomodan en sus mítines y detrás de la televisión para admirarlo silenciosos, “desechables”. Existen como número que alimenta, o no, el ego de su mandatario. Y de eso vive, solo del reconocimiento, de la imagen; formado para ser reflejo, la falta del halago lo mata. Por eso grita desesperado detrás de la publicidad que lo bueno nadie lo ve. Como niño chiquito brincando ansioso por el aplauso; pero nunca es suficiente, nunca lo será. Mientras que, convencido que gobierna un país de las maravillas, olvida que más del 50 por ciento de la población vive en pobreza absoluta, pero el que canta en todo foro que conduce una nave en pleno crecimiento, mientras arrebata a los nacionales sus tierras y aguas, las fracciona y las vende al mejor postor… porque eso le da dinero y aplausos de quienes quieren comprar.

Todo es de utilería, incluso sus decisiones, particularmente cuando se trata de relacionarse con otros países; títere de quién sabe qué malos guionistas, este protagonista entra a escena sin que le hayan mandado su guión esa mañana, de pronto “el hombre de hojalata” se encuentra en el set, dialogando con “el hombre de paja”; ese que ha insultado a su país, a sus habitantes, a él mismo. El muñeco se mantiene ahí, cual figura de cera impávido, sumiso, avasallado. Después dirá que “tenía que enfrentarlo”, pero él sabe, como todos, que lo que hizo fue humillarse, porque no tiene ni la formación ni los tamaños para hacerle frente. Acorde con la esquizofrenia de este cuento, cada uno por su lado dará una versión diferente del encuentro. El país gobernado por “el hombre de hojalata” fue agraviado en la necesidad histriónica y desesperada de aceptación del mandatario; ahogado en su imagen frente al espejo de agua, como acaban todos los Narcisos, se pierde en su reflejo. Ese país cuya tradición diplomática tenía una historia de dignidad y alta estima, acababa de perder, lo que al “hombre de hojalata” más le importa: “la cara”. En cualquier otro país, de cualquier otra ficción, todo esto que el dirigente ha provocado y permitido que ocurra, en esta larga historia de terror, hubiera sido suficiente para que dimitiera. En este cuento, el corolario es todavía más triste: a fuerza de callar, a fuerza de aplaudir a cambio de una televisión o de una canasta básica, a fuerza de hambre y de dejar pasar y acostumbrase al asesinato y a la desaparición como cosas cotidianas, acostumbrados al absurdo y a la renuncia de seres humanos y a la dignidad; a la negación de la población por la población misma, las personas de este relato descubrieron un día, que no sabían moverse porque se convirtieron en aquellas efigies de cartón, que solamente sabían apretar botones conectados a “aplausometros”. Y vieron pasar el declive de ese país que alguna vez aspiró a ser una democracia, como se ve al Titánic hundirse desde una butaca frente a la pantalla. Habría que encontrar en la ceguera, quizás como Saramago, esa manera de salvarnos del reino de la imagen, para recuperar la faz y el volumen de nuestro ser y nuestra dignidad… Dejar de ser efigies expectantes.
*Escritora e Investigadora IIJ -UNAM