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Un Cuarto Propio

  • Lucía Raphael

  • Lucía Raphael
  • “Echarnos la muerte encima. ¿Estos son los hombres?”

La violencia ejercida contra Ana Guevara expone de manera brutal la podredumbre de nuestra sociedad. Conforme la historia avanza, las profundas raíces del desprecio por las mujeres afloran en las personas, los discursos, las simbologías: omnipotentes y omnipresentes. Ana Guevara, vivió en carne propia la más brutal y primitiva de las manifestaciones: cuatro hombres que abren el círculo de la violencia y dan la vuelta a la espiral y en cada vuelta, se van sumando otros hombres –mujeres también- y otras violencias que están insertas en nuestras cultura, en nuestro consciente, en nuestro inconsciente. “El hombre es el lobo del hombre”, “el hombre es el lobo de la mujer”, este odio que da vida a la cultura del miedo, del control, del desprecio del hombre por sí mismo.

A Ana Guevara, la mujer que conducía una motocicleta, en una carretera del Estado de México, que fue golpeada por una camioneta, la batieron tantos machismos, que es un milagro que siga en pie. Primera violencia: la imagen del abuso: Una camioneta hecha para “echar lámina”, tira a una motocicleta cuya estructura es frágil por principio. No hay justificación posible, hay una voluntad de aplastar. Hay una fantasía de poder ejercida impunemente en un espacio, donde se asumen reglas de civilidad para sobrevivir y esa fue su primera fragilidad: ¿Cómo apegarse a un código de respeto, donde hay la voluntad de violarlo por sistema? Ya en tierra, cuatro hombres se bajan y la muelen a golpes. La más animal, la más delirante, la más abusiva y descarnada de las violencias, la física. La ley del más fuerte se suma a la estupidez, al abuso, al desprecio por todo lo que las mujeres significan. Se saben poderosos, se saben impunes, se saben mayoría, no hay una sola justificación a su ejercicio de la fuerza, pero en esta sociedad donde se asumen tantas cosas, aunque no se digan, no ser lo que el imaginario de las bestias exige que “debe ser una mujer”, es una licencia para matar y de hecho, incluso, apegándose a ese “deber ser femenino”, ser mujer implica una licencia para disponer y aniquilar por parte de quien la ostenta.

Tercera violencia: esa cobarde y artera que viene de quienes se esconden en el anonimato de las redes sociales, ese placer por la sangre que expone nuestro nivel de enfermedad, que hace alarde del “mobbing”, esa “manada salvaje en busca de presa”, que definen nuestra idiosincrasia. Desde el que encuentra gracioso exponer una foto de otra mujer apaleada como trofeo, hasta aquellas que hacen alusión al físico de quien fue atacada, para “justificar”la agresión, proyectando en ella fantasías de toda índole, exponiendo la miseria humana de quienes escriben.

Cuarta violencia: la política, que regresa al inicio: el hecho de ser mujer. La reutilización mierda y partidaria de su situación, acusarla de abusar de su realidad para denunciar, acusarla de no haber denunciado lo suficiente, siempre en todos los niveles, la burla, el desprecio, la convicción de que es presa fácil de los escarnios, de la destrucción, de la desaprobación… Aterra entender la cobardía, la deshumanización, lo imperdonable que es para las y los mexicanos, ser mujer. Los argelinos tienen un proverbio: “Crecerás, sufrirás y se lo harás pagar a las mujeres”, ¡Ésta es la médula del odio! por eso nunca termina, y en México es una religión. Estos son los hombres… este es su decreto, por eso “los trogloditas” creyeron que estaban en su derecho. Ana no estás sola, ojalá y las mujeres de este país, no lo estemos del todo (sé que no, pero ¡falta tanto!). Lo que sé es que nosotras ya no podemos dejar que nos sigan echando la muerte encima.

Escritora e Investigadora IIJ UNAM

learapha@gmail.com

@LUCIARAPHAEL11