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Un Cuarto Propio

  • Lucía Raphael

  • Lucía Raphael
  • “20 minutos de acción’ o, cuando un padre fastidia a su hijo violador y a sus víctimas”

 

Cuando un juez le da seis meses de prisión con derecho a fianza a un violador “porque la sentencia puede afectar su futuro” y el padre del mismo violador considera que la existencia de la sentencia en sí es demasiado injusta para “20 minutos de acción en 20 años de vida”, sabemos que el sistema judicial y la cultura detrás del mismo están ya en el fondo más profundo y perdido de lo que queda de una civilización en franca decadencia. Desde que comencé a leer la carta de la chica víctima de violación al lado del basurero de una de las fraternidades de la prestigiosa Universidad de Stanford, no he podido dejar de sentir intensas nauseas y una dolorosa y admirativa empatía por la mujer; que al atreverse a escribir tal carta, no solo hizo un trabajo catártico, valiente y ejemplar, sino que dio a las generaciones de mujeres y hombres, que ya la están leyendo, herramientas para entender (y espero evitar) esta realidad que ocurre desgraciadamente en todas las universidades de todos los países.

Y lo que muestran los discursos de los hombres del caso, es que esta podredumbre viene precisamente del sistema de valores, del cual el juez Aaron Persky (perteneciente a la Corte Superior de Santa Clara, California) hace gala y defiende por encima de la más elemental noción de justicia y, que tiene que ver con el origen de las fraternidades universitarias, con las perradas o novatadas, con las relaciones de compadrazgo y, como explica Virginia Woolf en “Tres Guineas”; esos valores de: Poder, apariencia, posesión, prestigio, sexo como posesión y fuerza, que la escritora explica “se encuentran al origen de la guerra”, de las relaciones de dominación, del profundo desprecio por “el otro”, comenzando por el odio a las mujeres. Esos valores que cada espacio del hacer humano ostenta y hacen valer como aspiracionales. Eso que hace que un juez privilegiado por la vida crea que el haber sido él mismo un “nadador remarcable”, justifica que un joven con ese coincidente privilegio, tiene derecho a violar y fastidiarle la vida a una mujer, por que el “futuro prometedor” del joven, tiene más valor que el daño irreparable; al cuerpo, a la psique, a la vida de una mujer, que tuvo la mala suerte de atravesarse en su camino.

Brock Allen era un violador en potencia desde que su padre le inculcó, a golpe de mensajes “viriles” a lo largo de 20 años, que “20 minutos de acción”, significan: “tú tienes derecho a disponer del cuerpo de una mujer (si puedes, es más fácil si está inconsciente), de llevarla al basurero, de tratarla como basura, de llagarla, penetrarla con los dedos, desnudarla sin importar las consecuencias de tus actos, porque para eso eres ‘hombre blanco, estudiante de Stanford y nadador casi olímpico’”. A eso le llama su progenitor “acción” y yo lo llamo cobardía. Bajo estos principios: “él tenía derecho a denigrar y arrebatar la dignidad a esa joven, porque estaba destinado a defender esos “altos valores” que “dan sentido” a nuestra jodida cultura: “El más fuerte, el más rápido, el más alto”. De eso se trata el patriarcado, y es lo que lleva a la humanidad a sus más viles y cruentas acciones, es la misma lógica de las violaciones sexuales como armas de guerra en los Balcanes como en Ruanda, o la impunidad de la clase alta veracruzana, y a su propio sistema de justicia en el caso de Daphne Fernández. No entender esto, es querer seguir justificando lo injustificable y, sobre todo, es cerrar los ojos ante la necesidad fundamental de un cambio de paradigma, que no sea la idea de que“el hombre, es el centro del universo” y la creencia de que eso le autoriza “todo” sobre lo que este principio defina como inferior a él.

En la carta, la joven termina agradeciendo a quienes han sabido darle soporte en este proceso largo y doloroso, y cuenta, conmovedora, que dibujó dos bicicletas que tiene en el muro de su cuarto, y que representan los dos jóvenes suecos, que detuvieron la prosecución de la violación y al violador, esos que al atestiguar apenas podían hablar, impedidos por el llanto, frente a la impresión de lo que vieron. Yo me aferro a creer en esos hombres cuyas educaciones fueron distintas, cuyos valores posiblemente ya no estén marcados tanto por el “honor”, sino por el respeto, la subjetividad, la “responsabilidad del otro”. Aunque me aterra pensarque esos valores que Woolf consigna, son los que marcan todavía el pensamiento de aquellos que hoy se ocupan de nuestro sistema de justicia.
FUENTE: http://www.actitudfem.com/entorno/genero/mujeres/carta-de-la-victima-de-stanford-al-hombre-que-la-violo
Escritora e investigadora IIJ UNAM

learapha@gmail.com

@LUCIARAPHAEL11