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Un extraño discurso

  • Javier Oliva Posada

En México, como estamos acostumbrados a que una noticia importante sea desplazada y sucedida por una o varias al mismo tiempo, nos impide analizar con detenimiento y cuidado algunos aspectos que pueden terminar por afectar notablemente la dinámica de nuestro país. Así es el caso del discurso del presidente de la República del pasado miércoles 26 de julio, en una ceremonia de entrega de reconocimientos a 66 unidades del Ejército Mexicano, la Fuerza Aérea Mexicana y la Marina que se distinguieron por la valentía y determinación en sus labores de confrontación y sometimiento al crimen organizado.

De las partes más destacadas del discurso presidencial, fue la de llamar a los integrantes de las Fuerzas Armadas a no obedecer órdenes de sus superiores que tuvieran que ver con la violación de la ley y sobretodo nacional los derechos humanos. Sin venir a cuento o por alguna coyuntura polémica o por algún caso en específico, dicha afirmación, en medio de la inexplicable parálisis legislativa, incluyendo el papel central del partido gobernante, es que un señalamiento de semejante magnitud puede propiciar, sin razón alguna, acciones de indisciplina, abandono de labores e incluso desacato pues “ya lo dijo el Presidente”.

Los datos proporcionados por la misma Comisión Nacional de Derechos Humanos, no dejan lugar a dudas. Una verdadera caída del 70% de las recomendaciones a las Fuerzas Armadas a lo largo de la presente administración, es una muestra fehaciente de cómo el estudio, seminarios, conferencias y platicas a todos los integrantes y unidades de las Fuerzas Armadas, han dado resultados. Por eso llama la atención el sentido y fraseo del discurso del 26 de julio, pues por otra parte, deja en claro que hay una propensión o disposición por parte de los mandos sobre su personal, para que en determinadas circunstancias se tengan o puedan violar los Derechos Humanos. Nada hay más contrario al espíritu de la legislación, axiológica, mística y actividades militares que tener cualquier inclinación para infringir ninguna ley. Menos aún para afectar a la población, cuando velar por su integridad, es una de sus principales misiones.

Veamos con detenimiento la situación que guarda la responsabilidad civil, en cualquiera de sus ámbitos y tareas, en cuanto a la recuperación de la Paz pública y de la plena vigencia del Estado de derecho; es notable como algunos indicadores a nivel nacional refieren que la pendiente de violencia continúa y en ese contexto las Fuerzas Armadas en efecto, siguen haciéndose cargo de la mayor parte de las tareas de contención y sometimiento al crimen organizado en amplias zonas del país. Las relaciones con la sociedad, así da cuenta cualquier encuesta o sondeo de opinión, refiere como la apreciación y el prestigio de las propias Fuerzas Armadas, se mantienen en el primer lugar por parte de las comunidades. No obstante las muy difíciles condiciones, que van del adiestramiento hasta la falta de presupuesto y leyes apropiadas, no dejan como servidores de la Nación, lugar al descanso. Con lo que esto significa para sus familias y ellos mismos.

Sabedor como pocos de las condiciones de vida y peligro que corren sus militares y navales, extraña entonces que dichos pronunciamientos presidenciales se hayan realizado en un momento de particular agudización de la violencia, así como en un ambiente de desventaja legislativa para los integrantes de las Fuerzas Armadas, sus familias y general para la propia sociedad. Esperemos que sólo haya sido un extraño discurso.

javierolivaposada@gmail.com