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Un futuro sin populismo

  • Alejandro Díaz

Alejandro Díaz

Donald Trump evidenció que el populismo está vivo en el mundo aunque muchos más lo hayan aprovechado antes. Por primera vez en un país tan importante es electo presidente quien ofrece lo que todos desean oír, pero que es imposible de cumplir. Ya había sucedido en innumerables países del Tercer Mundo antes y después de la Segunda Guerra Mundial. También cundió en buena parte de Europa en el periodo entre ambas guerras mundiales: de España a Alemania.

El populismo es una actitud política que raya en la demagogia. Su ideología puede ser tanto de izquierda como de derecha, su estratégica se distingue por las propuestas de igualdad social, de favorecer a los más débiles, solo como gancho publicitario. Pueden o no saber que sus promesas no pueden ser llevadas a la práctica y no les preocupa mientras éstas le sirvan para alcanzar el poder. Abusa en forma oportunista de argumentos emocionales sobre los racionales para atraer a las clases populares, aunque para lograr sus objetivos reales (que no siempre dejan ver) al estar en el poder utilizan la fuerza y aún más demagogia.

Los populistas pueden parecer inocuos pero son peligrosos. Como candidatos denuncian la corrupción y a los políticos corruptos, pero al llegar al Gobierno caen en los mismos males y de peor manera. Ofrecen un Gobierno perfecto pero llegando al poder buscan la manera de perpetuarse (para salvar a la Patria por supuesto) utilizando medios no siempre éticos.

Los populistas no tienen cabida frente a Gobiernos responsables, pero sí toman ventaja del desprestigiado gubernamental si se cometen errores aunque parezca que no los hacen. Trump declaró la inequidad del TLC con México aunque todo mundo afirmaba que quien ganaba con él TLC era Estados Unidos. Sin hacer un análisis serio culpó a México de los trabajos perdidos cuando en verdad se perdieron frente a China y la automatización, logrando que los estados con gran desempleo lo votaran.

En México también un populista busca encabezar el Gobierno que se elegirá en 2018. En su tercer intento por llegar a la Presidencia se declara en contra de la corrupción y de la impunidad sin ofrecer planes concretos ni haber mostrado cómo los resolvió en la entidad que gobernó. Señala lacras sin aportar soluciones ni ofrecer compromisos concretos como no sea regalar dinero público. Su populismo le alcanza para criticar, no para proponer soluciones ni un plan de Gobierno satisfactorio.

Un verdadero demócrata frente a los problemas aporta soluciones. Un populista los señala con dedo flamígero, condenando sin aportar soluciones ni comprometerse. Su postura antigubernamental y antisistema podrá ser popular, pero no es garantía de que su eventual Gobierno se comportaría mejor en el plan ético.

El mayor problema de cualquier populista -incluido el mencionado- es la poca confiabilidad de que será un Gobierno de calidad que no intentará eternizarse con pretextos. Adolfo Hitler fue electo con una muy pequeña mayoría relativa (23 por ciento) y rápidamente se convirtió en un dictador que puso a temblar al mundo, Hugo Chávez apenas llegó a la Presidencia buscó hacer cambios a la Constitución para eternizarse en el poder, aunque la muerte se le atravesó 14 años después de su primera elección. Ahora su sucesor sigue empeñado en continuar su mandato populista aunque haya desabasto y carestía en todo el país.

Si no cuidamos al país del populismo preparémonos para sufrir una tragedia similar a la venezolana.
daaiadpd@hotmail.com