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Un mensaje de paz y eternidad

  • Raúl Carrancá y Rivas

Agolpe de vista, si cabe el término, cualquier persona puede constatar la celeridad con que cambia el mundo de hoy: costumbres, modas, políticas, ideologías, estilos de toda clase. Celeridad que se identifica con un dinamismo y una fuerza dialéctica sorprendentes. Sobre todo, se trata de un fenómeno de transformación moral y de hábitos sujetos a presiones de diversa naturaleza. ¿Pero es un fenómeno de fondo, de esencia y substancia o solo de apariencia? ¿Apariencia desesperada y en ocasiones anárquica? Es como un grito para querer aferrarse a algo sólido y fuerte, incambiable e inmutable.

Lo que vemos, repito, lo que “vemos sabiéndolo por las noticias”, es una convulsión general en que impera hoy por hoy la violencia con predominio del terrorismo. El mensaje es terrible: no hay nada más allá de lo que tenemos aquí y en consecuencia se vale todo: matar, morir, destruir. Es un culto a la nada, a la finitud. Y en el ínter… se celebra la llamada Semana Santa, Semana Mayor, sin saber a ciencia cierta por qué, porque sí, porque es la costumbre. André Malraux escribió un libro formidable, devastador, La Condición Humana, de altísimo valor literario y con la misma tónica del Sartre de la postguerra: la angustia, la soledad.

Solo que Sartre lo hizo llevando al contexto social el concepto de la angustia de Kierkegaard (filósofo danés desgarrado por un dolor inmanente); similar al Del Sentimiento Trágico de la Vida de Unamuno. Aunque éste, creo, no era un ateo sino un irritado y excitado por encontrar
a Dios.

En fin, el mundo parece hundirse. Y en el ínter celebramos la Semana Mayor. De un lado el catolicismo ortodoxo aclama la resurrección de la carne, en medio de una crisis de fe y de participación activa en la Iglesia. Aquí refulge en parte la idea cristiana de la inmortalidad del alma. Se le rinde triunfo al dolor, a la pena, a la mortificación. Del otro lado el protestantismo anglosajón, de origen luterano, guarda un silencio reservado, meditativo, del que participan pocos creyentes. La verdad es que habría que festejar y conmemorar una idea primordial, con “alegría cósmica” como dijera Pascal, y es la idea de la eternidad del hombre. Para el cristianismo más puro, para Jesús, la muerte es un tránsito, un paso de un estado a otro, pero no un acabamiento; no es un término ni un fin. Basada en su prístino fondo cristiano la idea renovadora de la muerte, paradójicamente, no está presente en la Semana Santa. Si se asimilara lo anterior, si se entendiera, la Pascua de Resurrección debería ser de regocijo y alegría. El mundo agobiado pide que se descorra el velo de un misterio: el de la nada sobrecogedora y aberrante, que sorprende e intimida. La violencia, el terror, el crimen, son señales de desesperación y soledad; y la psicología social puede perfectamente confirmar lo anterior.

Pero el supremo mensaje de paz y eternidad se ahoga entre la turbulencia de la frivolidad, la banalidad y la trivialidad. Se festeja la Semana Santa en el torbellino de un gran alboroto y la voz de Jesús apenas si se escucha, palideciendo como una luz débil. ¿Qué festeja el mundo, qué celebra? Renan dijo que si Jesús no fue Dios merecía serlo. No hay duda, Jesús el hombre sigue siendo crucificado al mismo tiempo que el crimen sin control, desbordado, se apodera de países y conciencias. Y lo cierto es que políticas de prevención del delito, leyes dizque flamantes (?), policía, Ejército, no pueden resolver -a duras penas lo enfrentan- el problema lacerante. Pero el mundo baila, ¿en un festín acaso de inconsciencia?
@RaulCarranca

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