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Un mundo en guerra perpetua

  • Betty Zanolli

Betty Zanoli Fabila

No debemos tener miedo en decir la verdad, el mundo está en guerra en estos momentos porque ha perdido la paz… Hablo en serio de una guerra, una guerra de intereses, por dinero, por los recursos de la naturaleza, por el dominio de los pueblos… El mundo está en guerra, pero no es una guerra de religiones, porque todas las religiones quieren la paz.

Contundentes declaracionesfueron las que expresó el papa Francisco durante la Jornada Mundial de la Juventud en Cracovia el pasado miércoles, tras el brutal atentado en la iglesia de Saint Etienne du Rouvrayen Normandía en el que fue degollado el padre Jacques Hamel. Ataque terrorista ampliamente difundido, pero poco analizado en la profundidad de su significado, pues el arma asesina no solo cortó el cuello de un individuo, se hundió en el corazón mismo de la sociedad. De ellas destacó dos ideas. La primera: “todas las religiones quieren la paz”. Sin duda, pero ¿qué puede detonar la distorsión de ese fin supremo en el seno de una religión? La sed insaciable que hunde al hombre en el afán por acumular bienes sin fin a partir de acumular poder sin fin, como diría David Harvey. ¿O acaso no ello animó también a la Inquisición? Veamos ahora a la religión musulmana. Al retrotraernos a sus orígenes, advertimos cómo en tan solo 70 años el otrora heterogéneo conjunto de tribus nómadas y seminómadas que poblaba hacia el siglo VII d.C. la geográficamente contrastante península arábiga logró lo que ningún otro pueblo antes: integrar una unidad política, religiosa y cultural, quasi estatal, que devino en un imperio transmarítimo y circunmediterráneo que llegó a superar la extensión territorial que alcanzara la Roma imperial, abarcando desde la península ibérica hasta laindostánica. ¿Su motor? La fe. Fe de esencia militante, centrada en un único dios, cuya propagación llevó solo unas cuantas décadas realizar al profeta Mahoma al dotar a sus fieles con la absoluta convicción de ser instrumentos de Alá. ¿Su vehículo? El combate. Combate exento de sofisticadas técnicas bélicas y poderosos armamentos, equipado de cohesión y férrea ideología, atacando por sorpresa como jinetes solitarios, fieles a la yihad. Y allí el peligro, porque la radicalización de cualquier postura ideológica al alejarse de la paz y sucumbir en el fanatismo -en éste como en todos los credos-, es orillar tarde o temprano a la propia autodestrucción. La segunda: “el mundo está en guerra”, porque aunque la gran mayoría de los Gobiernos -comenzando por el nuestro- no se atrevan a reconocerlo, la guerra se ha perpetuado desde el momento en que existe como antípoda de la paz -como lo refiere el Sumo Pontífice- impactando a la población civil –particularmente los menores de edad-, cuya sangre y vidas segadas son producto de la generalizada ambición e irracional lucha de poder, como lo vemos en Irak, Siria o Afganistán, en Nueva York, Madrid, Bruselas, París, Niza, Wurzburgo, Ansbach, Múnich, Malmöo Rouen, como en Acteal, Atenco, Aguas Blancas, Tlatlaya, Ayotzinapa, Nochixtlán, o San Juan Chamula, estremeciendo de horror al mundo. Sí, porque nosotros tenemos también nuestra propia, cruentísima y multidimensional guerra intestina materializada a través de la suma y creciente corrupción, impunidad, miseria e inseguridad que nos autodestruye inmisericorde; en los más de 28 mil desaparecidos oficiales, según el Registro Nacional de Datos de Personas Extraviadas; en los más de 160 mil ejecutados durante el calderonato y lo que llevamos de la actual administración, a un ritmo que entonces llegó a los 80 homicidios diarios y ahora a 56 con tendencia a la alza y sin llegar a tener la certeza de lo espeluznante de la cifra real. Ello, a consecuencia de que México se ha perdido, indiferente, como el resto del mundo lo está haciendo, arrastrado por la vorágine ancestral de ambición y egoísmo, propia de los tiempos de crisis –agudizados en el capitalismo-, que la humanidad no ha podido evitar repetir a lo largo de su historia.
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