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Una cierta sonrisa

  • Salvador del Río

  • Salvador del Río

La detención, en Italia y Guatemala, de los dos exgobernadores emblemáticos de la corrupción, el abuso del poder, el fraude y la prevaricación, provocó las más diversas reacciones, descabelladas unas, otras interesadas, que revelan la desconfianza y la incredulidad en la clase política mexicana frente a la opinión pública del país. Las opiniones van de un extremo a otro:

Que el exgobernador de Veracruz, Javier Duarte de Ochoa, se entregó a cambio de inmunidad para su familia. A Josefina Vázquez Mota le parece una coincidencia sospechosa la detención de Javier Duarte en tiempos de elecciones, lo que implicaría, dijo, una ganancia electoral para el PRI. Para la dirigente del PRD, Alejandra Barrales, el PRI estaría buscando contrarrestar los avances de la oposición. Andrés Manuel López Obrador, en campaña permanente, aventura una opinión que parece más bien un resbalón: Javier Duarte sería un “chivo expiatorio”. El chivo expiatorio del Antiguo Testamento, lo mismo que el Cordero de Dios que borra los pecados del mundo y expía con su sacrificio las culpas de los demás, es inocente. Javier Duarte, en el concepto de López Obrador, sería la víctima propiciatoria de una venganza; López Obrador lo exonera. En medio de todo, aparece la sonrisa de Javier Duarte al ser detenido en Guatemala. Una sonrisa cínica, enigmática, impenetrable, indescifrable como la de la Gioconda. Su caso, como el de muchos otros, es patético: un hombre joven, académicamente preparado, que tuerce el camino, pierde la idea de servicio a la comunidad, trunca una carrera y termina en la lamentable condición de un vulgar delincuente.

Ciertamente, ni el Partido Revolucionario Institucional ni el Gobierno resultan beneficiados con la mayor parte de los exgobernadores acusados, en fuga o procesados por delitos durante su gestión, pertenecientes a ese instituto político. Lo que ocurre es que el PRI ha tenido en los últimos años la mayoría en los Gobiernos de los estados, lo cual no quiere decir que los gobernadores surgidos de otros partidos estén limpios de culpa o inmunes a toda acusación.

La desconfianza, la incredulidad, la impunidad de la que han estado rodeados buena parte de los delitos cometidos por gobernadores o funcionarios públicos de todos los partidos, debería terminar con las acciones como las que se han emprendido para llevar a proceso a algunos de ellos en los últimos años. Los casos de Tomás Yarrington y de Javier Duarte de Ochoa deberían constituir una lección y un ejemplo que, entre otras cosas, sirvieran para convencer a gobernadores y funcionarios del presente y del futuro, de que es posible la aplicación de la justicia cuando se tiene la determinación de castigar los delitos cometidos en el ejercicio del poder.

Frente a la diversidad de reacciones en torno a la detención de esos dos gobernadores que están en espera del proceso por las acusaciones y las pruebas en su contra, el presidente Enrique Peña Nieto hizo una puntualización importante: Ni venganza política, ni cálculo electoral o electorero, ni simulación en el combate a la corrupción; quien viole la ley, quien se enriquezca al amparo del poder debe pagar sus culpas. La justicia ha de ser para todos. Es de esperarse que en los casos de Tomás Yarrington y de Javier Duarte, que tanta polémica han causado, lo mismo que en otros similares, se profundice en la investigación y en los procesos acusatorios para terminar con la corrosiva corrupción, el abuso del poder y el fraude que tanto daño hacen a la sociedad.
Srio28@prodigy.net.mx