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Una industria petrolera mexicana, de ayer y hoy / Raúl Aarón Pozos Lanz

  • Raúl Aarón Pozos

El viernes pasado se conmemoró un aniversario más de la Expropiación Petrolera que llevó a cabo en un momento muy particular de la historia de nuestro país, el presidente Lázaro Cárdenas. El decreto histórico de expropiación de la industria petrolera, respondió a la necesidad de recuperar de manos extranjeras, particularmente americanas e inglesas, las actividades de exploración y explotación del recurso más valioso con el que ha contado en México desde el periodo revolucionario. Toda la economía mexicana y gran parte de la infraestructura para el desarrollo, así como los programas sociales y la definición de la política macro económica ha girado en torno a la explotación de este recurso no renovable, gracias al cual se dieron los procesos más importantes de industrialización en México, pero que también permitió la vinculación de nuestro país al mundo. Al presidente Lázaro Cárdenas le debemos un reconocimiento pues su decisión resultó crucial para el desarrollo de nuestro país. No podríamos entender el desarrollo económico ni los niveles de bienestar o la posición con la cual México se vincula el mundo, si no fuera gracias a los recursos obtenidos por la explotación del petróleo.

En esta conmemoración existen similitudes muy interesantes a pesar de los años. Ahora, los mexicanos también nos encontramos en una coyuntura que exige de una redefinición y de una reorganización de la industria petrolera mexicana. La iniciativa en materia energética que envió al Congreso el presidente Peña Nieto, tiene como fin último precisamente estar en condiciones de sostener y retener la explotación de uno de los recursos más importantes de cualquier economía en el mundo. Ahora ya no se trata de la exclusión para generar la muy necesaria colaboración en una industria altamente tecnificada, ni tampoco de una exclusión territorial a ultranza en actividades de exploración. Ahora se trata de innovar y diseñar fórmulas tecnológicas y financieras que permitan que sigamos explorando nuestro territorio y explotando nuestro petróleo en un marco de colaboración y mutuo beneficio en un mercado mundial que ha avanzado enormidades en la industria de los hidrocarburos.

El modelo que surgió con el presidente Cárdenas ya no funciona en las condiciones actuales. No podemos seguir en el mercado de la industria de los energéticos, particularmente de los hidrocarburos, con reglas que nos dimos hace más de siete décadas. Es indispensable controlar y de darle viabilidad histórica y económica a uno los recursos más importantes de cualquier economía, pero ahora no solo en un contexto radicalmente diferente al de los treintas, sino que hay que hacerlo con reglas de competencia e instituciones de mercado del siglo XXI.

Por ello, la reforma en materia energética, así como la legislación secundaria que impulsó el presidente Enrique Peña Nieto, para incrementar la inversión privada nacional y extranjera en la industria petrolera, tiene también como propósito generar nuevas reglas para nuevas realidades, en un contexto cada vez más complejo y competitivo. No se trata, por supuesto, de deshacer el legado del presidente Cárdenas, sino por el contrario, rediseñar las instituciones, la legislación y los procesos de vinculación y transferencia tecnológica con que cuenta el país para seguir aprovechando este muy valioso recurso de la nación.

Pero la Reforma Energética mexicana es congruente con lo que pasa en la industria petrolera en todo el mundo. En la coyuntura actual todas las empresas petroleras del globo están enfrentando la caída de los precios del petróleo y todas realizan ajustes severos para enfrentar un mercado caracterizado más que nunca por enormes dosis de incertidumbre.

A lo largo de muchas décadas, el petróleo mexicano se convirtió en la base fundamental de los ingresos económicos del país, tan solo seguido en algunas épocas por los ingresos derivados de turismo y por las remesas de los trabajadores mexicanos en Estados Unidos. La economía mexicana pues estaba profundamente enraizada en los ingresos derivados del petróleo; pero no fue sino hasta la actual administración que esto dejó de ser así. Gracias a la reforma energética, pero también a una Reforma Fiscal sin precedentes en el país, la economía mexicano ya no es una petrolizada y por primera vez en décadas la principal fuente de ingresos de la economía son los recursos fiscales, lo cual amplía el margen de maniobra del Gobierno para hacer frente a las necesidades de la ciudadanía.

Este año, al conmemorar un aniversario más de la expropiación de la industria petrolera, lo hacemos con la convicción de que una nueva realidad energética se impone en el mundo y estamos ciertos que las reformas que ha impulsado el presidente Peña Nieto responden a la necesidad de hacer que nuestro recurso más importante, un recurso que es de la Nación, sea aprovechado para beneficios de las y los mexicanos.