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Una lucha de todos

  • José Roberto Ruíz Saldaña

  • José Roberto Ruiz Saldaña

Nuestro derecho a un medio ambiente sano y el cuidado de nuestro planeta nos reclaman atención y dedicación a un problema sumamente preocupante: la explotación de gas de esquisto por fractura hidráulica, mejor conocido como “fracking”.

En un breve pero contundente libro, editado por el Instituto Belisario Domínguez del Senado de la República, junto con la Alianza Mexicana contra el Fracking, de título “Impacto social y ambiental del fracking”, el cual recoge las participaciones de ponentes en un foro, podemos advertir los grandes riesgos para las personas y el planeta por este tipo de extracción, toda vez que requiere que se hagan cientos de pozos ocupando amplias áreas e inyectar en ellos millones de litros de agua cargados con un coctel químico y tóxico para tal extracción.

En efecto, como lo aclara Claudia Campero Arena, geóloga y especialista en planeación y desarrollo, la fractura hidráulica requiere del uso intensivo del agua, o sea, pueden emplearse de nueve a 29 millones de litros por pozo; emplea unos 300 mil litros de químicos por pozo, mezcla que por ser secreto industrial ni siquiera sabemos qué sustancias tiene; asimismo, genera contaminación del aire en virtud de la exposición directa a contaminantes como dióxido de azufre, óxido de nitrógeno, compuestos orgánicos volátiles y ozono. De igual manera, 90 por ciento del gas de lutita es metano, el cual tiene un efecto invernadero 21 veces más poderoso que el dióxido de carbono; sin dejar de mencionar que el “fracking” perjudica las comunidades próximas a donde se realiza porque afecta en las personas el sistema nervioso y los pulmones, particularmente de los bebés y los niños, y porque trastorna su vida diaria, pues cada pozo requiere cuatro mil viajes de gran tonelaje y es incompatible con la agricultura y la ganadería.

John Saxe Fernández, doctor en estudios latinoamericanos, por su parte, señala que si pensamos en pipas (cada una con una carga de 10 mil litros de agua), “se requerirían dos mil 500 por pozo para una primera perforación; pero como en México están planificando 22 mil pozos de aquí a 20 años, entonces estaríamos hablando de alrededor de 55 millones de pipas”. Su pregunta contundente es: “¿De dónde va a salir tal cantidad de agua en un país en el que abundan problemas para surtirla?”. Él mismo comparte que James Northrup, inversionista petrolero retirado, reconoció que un estudio mostraba que el 25 por ciento de los pozos empiezan a tener fugas a los dos años, y el 40 por ciento a los ocho años. Hay en suma contaminación del agua subterránea.

Habría que quedarnos con las palabras de Luca Ferrari, doctor en ciencias de la tierra, otro ponente recogido en el libro referido: si insistimos en el “fracking” “estamos retardando la transición energética y aferrándonos al status quo que se afianzó durante la era del petróleo: un sistema consumista, derrochador e inequitativo”.

Por ello, una sociedad como la mexicana cada vez más demandante de sus derechos, no puede posponer una batalla por la sustentabilidad y la salud y el planeta de ésta y las futuras generaciones.

Consejero electoral del INE

@Jose_Roberto77

joseroberto.ruiz@ine.mx