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Una lucha perdida porque no hay quien quiera oír…

  • María Antonieta Collins

María Antonieta Collins

Desde Connecticut

Soy optimista por naturaleza, difícilmente puedo decir que algo no puede hacerse. Así nací. Pero con las imágenes de la devastación que produjo el ataque en Orlando, salta a la vista que hay muchas cosas que podrían hacerse… y que difícilmente se realizarán en este país que nos ha dado tanto.

Hay cosas que taladran cualquier conciencia: ¿Cómo es posible que las leyes permitan que exista un periodo de tres días para entregar una pistola a quien legalmente la compre, y sin embargo, un rifle AR-15, como el utilizado en la masacre de la discoteca Pulse, ésos, pueden llevarse de inmediato, tan pronto como el que lo compre, lo pague. Es decir, sale cargando la letal arma de asalto sin que nadie le diga nada.

¿Y después nos preguntamos qué pasa, y lloramos y nos abrazamos y decimos vivir un duelo?

En los ocho años del mandato de Barack Obama, en dieciséis ocasiones se ha dirigido pidiendo la conciencia de políticos y electores sobre la urgencia de la legislación para el control de armas… y solo ha quedado, -en todos los que pueden hacer algo- en una parte de un discurso que han oído pero que en realidad no interesa a quienes toman decisiones.

Son los sordos que no escuchan porque no quieren hacerlo, son los ojos que no ven porque tampoco quieren hacerlo y son los de corazón duro porque no van a tomar ninguna acción, comenzando con los ciudadanos que, en una total hipocresía, lloran ante la noticia de una masacre… pero que son incapaces de siquiera llamar por teléfono a la oficina de su congresista para pedirle que tome acción, so pena de no votar por él, cuando requiera nuestro voto.

Todos lloramos con los niños muertos de la escuela Sandy Hook o con la masacre de Riverside, ¿y después que pasó? Absolutamente nada. Simplemente fue sentarse a esperar la siguiente ocasión donde ocurriera y que en esa macabra lotería de vida y muerte, enlutó a Orlando.

¿Y qué sigue? ¿A quién va a tocarle? Difícil de adivinar.

Aunque hay algo cierto en medio de la docena de preguntas que nadie tiene el valor de responder. ¿Por qué los lobistas, es decir, los cabilderos de la poderosa Asociación Nacional del Rifle, que tanto dinero ponen en campañas políticas de representantes, congresistas, gobernadores, senadores, tanto locales como federales, no son regulados?

¿Hasta dónde sabe el elector sobre los compromisos de su político y los que apoyan las armas de asalto? Nadie puede contestar eso.

Ahora, si las cosas son ciertas, habría que regular y hacer un inventario de las por lo menos dos millones de armas de asalto que están en manos de ciudadanos que las han comprado legalmente. Pero ahí está la “segunda enmienda” de por medio, que significa el derecho a poseer un arma que defienda en Estados Unidos. Eso es algo que se aprende por todas partes me dice una conocida.

En Miami, una amiga, madre de familia me decía con alivio hace unas semanas: “Estoy libre por unas horas. Mi esposo se llevó a los niños al ‘show de pistolas’, así que tengo el día libre.”

Le pregunto si no le preocupa que sus niños de seis y ocho años vayan a eso.

“No. Esa es la vida. Mejor que sepan de armas, a que cualquiera venga y les dé un tiro y no sepan defenderse. ¿Para qué prohibirlas, si de cualquier forma en los juegos electrónicos aprenden al menos cibernéticamente a matar? No es un secreto que en esos juegos que los mismos padre compramos, el que más mata, es el que gana.

Entonces, ¿Contra quién hay que emprenderla? Si los políticos que no hacen nada son culpables, también lo somos quienes nos quedamos callados, y todos aquellos que compran juegos donde matar… es el premio.