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Una nueva era del terrorismo / En Cantera y Plata / Claudia S. Corichi.

  • Claudia Corichi

Los actos del llamado “Estado Islámico” y de diversos grupos extremistas sunitas suponen el replanteamiento del terrorismo a escala mundial desde una perspectiva alejada a la que conocimos como consecuencia de los atentados del 11-S. Hoy los ataques están sucediendo en el corazón de Europa, en Oriente Medio, o en África, lejos de Estados Unidos, e incluso de sus regiones de influencia.

Según cifras del Consorcio Nacional para el Estudio del Terrorismo, de la Universidad de Maryland, en los últimos 15 años, los atentados terroristas han pasado de menos de 2 mil a casi 14 mil, mientras que las víctimas mortales se han multiplicado por nueve. Un informe recientemente publicado por Anthony Cordesman, experto del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS) de Washington, señala que en los últimos 15 años el 60 por ciento de los atentados corresponde a un muy pequeño número de organizaciones: el Estado Islámico (ISIS, o DAESH en inglés), Boko Haram, los talibanes, Al Qaeda en Irak y Al Shabab.

Sin embargo, ISIS ha sido la organización con mayor impacto, no solo por la crueldad de sus ataques sino por las dimensiones y alcances de estos. Tan solo en los últimos tres años, el DAESH perpetró poco más de 760 ataques, siendo uno de sus blancos preferidos los medios de transporte, especialmente autobuses y trenes que concentran el 62 por ciento de los casos.

Las consecuencias de esta nueva faceta del terrorismo en Europa han sido devastadoras, haciendo incluso tambalear principios ampliamente aceptados como la libre circulación o la privacidad de las comunicaciones; pero sobre todo el asuntos como el control migratorio, que en la dinámica sur-norte siempre ha estado presente, y siempre ha representado un tema en el que existen pocas convergencias.

Pakistán no ha pasado desapercibida después de los ataques en Bruselas. Ahí el bombazo suicida ha dejado más de 70 personas muertas y casi 400 heridas entre las que hay niños y niñas gravemente heridos. Los talibanes de la región asumieron la patente del ataque que tuvo como principal blanco a los cristianos que festejaban la pascua, en un país con grandes tensiones sociales y culturales.

Desde inicios de 2016 han sido diez las ciudades atacadas por terroristas, siendo Lahore la ciudad paquistaní recién atacada, la tercera de ese país tan sólo en lo que va de marzo. El pasado 7 del presente mes la ciudad de Shabqadar sufrió un atentado que dejó 10 personas muertas y cerca de 30 heridas, mientras solo una semana después, el 15 de marzo un ataque en la región de Peshawar dejó a 15 fallecidos y casi una cuarentena de heridos. Mali, Nigeria, Turquía, Costa de Marfil, y por supuesto Bélgica han sido los demás países bajo la mira terrorista.

Una grave consecuencia sobre el combate al terrorismo, es que -como las cifras lo indican-, lejos de erradicarlo, éste solo ha ido en aumento. Comentaba a algunos medios la semana pasada sobre lo de Bruselas, que el aumento en la intensidad de los atentados y de su recurrencia, deben llevarnos a repensar si es momento o no de debatir el tema seriamente en el seno de las Naciones Unidas, tanto en el Consejo de Seguridad como en la Asamblea.

El combate al terrorismo debe partir de atacar las causas que han llevado a la gente a seguir este tipo de fundamentalismos, abrazándoles como una salvación que en medio del odio sugiriera una salida a la pobreza, el autoritarismo o el hambre.

No debemos permitir que el terrorismo, nos orille como sociedad internacional hacia un espiral de miedo, de discriminación o de violencia, pues acabar con este fenómeno no debe significar empeñar la vida de miles de jóvenes hacia una nueva guerra como en algún momento lo hiciera G.W. Bush, sino reconstruir en respeto a la pluralidad una seguridad democrática para todo el mundo.

Quizá lo primero a eliminar, es ese peligroso estigma que se halla en los discursos xenófobos de Jean-Marie Le Pen, o de Donlad Trump. No debemos permitir que las soluciones a estos males vengan de mano de narrativas ilógicas, que combaten fuego con fuego, y lo único que generan es que los extremos se junten terminando en el terreno de lo irracional.