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¿Es una nueva Iglesia o la misma renovada? / El Agua del Molino / Raúl Carrancá y Rivas

  • Raúl Carrancá y Rivas

A mi juicio es muy superficial decir que el discurso del papa Francisco, dicho en la Catedral Metropolitana el pasado sábado 13, fue de regaño a los obispos. Yo lo llamaría discurso obispal de reflexión. Pero aparte de esto, que ya es mucho, yo pienso que palabras así no se habían pronunciado en la Iglesia católica, y desde su podio más alto, desde hace siglos.

Además, el Papa hizo gala voluntaria o involuntaria de estro poético, de erudición humanista, de profunda reflexión filosófica. Fue un discurso extraordinario, una página memorable en la historia espiritual de la humanidad occidental. De ello no me cabe la menor duda aunque respeto cualquier opinión contraria.

Y me pregunto si es una nueva Iglesia, la de Francisco o la misma renovada. Horas antes, cuando vi al Papa llegar a Palacio para la recepción oficial encabezada por el presidente Peña Nieto, me pregunté también, al margen de los textos e interpretaciones de los artículos 24 y 40 constitucionales, referentes a la libertad de creencias y a la República Mexicana laica, qué sucedería cuando el ilustre personaje viera un retrato de Juárez, qué pensaría, por la carga histórica del liberalismo nacional.

Pero después, en el curso de su discurso pronunciado en la Catedral Metropolitana, vi la presencia de una Iglesia, o el proyecto de una Iglesia, muy distinta de aquella a la que se opuso Juárez. ¿Por qué? Porque la de Francisco, la que propone e impulsa, es una Iglesia liberal o, mejor dicho, evangélica en el más elevado y prístino sentido del término.

Ahora bien, nuestros prohombres liberales lucharon contra un clero corrupto e intransigente, contra una institución que afianzaba su poder temporal en la injusticia traicionando el legado de Jesús; lo cual nada tenía que ver con Dios o con las convicciones de esos patricios acerca de Él. Añádase además el oprobio de la Iglesia inquisitorial, de la que ha atesorado riquezas inmensas, de la que condenó a Copérnico, Galileo, Newton y Darwin, de la que estigmatizo a Voltaire. Pero Francisco es otra cosa. Con palabra suave, discreta en su elocuencia dulcemente adormecida, tierna en sus tonos, combinando los vocablos con un silencio pausado, pronunció un discurso magistral en la Catedral Metropolitana. “Reclínense pues, con delicadeza y respeto, sobre el alma profunda de su gente, desciendan con atención y descifren su misterioso rostro”, les dijo a los obispos. Y después añadió: “Naturalmente, por todo esto se necesita una mirada capaz de reflejar la ternura de Dios. Sean por lo tanto Obispos de mirada limpia, de alma trasparente, de rostro luminoso. No tengan miedo a la transparencia. La Iglesia no necesita de la oscuridad para trabajar. Vigilen para que sus miradas no se cubran de las penumbras de la niebla de la mundanidad; no se dejen corromper por el materialismo trivial ni por las ilusiones seductoras de los acuerdos debajo de la mesa; no pongan su confianza en los “carros y caballos” de los faraones actuales, porque nuestra fuerza es la ‘columna de fuego’ que rompe dividiendo en dos las marejadas del mar, sin hacer grande rumor… No pierdan, entonces, tiempo y energías en las cosas secundarias, en las habladurías e intrigas, en los vanos proyectos de carrera, en los vacíos planes de hegemonía, en los infecundos clubs de intereses o de consorterías”. Y casi al último una gran advertencia: “Les ruego no minusvalorar el desafío ético y anticívico que el narcotráfico representa para le entera sociedad mexicana, comprendida la Iglesia”. En suma, para quienes buscamos una respuesta al misterio de la vida, a la razón de ser y estar aquí, a los alcances del “cogito” a que se refirió el Papa; para quienes la conciencia es una constante marea en agitación, su discurso es una luz orientadora, guiadora.

En este sentido, o sea, buscando el fondo, se puede y se debe ser fiel a un liberalismo social que supere arcaicos prejuicios y condicionamientos impuestos por las pasiones. Las limitaciones y restricciones siempre coartan la libertad.
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