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Una nueva imagen de nosotros mismos

  • Rebecca Arenas

Tras los idílicos años de nuestra relación con Estados Unidos, en el marco del TLCAN, una zona de confort de beneficios mutuos, que borró de muchas mentalidades, sobre todo de las nuevas generaciones, la visión del amenazador gigante del norte, que nos arrebató la mitad de nuestro territorio, siempre dispuesto a la ventaja en nuestra relación asimétrica, tras el arribo de Trump al poder no tenemos otra opción, que volver la mirada hacia nosotros mismos, y asumir, lo que somos, tenemos, y lo que estamos dispuestos a hacer, para sobrevivir como país, como pueblo, como cultura, de la mejor de las formas posibles.

En México, tenemos lo nuestro, lo que nos ha impedido vernos con objetividad y corregirnos. Sabemos que el desapego a la ley, el incumplimiento de las normas, los privilegios fácticos, los déficits institucionales y la cultura de la tranza con todas sus secuelas, han contribuido al creciente agravamiento de nuestra crisis social.

Así, la debilidad del imperio de la ley, la manipulación de las virtudes republicanas según la conveniencia del momento, la discrecionalidad y la ausencia de transparencia en el poder político, han promovido a lo largo de toda la pirámide y de toda nuestra historia, los peores rasgos de nuestra personalidad como sociedad: la opción por el atajo, el culto a la ventaja; la elusión y evasión impositiva, la existencia de pequeñas y de grandes mafias como forma de subsistencia o enriquecimiento, y rematando este catálogo de excesos y desvíos, la impunidad, que equivale a una licencia para seguir delinquiendo.

Todo esto nos ha llevado a la erosión sistemática de las capacidades estatales, pero también a la erosión del alma comunitaria. Ni en el Gobierno ni en la sociedad ha habido interlocutores sólidos, legítimos, confiables, capaces de lograr un orden social consensuado y
armónico.

Cuando voces desde el exterior definen a nuestro país como una sociedad corrupta, la reacción colectiva es de repulsa al agravio, aunque en nuestro interior asumamos a la corrupción como un mal nuestro endémico, incurable.

¿Cómo pedir la aplicación de la ley, si en México ni los funcionarios públicos ni los gobernantes corruptos pisan la cárcel; si los delincuentes actúan a sus anchas porque no hay autoridad que los juzgue y castigue? ¿Con qué autoridad piden la aplicación de la ley quienes se han coludido con los salteadores institucionales y privados?

La construcción de un orden colectivo a favor de la legalidad requiere de políticas incluyentes, de trabajo decente, de justicia distributiva. Pero también necesita de un nuevo relato de nuestro acontecer; de una nueva explicación que nos ayude a ser diferentes a lo que hemos sido, que nos ayude a comprender el camino recorrido y a reconocer los retos que enfrentamos. No se trata de un cambio solo en la cúspide del poder, sino también en la base de la sociedad. Se trata de transformar la dimensión cultural de la política para que trascienda los períodos de gobierno y nos haga ver el presente desde una nueva perspectiva.

En los tiempos de la historia, la actual crisis con Estados Unidos es solo una coyuntura. Necesitamos repensarnos para el hoy y el mañana. Estamos obligados a recomponer nuestra imagen ante nosotros mismos. Abrirnos al debate sin miedos estériles, como la prioridad de una sociedad que quiere y necesita cambiar, al lado de un gobierno que sea capaz de predicar con el ejemplo. La coyuntura es sumamente riesgosa si no empezamos ya.
rayarenas@gmail.com