imagotipo

Una palabra de paz y conciliación | Numerados | Camilo Kawage Vera

  • Camilo Kawage

1.- Existen tantos dramas en las cosas que sí son de este mundo –y de este día nuestro–, que la frescura que nos trae la visita del Papa, entre las que no son de este mundo, sana y conforta el estado de ánimo, al darle de nueva cuenta una cierta perspectiva a nuestro convulso y sacudido país. Queda claro por su designio, en la larga y bien documentada preparación, así como en el esmero que el propio visitante ha reflejado en su deferente y singular trato para con México, que viene a hablarnos a los mexicanos todos, no a los católicos ni a los negados; no al Gobierno ni a su grey: a todos. Y para soportar y superar esta hora de violencia, desconcierto y agobio, en verdad es oportuno el momentum que escogió.

2.- Porque no es necesario ser católico, confeso y puritano, para saber que el mensaje de amor, de fe y de esperanza que viene a difundir un jerarca que intenta devolverle dignidad, respeto y brújula a un país confundido, descorazonado y extraviado en sus expectativas, posee un intenso y perdurable valor, más allá de los símbolos. Ha rescatado la credibilidad en una Iglesia deteriorada severamente por sus escándalos y le ha regresado la confianza, cualidades que su propio, honesto antecesor se reconoció, en su inédita renuncia, incapaz de restaurar. Un líder que ha logrado verse con el patriarca de la Iglesia ortodoxa rusa tras mil años de cisma, trae un bálsamo a México.

3.- Los mexicanos tendremos mucho cuidado, y el Papa de Argentina tendrá aún más, de que su visita sea aprovechada como una inyección de bondad por los mexicanos, y que no sea usada canallescamente para promoción de los politicastros de siempre (los nuestros se han convertido más que “de siempre” en cuasi perennes), y sus intereses malsanos y muy confesables. Por ello la enorme importancia de atrapar el instante y reinventarnos un poco, en conciencias, actitudes e intenciones.

4.- Por lo pronto, tras la cálida y emotiva bienvenida que se le ofreció en el Hangar Presidencial, su traslado a la Nunciatura, y los honores en el Palacio Nacional en su calidad de Jefe de Estado, el discurso que pronunció a los obispos en la Catedral fue una palabra de sabiduría, de autoridad y de conocimiento de nuestro país que no se había escuchado en mucho tiempo y, aunque dirigida a los prelados, todos los observadores tomaremos tiempo en asimilar a plenitud. Centrada en los ejes de los pueblos indígenas, la violencia del narcotráfico, y las migraciones, fue una severa llamada de atención a quienes se alejan del profundo sentido de la vida y se cobijan en las cosas superfluas que hoy engatusan a los inconscientes.

5.- En poco más de cuarenta minutos, con una nitidez y un dominio admirable de la Historia, el discurso del Papa ante los obispos vino a refrescar la vista de los individuos, de las familias, de las comunidades y de los Gobiernos; de las jerarquías empresarial, política y cultural. Le habló a sus prelados para que lo oyéramos todos: la palabra de este peregrino, como lo hizo ante el Congreso de Estados Unidos, simboliza la grandiosidad de la sencillez, y una sabiduría extraordinaria que significa la manera como hace suyos los problemas, pero también las soluciones, a la situación de dificultad que atravesamos, y que entiende como nadie.

6.- Si su discurso, el mensaje y la reflexión que arrojemos de las lecciones de su pensamiento perduran entre los mexicanos, todos tendremos un aliciente más para alcanzar la anhelada unidad que nos evade. Lograrla está en nuestras manos.

camilo@kawage.com

/arm