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Una tras otra

  • Jaime Alcántara

  • Jaime Álcántara Silva
  • El otro Juan Gabriel

Ya hemos leído y oído casi todo de este ícono nacional. Por supuesto fuimos bombardeados con programas para escuchar sus canciones, reandar el camino que recorrió en su difícil trayecto hacia la fama; sus más de un mil quinientas composiciones; a dueto, solo; con guitarra, con sinfónica.

También leímos la acre crítica, que de su obra hizo Nicolás Alvarado; lo mismo la crítica de la crítica de Yuri Vargas; después, las críticas… Aquí, podríamos estar de acuerdo con uno o con otro, lo importante es la revolución que armó Juan Gabriel con su partida. Lo lamentable, en el caso de Nicolás es que hubiera un linchamiento, por su opinión.

Pudimos ver las interminables filas de seguidores del artista, en los diferentes lugares donde fueron expuestas sus cenizas; los honores, aún sin los restos mortales.

Pero hay algo que no vimos, no leímos, cuando menos de lo que llegó a mis manos/ojos/oídos (se me pudo haber escapado).

Ya hice referencia a ello, una vez, por otras razones: el ser social.

El Juan Gabriel, aspirante a reconocimiento; el Juan Gabriel incansable en su obra; el Juan Gabriel perseguido, a inicios de la década pasada por no sé qué asuntos legales, pero con un tufillo a venganza, quizá no alcanzó a imaginar lo que ocurriría con su deceso.

Yo no fui, ni soy fanático de la creación monumental del artista. Eso, sin embargo, no me aparta del reconocer que su nombre vivirá aparejado con el de José Alfredo, otro gran representante de la lírica mexicana, pero de allá del siglo que apenas remontamos.

Sus discos, su música, sus fotos, a través de las redes sociales, impresa, indudablemente que traerá ingresos al erario. Eso ya es una aportación a nuestro hacer nacional. Pero, aún hay más, dijera otro personaje, que también se adelantó a nosotros.

La mención aludida es la novela, convertida en película, de Miguel Alemán: “El Héroe Desconocido”.

Algunos la leímos, la vimos. En ella el autor relata la peripecia de un simpático truhán (casi lo son todos), que intenta hacerse de algún dinerito, sin trabajar. Esto lo llevó a inventar a un personaje mítico, que habría llevado quién sabe cuántas hazañas, en beneficio nacional. Al final, la maniobra es descubierta por un instituto gubernamental, dedicado a esa rama del conocimiento.

En el caso que nos ocupa, Juan Gabriel fue tejiendo un entramado de emociones que hicieron que, prácticamente, ningún adulto desconociera alguna tonada de él, ya fuera en la radio, la televisión, etc.

Aun habiéndose declarado más priísta que muchos que han usufructuado esas siglas (lo comentó su representante a Carlos Loret, al aire), eso no menguó la asistencia ni el reconocimiento a este invaluable cantautor. Difícilmente, con esa carga ideológica, alguien habría cosechado tantas loas, de esa manera.

Al fallecer, unió credos, ideologías, costumbres (con sus excepciones, claro). No solo fue el día del deceso, que prácticamente paralizó la demás información, también los sucesivos, con el peregrinar de sus cenizas. Ya no estaba el cuerpo, la configuración humana, para verlo, tocarlo. La gente, sin embargo, allí permanecía (y seguirá por quién sabe cuánto tiempo).

Se fue el mortal, se quedaron las huellas de su paso por este mundo.

Ojalá y ese acercamiento que sentimos, en esos días, y aun en estos, dure y dure.

Nuestros enojos, las presiones del diario vivir, las malas noticias de lo que sea, se vieron un tanto mitigados por el michoacano, arraigado chihuahuense. Su gentilicio es lo de menos. Lo importante, al final, fue esa herencia que hizo que nos olvidáramos un poco de las dificultades diarias.

jaimealcantara2005@hotmail.com