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Una Tras Otra

  • Jaime Alcántara

Los discuros del odio. La apuesta del Presidente

  • Jaime Alcántara

Cómo no recordar el antecedente principal de los últimos tiempos, en referencia a las proclamas de campaña que escuchamos, allende la frontera.

Hitler construyó su capital político a raíz de un dolor en el pecho, que tenía clavado la población alemana. Los Tratados de Versalles, amén de responsabilizarlos de todo, tendrían que desarmarse, conceder territorios propios como parte de una serie de condicionantes a los perdedores de la Primera Guerra Mundial y una cuantiosísima suma de dinero, como pago de compensación por daños.

El alemán tipo, sin poder olvidar su antiguo esplendor, llevaba bajo sus ropas el orgullo pisoteado.

Y, el Führer lo aprovechó muy bien.

No solo eran los judíos, a quienes llamaba la “raza venenosa”. También pagaron los platos rotos los gitanos, los enfermos de epilepsia, los sordos, los ciegos; y, aquellas minorías que tuvieron la desgracia de estar en el lugar equivocado.

Solo la raza aria era la importante.

En Estados Unidos, sin que sea una réplica exacta de lo que ocurre, Donald Trump ha hecho una especie de “previsión”, “para que el imperio no se derrumbe”.

Cuando el proyecto del magnate, hijo de inmigrantes y exdueño del concepto “Miss Universo”, se inició, casi todo mundo pensó que era una broma o una más de sus excentricidades. Pocos lo tomaron en serio.

Ahora bien, ni Trump es Hitler, ni estos tiempos son los de los albores del siglo XX. Tampoco están las condiciones de medios de comunicación, de presiones mundiales; de diversos equilibrios, desde financieros, diplomáticos, hasta militares, como los de aquella época.

Ahora bien, el austríaco, nacido alemán, tenía una obsesión: verdaderamente creía en lo que pregonaba. Es decir, sus traumas (como los de millones de sus connacionales) eran de una naturaleza esquizoide. Trump, no. Trump quiere el poder para presumir.

En este sentido, las visiones cambian, aunque pudiera ser que los resultados, no. Veamos un simple comparativo.

Con Hitler hubo la posibilidad de detenerlo. El archinacionalismo, la industria militar, los poderosos, hicieron que fuera una realidad su llegada a la Cancillería.

En Estados Unidos, los afectados, emocionalmente, por el 11 de septiembre; los nostálgicos de los buenos tiempos del Ku Klux Klan y de (igual) una raza que oprimía a otra; los ansiosos por aplastar a países como Irán, Corea, Vietnam. Igual los proteccionistas, que sienten los tratados comerciales como una barrera a sus ambiciones, forman un coctel difícil de vencer.

Las encuestas nos dicen mucho. Para la semana que concluyó, el New York Times y CBS News daban un virtual empate técnico 46-44, Hillary, Donald. Otras encuestadoras, con detalle, por estados, alimentan la idea de una pérdida paulatina, por la neumonía de la candidata Demócrata, por los continuos golpes publicitarios del magnate y (a últimas fechas) por las explosiones en Nueva York, en Nueva Jersey y el ataque en Minnesota.

Ante este escenario, y con la posibilidad de un incremento en la política agresiva de Trump, el Presidente tendría que hacer algo. Si le atinó o falló, a costa de su prestigio, eso se verá en el corto plazo.

Luis Videgaray, uno de los artífices de la visita, pagó cara su audacia.

Lo cierto, en el corto plazo, es que Trump ha bajado la virulencia de sus decires, en contra de México. Esto lo podemos apreciar en una rápida ojeada a su discurso, comparativamente, con los días previos a su visita a nuestro país.

Claro que los mexicanos tenemos la piel muy sensible. No solo es el recuerdo de la sucesión de Texas, California, Nuevo México… También son muchas otras las agresiones.

Pero, por el bien de México, aun con la posible fallida decisión del Presidente, esperamos que los estadunidenses razonen bien su voto.

Nuestro Presidente, sin embargo, actuó. La historia lo juzgará.

jaimealcantara2005@hotmail.com