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Una Tras Otra

  • Jaime Alcántara

  • Jaime Alcántara Silva
  • Aeropuertos. Ilegalidades

Desde hace algunos años he querido escribir acerca de algunas anomalías que, creo, ocurren al abordar o descender de un avión.

Casi todo el mundo ha sufrido al pagar una tarifa, que es verdaderamente un atraco, al pedir el servicio de un taxi.

Bien, ese es uno, que precisa análisis. Otro, el de las revisiones, rumbo a las salas.

De entrada le piden a uno que se quite el saco, la chamarra, el cinturón, los zapatos; que saque la cartera, el celular, las monedas, las llaves, el reloj, los anillos, uff… Que separe la lap, la tableta, y que la ponga en otra charola. Y si, con todo ello, aún así le sonó la chicharra del arco de seguridad, Dios nos libre.

Lo pondrán a uno abriendo las piernas, como si fuera a hacer un ejercicio de yoga (cual vil delincuente), para que le metan el aparato ese, detector de metales, por arriba, por abajo, por todos lados. Si, por algún accidente, tiene un tornillo, una placa metálica, insertada en el cuerpo, ya tendrá usted motivos más que suficientes para preocuparse porque, tal vez, las (y los) diligentes revisadores de su pase de abordar estén a punto de “cerrar el vuelo”.

El jueves, de la semana pasada, tuve que salir al interior del país, por asuntos propios de mis actividades. Todo iba bien, hasta que, al pasar el arco, vi una discusión en la banda 1, de la terminal 2.

Entendido que no se deben transportar frascos, de lo que sea, que sobrepasen los 50 ml, todo mundo tiene esa previsión. Pero hay casos verdaderamente de arbitrariedad.

A un pasajero le detectaron un cortador de puros de no más de 2.5 cms. por lado.

A la revisora, quizá sin saber de qué se trataba, se le iluminaron los ojos. Al intentar robárselo, porque ese es el término adecuado, el afectado argumentó que si bien era de metal no tendría ninguna posibilidad de lastimar a alguien. Por no querer entregarlo, la dama le pidió a uno de sus compañeros que abriera una maleta de mano que llevaba el infeliz que tuvo la desgracia de caer con ellos.

Al obedecer la orden, el tipo “descubrió” que iba un frasco de algún espray. Nunca encontraron anotado lo que ellos argumentaban, que rebasaba la cantidad, pero dijeron que a vista de buen cubero, era ilegal y que tendrían que quitárselo.

Siguió la revisión. Volvieron a “descubrir” otro frasco, de aerosol, que supuestamente estaría en las mismas condiciones.

Lo que dijeron, argumentaron, es que la única alternativa era regresar a la aerolínea para documentar los objetos. Eso casi siempre es imposible, por la distancia y el tiempo. De ello se valen estos infames empleados.

Rumbo hacia el interior pude ver otra escena similar, en las bandas del lado izquierdo. Un varón como de unos 60 años discutía con la supervisora, por un tubo de algún ungüento. El hombre decía que era un producto que habría comprado en otro país y que no podrían impedirle el paso porque estaba dentro de los límites permitidos.

También se lo quitaron.

Ahora bien, esos sujetos que revisan no son ni siquiera autoridad. En segunda, suponiendo que lo fueran, no tienen por qué arrogarse facultades de otra instancia.

En ambos sucesos, los quejosos pedían un recibo, para poder recuperar sus pertenencias. En ninguno se accedió.

De acuerdo a nuestras normas vigentes, una propiedad, del tamaño que sea, solo la puede incautar una autoridad responsable.

En tanto eso no sea el caso, lo que hacen los vigilantes del aeropuerto es un robo, con la agravante de que son incontables los artículos. Sabrá alguien a dónde van a parar estos “decomisos”.

No corregir este error, sea quien sea, estará cayendo en complicidad.
jaimealcantara2005@hotmail.com