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Una víctima de la fe…

  • María Antonieta Collins

La nota que enviaba a un grupo el padre José de Jesús Aguilar anunciaba con tristeza la muerte del sacerdote José Miguel Machorro, apuñalado hace meses en plena misa en la Catedral Metropolitana.

De inmediato mis recuerdos viajaron a mi infancia en el Puerto de Veracruz.

La última vez que supe de un sacerdote apuñalado en plena iglesia, fue por las historias que los abuelos nos contaban y que databan del tiempo de la guerra cristera.

El 25 de julio de 1931, el asesinato en la entonces Parroquia de la Asunción, hoy la catedral del Puerto, del padre Darío, se llamaba Darío Acosta Zurita, un joven que nació en Naolinco, para ser sacerdote.

Eran los tiempos en que el entonces gobernador Adalberto Tejera se propuso terminar con lo que llamaba fanatismo del pueblo. Un sacerdote que hacía catequesis, especialmente con los niños, era considerado una amenaza pública en contra del gobierno.

El párroco, don Justino de la Mora se preocupaba por sus tres sacerdotes, uno de ellos el joven padre Darío, a quien todos llamaban por su primer nombre.

Era un ministro dedicado a dar el sacramento de la reconciliación, entonces la confesión de los pecados. También le encantaba dar el catecismo a los niños, especialmente porque en aquellos años turbulentos en contra de la Iglesia y la religión, esa era la única arma para evitar que la fe se extinguiera.

La vida de un sacerdote en aquellos momentos era una garantía de ser atropellado en su integridad: o cárcel con tortura o muerte si eran aprehendidos, pero nada de eso, contaba mi abuela, amedrentó al padre Darío.

El 21 de julio de 1931 recibió una carta del gobierno, exigiéndole parar sus actividades que consideraban en contra de la ley. El padre Darío hizo caso omiso y continuó recibiendo grupos de niños.

Cuatro días después, el 25 de julio de 1931, la Parroquia de la Asunción estaba llena de gente. En su mayoría eran niños que iban a recibir el catecismo con sus catequizas. Alrededor de las seis y diez de la tarde, varios hombres que a decir de los testigos vestían como militares entraron por los dos costados del templo, el que da a la calle de Zamora, el que da a la plaza de armas y el frente por la entonces llamada calle Principal.

Los hombres comenzaron a disparar en contra de los tres sacerdotes de la parroquia. Uno de ellos, el padre Landa cayó herido, otro padre se escondió en el pulpito y salió sin rasguño, pero las balas se ensañaron en el padre Darío.

Acababa de dejar a un niño al que apenas terminaba de bautizar cuando los disparos a quemarropa le alcanzaron. El pueblo hizo correr su última palabra: Jesús.

Los niños veracruzanos de mi generación a partir de la década de los cincuenta, crecimos con la tradición oral de la profanación de la iglesia y del martirio del padre Darío.

Su tumba se encuentra dentro de la Catedral, justo en el sitio donde cayó asesinado.

Me impresionaba siempre esa historia, y me volvió a impresionar cuando supe del apuñalamiento del padre Machorro.

Un demente que entró en el sagrado recinto de la catedral primada de México sin más intención que matar a un sacerdote que en ese momento oficiaba la misa, no es otra cosa que un asesino a sangre fría y un profanador.

Sangre fría tuvo, para poder dar en la más completa calma todos sus datos generales.

No me explico el por qué de las autoridades que no han actuado en forma más enérgica cuando ese hombre tuvo la premeditada idea, loco o no, de matar en pleno culto a un sacerdote.

Literalmente habrá que esperar, a que ahora sí, muerto el padre Machorro, vengan a tapar el hueco.