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Vasta la historia, corta la memoria / Numerados

  • Camilo Kawage

1.- Cualquier cantidad de elegías se le han consagrado y no menos han sido las expresiones de desprecio, los denuestos y vituperios, y es natural. Una figura como él no tiene ni tendrá términos medios, ni la historia lo habrá de menospreciar, cuando le dé su sitio, que seguramente no será el muy modesto de la absolución que se autoimpartió hace tantas décadas. Y entre todas las biografías que de él estaban ya escritas; todos los obituarios que se tenían preparados, aumentados y vueltos a revisar; todas las referencias, sus amigos y enemigos, facilitadores y fallidos verdugos, ha faltado una largueza de la memoria que tantos estudiosos de su época y su épica, panegiristas y acusadores, han omitido en sus ilustradas crónicas, réquiems y antologías.

2.- Tal vez no hallaron la reflexión en las repetidas menciones que se han revolcado de su paso por nuestro país y la preparación de su campaña para la toma de Cuba que aquí organizó, sobre el papel que ejerció México respecto a Fidel, qué decisiones tomó el Gobierno e inspirado en qué visión de largo plazo actuó ante la presencia en territorio nacional de un guerrillero revolucionario fuereño, dispuesto a poner en marcha un ataque contra Estados Unidos en la geografía de su natal Cuba y tan apetecible bocadillo del acérrimo enemigo de aquel, la Unión Soviética, que luego de convertirlo al comunismo más recalcitrante lo engulló con todo y país.

3.- Todas las evocaciones a Fernando Gutiérrez Barrios han olvidado, no sin la permisividad que confiere el contar la historia tal vez, que el joven capitán que se volvería con el tiempo leyenda por ése y otros avatares que protagonizó, no actuaba solo. El presidente Adolfo Ruiz Cortines, el secretario de la Defensa Nacional, Matías Ramos; el de Relaciones Exteriores, Luis Padilla Nervo; el de Gobernación, Ángel Carvajal, su subsecretario, Fernando Román Lugo, su oficial mayor, Gustavo Díaz Ordaz y el director federal de Seguridad, coronel Leandro Castillo, eran sus jefes.

4.- Denegados que le han sido los laureles, tildada de gris su presidencia y escatimada su categoría de estadista, Adolfo Ruiz Cortines vio en Fidel la real posibilidad de un verdadero factor desestabilizador de México, como en efecto lo sería después en la región sudamericana, citar solo Argentina, Chile y Uruguay. La guerra fría entre Estados Unidos y la URSS a punto de turrón, México tenía que asumir decisiones y el viejo engañó con la verdad, a su estilo. Le apropincuó comida y dinero para subsistir; le dio armas, logística y ruta para su travesía, y hasta barco para su aventura, con una condición: no exportaría su revolución a México.

5.- Pasados los años, el propio Fidel diría en entrevista que la Dirección Federal de Seguridad no lo seguía por facineroso ni por extranjero, sino por sospecha de contrabando. Algo percibía el presidente Ruiz Cortines, con ese olfato de fiera jarocha que lo movía, que 60 años después de ese viaje que patrocinó, las agitaciones guerrilleras que ha conocido México han sido sofocadas, la intervención extranjera clandestina contenida, y los países que no tuvieron similar visión fueron sacudidos, en distintos tiempos, por rebeliones que han derrocado gobiernos, depuesto a unos tiranos para instalar otros más vesánicos, y todo con cargo al atraso y el aislamiento de sus generaciones.

6.- En Washington, Eisenhower presidente, John Fuster Dulles y Christian Herter, secretarios de Estado, y el inefable J. Edgar Hoover, director del FBI, no estaban seguramente al margen de los sucesos en México y de lo que le esperaba a Cuba. Es probable que ni la propia Unión Soviética imaginara el banquete que le deparaba la irrupción de Fidel Castro en la historia mundial. Esos fueron los protagonistas del lado mexicano, aunque la memoria sea corta.

camilo@kawage.com