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Venezuela como espejo

  • Juan Antonio García Villa

  • Juan Antonio García Villa

Lo que en los últimos días ha venido sucediendo en Venezuela es una verdadera locura. Con una inflación galopante, la más alta del mundo, treinta muertos en sus calles y la economía desmayada, ese país está sumido en una grave crisis. Las mercancías más indispensables, desde luego los alimentos, no se consiguen.

Familias otrora de buena posición económica tienen hoy que andar buscando literalmente en los tiraderos de basura algún desperdicio útil para comer. La situación empeora conforme pasan los días y en cualquier momento puede venir un estallido de grandes dimensiones y consecuencias. Todo parece indicar que las cosas marchan rumbo al precipicio.

El loco dictador de ese país, Nicolás Maduro, tanto o más que lo estaba el que le heredó el cargo, el fallecido Hugo Chávez, a un desacierto agrega otro, en forma interminable, ante la imposibilidad de parar las protestas de la gente. Perdió las pasadas elecciones legislativas por un gran margen, de manera tal que la oposición alcanzó mayoría calificada. Ante su evidente impopularidad, con muy burdas triquiñuelas impidió la celebración del plebiscito revocatorio de su mandato que exigía una mayoría de ciudadanos, consciente de que la votación popular por aplastante mayoría lo echaría a la calle.

Luego Maduro tuvo la ocurrencia, a través del Tribunal Supremo de Justicia, cuyos integrantes le son incondicionales, de declarar disuelta la Asamblea Nacional, donde la oposición forma mayoría abrumadora. Al ver que su grotesca maniobra no prosperó y provocó entre los venezolanos mayor irritación, se vio el dictador en la necesidad de recular.

Por si los anteriores disparates no fueran suficientes, con diversas maniobras ha venido impidiendo la celebración de varias elecciones de gobernador.

Y luego, apenas el 1 de mayo, tuvo la ocurrencia, que sin duda él ve salvadora de su impopular régimen, de convocar a una asamblea constituyente para expedir una nueva Carta Magna. Sin necesidad de conocer el proyecto de nueva ley fundamental de ese país, ya se puede adivinar cuál es su propósito: dotar a Maduro de poderes dictatoriales, adicionales a los que ya tiene o se ha arrogado, necesarios para ahogar en un baño de sangre las justas protestas del pueblo venezolano, y luego alegar que él lo hizo de manera legítima para acabar con lo que llama el movimiento golpista.

Naturalmente la convocatoria a esa asamblea constituyente ha sido hecha sin ajustarse al procedimiento jurídico previsto para el caso, según ya se ha denunciado. Pero además anunció que la mitad de los 500 constituyentes serán elegidos por los consejos comunales, seguramente bien controlados por su aparato político y sin duda por los peores métodos. O sea, que de entrada se alza con la mitad de los asientos de la asamblea constituyente. Imposible encontrar mayor desvergüenza que la de este dictador enloquecido.

De la triste experiencia venezolana nuestro país debe aprender la lección. Hasta hace algunas décadas la democracia venezolana parecía muy promisoria y modelo para el resto de las naciones latinoamericanas. Sus instituciones lucían sólidas y sus recursos naturales, empezando por el petróleo, abundantes. Luego se descarriló. Y muy feo. ¿Qué fue lo que pasó? México debe verse en ese espejo.