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Venezuela, nuestro propio fracaso

  • Raúl Aarón Pozos

Lo que está pasando en estas horas en Venezuela, durante y después del paro de 48 horas convocado por la oposición al gobierno del presidente Nicolás Maduro, seguramente aumentará el número de confrontaciones y víctimas. En las primeras 24 horas de paro murieron tres y el número total llegó a 105 víctimas. Y serán más.

La oposición está en las calles y busca revertir, a través de la protesta, pero también de la legalidad, la iniciativa de Maduro para efectuar una Asamblea Constituyente que llevaría a cambiar la Constitución de este país hermano.

La convocatoria de Maduro es para este domingo, pero mientas tanto, gobiernos de toda la región y Estados Unidos de Norteamérica en particular, han hecho y siguen haciendo esfuerzos por frenarlo. Acaba de anunciar un paquete de sanciones contra 13 funcionarios chavistas y advirtió que habrá una “respuesta fuerte” si avanza la Asamblea Constituyente.

Pero ese es el escenario político de Venezuela, la confrontación de un gobierno contra grupos opositores, contra gobiernos que advierten en el chavismo que ahora representa Maduro, el asomo de una “dictadura” al estilo Cuba, con sus gobernantes perpetuados en el poder, con una población sometida a través del hambre y la represión policiaca y militar, con violaciones permanentes de los derechos humanos elementales, con una limitada o inexistente libertad de expresión.

Pero acaso sea otro aspecto el que nos preocupa más a los que estamos convencidos de que el humanismo debe imperar siempre. Por un lado, los derechos humanos a la alimentación, a la salud, en crisis en este país, derivado de políticas públicas equivocadas, como se observa desde adentro y desde afuera y por otro, el fracaso de la democracia que, también es, el fracaso del mundo entero.

Nos enteramos, a través de los medios de información, de las redes sociales, del sufrimiento del pueblo venezolano sin los alimentos suficientes para subsistir. Con asombro leemos de los grupos de niños que cada mañana salen de sus casas, en los barrios pobres de las ciudades y se dirigen a casas de los barrios ricos (donde todavía pueden comer más o menos normal) a pedir comida. Esas excursiones duran todo el día, medio se alimentan de la caridad y con suerte, pueden llevar algo a sus familias.

Y lo mismo ocurre con la salud. Menudean las historias de padres afligidos, con niños enfermos en brazos, que recorren con impotencia los centros hospitalarios buscando la medicina que los alivie. Con suerte la encuentran.

Venezuela (también otros países de África y Asia) nos enseña la debilidad, la vulnerabilidad de la democracia. Salvo por el caso de Cuba, sin duda especial por su legítima Revolución, los latinos pensábamos que las dictaduras habían quedado atrás. Chávez primero y Maduro después, nos enseñaron que, en el mundo actual, a través del liderazgo, del populismo, incluso a través de elecciones democráticas legítimas, se puede llegar a la dictadura.

Un solo hombre, su evidente mesianismo que muchos ven como locura, su ansia de poder, pueden acabar en muy poco tiempo con instituciones democráticas, con las libertades de su pueblo, con sus opositores encarcelados o muertos. Y los países de la región, ni ningún organismo, hemos podido frenar ese hundimiento.

Por eso Venezuela es, ha sido hasta ahora, nuestro propio fracaso. Por encima de la pobreza que impera aún en muchos países, incluido el nuestro, más allá de nuestros propios problemas, los derechos humanos y las libertades deben prevaler siempre.

Senador