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Veracruz. El inicio de México / De Justicia y otros Mitos / Sergio Arturo Valls Esponda

  • Sergio Valls Esponda

Esta semana se cumplen 497 años del día en que Hernán Cortés desembarcó en la tierra que bautizaría como “La Villa Rica de la Verdadera Cruz”. Antes había estado en otros puertos del Golfo. Un dato importante y acaso poco conocido: entre las veinte jóvenes que le obsequiaron en Tabasco figuraba Malitzin, luego bautizada como Marina. Inteligente, agraciada y políglota, padeció injusto maltrato por la historia que derivó en el término “malinchismo”.

Los Totonacas y otros grupos indígenas vieron en Cortés la esperanza de romper el sometimiento en que los tenían los mexicas que, como ocurre con todo imperio, trataba de expandirse. Los tributos y castigos que éstos imponían a los vencidos cada vez eran mayores. Por eso Cortés logró su apoyo, además de sus grandes dotes de abogado negociador, pues fue destacado estudiante de jurisprudencia en Salamanca.

Más tarde, recibió ofrendas enviadas por el mismísimo Moctezuma que, en mi opinión, no lo hizo porque creyera que el recién llegado era el dios Quetzalcóatl sino para enviar un mensaje no precisamente de bienvenida. Imagínese que de pronto aterriza Dios en nuestro rinconcito de cielo, diría Agustín Lara. (Sobran razones para semejante visita). ¿No cree que iría el Presidente a recibirlo personalmente? ¿Acaso enviaría a un empleado con regalos? Pues no. Si a su gerente en el planeta le hacemos tanta fiesta, ¿que será con el mero mero?

El hecho es que el forastero decidió quedarse en este territorio, que NO era México, desobedeciendo al gobernador de Cuba. Para ello resolvió encallar sus naves -nunca las quemó-. El panorama era muy favorable. Todo le era servido, literalmente, en charola, más no de plata. Dentro de la relación de regalos que recibió figura una charola de oro, que hábilmente haría llegar a los reyes. Es de suponer el incremento de su humana ambición, con la circunstancia de que cada vez tenía más locales aliados.

Pasaron casi siete meses para que conociera personalmente a “quien tiene la palabra y la verdad”, que es el significado de tlatoani: Moctezuma. Respecto a la ruta que siguió, hay una anécdota que relata José Vasconcelos. Resulta que a principios de siglo XX se recibe en Veracruz a una misión militar proveniente de Inglaterra. La bienvenida la dan las máximas autoridades militares; con honores y toda la parafernalia. Venían a conocer la ruta que siguió la Compañía Sagrada comandada por don Hernán, pues sin duda como estratega y conquistador es muy reconocido en buena parte del mundo. Cuenta don José que los militares porfiristas se miraban unos a otros pues nadie la conocía ni la habían hecho jamás, así que junto con los ingleses y bajo la guía de los escritos de Bernal Díaz y del propio Cortés conocimos el camino.

Nuestra habitual propensión al melodrama nos hace ver a Cortés como victimario y a nosotros, “los mexicanos”, como víctimas. Pero lo mexicano es el resultado del sincretismo, es decir, de la combinación de dos culturas. Una nueva idea de nación implica dejar atrás ese sentimiento de víctima. No fuimos un país conquistado porque no existía México. Somos producto, al igual que prácticamente todo el mundo, incluida España, de la victoria de un imperio frente a otro. Hoy somos el lugar en el que más personas hablan español y uno de los que más practican la religión y muchas manifestaciones culturales heredadas de España. Lo invito a imaginar la historia en su contexto. Ello se hace posible cuando evitamos petrificar a los personajes en monumentos de odio o santidad y dejamos de culpar al pasado por temor a enfrentar el futuro.