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Vigilar al castigar / De Justicia y otros mitos / Sergio Arturo Valls Esponda

  • Sergio Valls Esponda

De vez en vez volteamos hacia esos temibles campos de concentración de impunidad y corrupción conocidos como cárceles, penales o, no sin cierta ironía, centros de readaptación social. Hace poco nos enteramos del infierno que se desató en el penal de Topo Chico. Fue una tragedia sobrecogedora. NO fue un intento de fuga, NO fue un motín contra las autoridades. Se trató —y así lo intentaba justificar el independiente y novel gobernador— de un ajuste de cuentas entre grupos que “se disputaban el CONTROL del penal”.

No ha faltado quien opine que esas muertes son un acto de “justicia divina”. A lo largo de la historia se ha debatido denodadamente el tema del castigo, y con frecuencia, al castigo se lo confunde con venganza. A veces el lenguaje con el que apelamos a la justicia está lleno de odio y revancha: “Que se pudra en la cárcel” o “La muerte es poco castigo”. De este modo, las sociedades y sus instituciones legalizan la venganza. Dice el poeta Mediz Bolio: “No temas nada y hiere porque Dios es tu amigo / y por tu brazo a veces desciende su castigo.”

Pero las ideas del humanismo aportaron la noción de que el castigo no es venganza y que éste deberá ser proporcional al delito. Entonces dejó de ser un espectáculo y se dio paso a lo penitenciario, en algunos casos quitar la vida era lo justo pero sin producir dolor, apareció la guillotina y los pelotones de fusilamiento. Después otros métodos como la silla eléctrica y la inyección letal, que hasta la fecha se practican.

En el Virreinato de Nueva España las prisiones eran imponentes edificaciones a menudo situadas en el corazón mismo de las ciudades. Motivo de orgullo, tanto por lo magnífico de su arquitectura como por haber reemplazado el castigo de la carne por la corrección interior, eran pues “hospitales para el espíritu”. Platón, en sus Diálogos, pone en la voz de Sócrates “El castigo es la medicina del alma”. Quizá cuando no es clara la diferencia entre delito, enfermedad, mala conducta o pecado se encuentra la salida en la pena como un medio que cura, rehabilita o reinserta a la sociedad. A lo que hacemos referencia, sin decirlo, es la intención de volver al sujeto sancionado “normal” palabra que tiene la misma raíz que norma. El anormal entonces es el que vive fuera de la norma.

Quizá fue por esa razón, la importancia de las cárceles, que tomó sus decisiones Miguel Hidalgo, quien además de hijos engendró conocimientos de la Ilustración, gracias a su dominio de idiomas y el acceso a documentos que como director del Colegio de San Nicolás le era posible.

Me gusta imaginar que al conocer los relatos de la Revolución Francesa y de la emblemática toma de La Bastilla, que era la cárcel de París, entendió que los presos son aliados naturales de los insurgentes, pues ambos tienen un enemigo común: el Estado opresor, sus instituciones y sus leyes. La historia relata que después del popular llamado a “coger gachupines” algunos “vivas” a Fernando VII, a la Virgen de Guadalupe y algún “muera el mal Gobierno”, los primeros en unirse a la causa fueron los presos que en el camino iba liberando.

Es un hecho notorio lo mucho que falta por avanzar en el tema. Una esperanza surgió con la reforma constitucional de justicia penal de 2008, pues obligaba al Congreso de la Unión, a las legislaturas locales, a los titulares del Poder Ejecutivo federal y local a expedir la legislación secundaria para regular el “nuevo sistema de reinserción social” y el “régimen de modificación y duración de las penas”, un cambio notable para la ejecución penal y las condiciones de vida en las prisiones. Estaremos atentos a esa importante obligación del Estado.