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Violencia / Ramón Ojeda Mestre

  • Ramón Ojeda Mestre

Toda violencia social deviene en nuevos gobiernos. Toda violencia delincuencial generalizada desemboca en fascismos y autoritarismos. El homicidio de la alcaldesa de Temixco es uno más de los muchísimos crímenes sangrientos en el corredor Edomex-Morelos-Guerrero, pero muy grave desde cualquier perspectiva. Evidencia el binomio política-delito, aunque podemos suponer que si la asesinaron no fue porque era parte de la maldad, sino de la licitud. No se arregló y la ultimaron. No se plegó, no se pandeó, se enfrentó y no hubo Estado que la amparara.

La etiología de la violencia, no la etología, aunque quizá también se ha enquistado en México por ineficiencia y colusión de los gobernantes, cierto, pero también porque hay vertientes de la sociedad en materia económica que la promueven, como los infinitos programas de televisión sangrientos; también por los juguetes bélicos, electrónicos o no, por los juegos como gotchas y similares, incluso por los contenidos musicales.

Cuentan mucho, mucho, los brutales negocios de la venta indiscriminada de armas en USA que llegan a México, todo por carretadas, en múltiples trafiques. Todavía hace días, en plena calle principal de Cabo San Lucas de Baja California Sur asesinaron a un joven a balazos, y a otro en La Paz, capital del mismo Estado. Los elevadísimos índices de alcoholismo y droga, la desintegración familiar y el fracaso de las escuelas en ética y civismo, pero por encima, o en los cimientos de todos estos factores y de otros más, se encuentra el más terrible de los vectores de este flagelo: la pobreza, la depauperación extrema, creciente, veloz, tsunámica y cruelmente desatendida.

Comentaba el inteligente Trinidad Gastélum Agúndez aquel crimen imborrable de los dos jovencitos judíos Artie Strauss y Judah Steiner, cuyos verdaderos nombres diremos y que recogieron la novela Compulsión, de Meyer Levin, y la película que llevó a Orson Welles como el abogado que defiende a los petulantes millonarios asesinos y en cuya trama pronuncia el inmortal alegato en contra de la pena de muerte. Alfred Hitchcock también la filmó con James Stewart.

Recomendaría a las cultas lectoras de este artículo que disfruten esa obra, junto con la de Attorney For The Damned, de Clarence Darrow, el más grande abogado defensor en la historia de Estados Unidos de América, en el caso de los jovencitos asesinos de Chicago.

El juicio al que aludo, de 1924, inmortal en los anales de USA, es en realidad el proceso a los juniors millonarios y arrogantes Leopold y Loeb, Nathan Leopold y Richard Loeb, su pareja sentimental, como diríamos hoy con cierto pudorcillo. El abogado, que sus padres les consiguieron cuando asesinaron a un jovencito de 14 años para demostrar que eran superiores y que podían cometer el crimen perfecto, fue nada más y nada menos que Clarence Darrow. Uno de los dos asesinos, el apuesto y multimillonario joven universitario Richard Loeb, graduado de la Universidad de Michigan, era hijo del vicepresidente de Sears Roebuck, en tanto que Leopold era estudiante de la Universidad de Chicago e iba a ingresar a Harvard al terminar el verano. Nathan Leopold era apasionado de Nietzsche y de la ornitología. Ouch.

El par de ociosos y perversos delincuentes opulentos secuestraron al niño Bobby Franks, también millonario, pidieron rescate de diez mil dólares, lo asesinaron, quemaron en ácido y tiraron sus restos a un drenaje. La policía hizo un maravilloso trabajo y fueron a dar de por vida a la cárcel. La violencia y decadencia están emparentadas.

rojedamestre@yahoo.com