imagotipo

Vísperas

  • Pablo Marentes

Pablo Marentes

La educación no es asunto el cual una persona o grupo pueda evadir mediante el pretexto de no ser especialista. Tampoco pueden uno o varios grupos proponerse como el o los únicos que conocen cuál es la finalidad de la educación. La educación no puede ser el objeto de discusiones y análisis que pretenden discernir, y por lo tanto imponer, quienes tienen intereses particulares dentro de la organización de alguno de los factores que convergen en el proceso de la educación.

La educación es un medio hacia un fin superior: propiciar que mujeres y hombres mediante el cultivo de su inteligencia, se sientan ligados emocional e intelectualmente a los demás hombres y mujeres de su nación y del mundo, y anticipen que así será también en el curso de las próximas etapas históricas.

La educación hace surgir potenciales intelectuales en cada hombre y mujer que al concluir sus respectivos procesos de maduración constituyen generaciones: los grupos que realizan valiosos propósitos que va descubriendo la humanidad a lo largo del cambio histórico. La humanidad en su conjunto, es el producto resultante de los quehaceres educativos generacionales. Las generaciones se constituyen a partir de tareas que sus miembros se imponen en cada etapa de cambio culminante en la historia de la humanidad en su conjunto. Los cambios han sido sincrónicos a partir de que, para sus habitantes, el mundo ya no tuvo continentes desconocidos. El mundo se redescubrió a partir de 1492 y se comunicó integralmente cuando en 1564 Urdaneta descubrió el viaje de Tornavuelta del gran continente oriental hacia el occidente ampliado: del borde sur del archipiélago filipino, hacia la alta California, punto de llegada de oriente conocido largo tiempo como Cabo Mendocino.

La historia comenzó entonces a hacerse una sola. Se inició el estudio del mundo a partir de los resultados concretos del cultivo de la inteligencia: las ciencias, las artes, la educación, la técnica, los transportes transoceánicos, la orientación a partir de las estrellas y la solución de problemas mediante el empleo del algoritmo, el comercio internacional y el dominio industrial del plástico y del acero que adquirió Inglaterra primero y perfeccionó Estados Unidos, y luego los demás países de ese minúsculo aglomerado territorial de países industrializados y en vías de industrializarse, homogeneizados religiosamente conocido como El Occidente: Inglaterra, Alemania, Austro-Hungría, Italia, Francia al que se unió momentáneamente la Rusia de los zares. Su influencia mundial la fundamentaron en la colonización del continente africano y la ocupación de los Balcanes la cual consolidaron mientras se independizaban de España México, Centro y Sudamérica. La influencia política y económica mundial del occidente europeo menguó a partir de la Gran Guerra 14-18 provocada por la brutal competencia comercial que libraron Alemania, Inglaterra y Francia. Su continuación fue la II Guerra Mundial, de la que surge Estados Unidos como “Primus inter pares” (el primero entre iguales).

En vísperas de la proclamación de la nueva búsqueda de una indiscutible influencia universal proclamada en Estados Unidos por un neurótico indigesto de poder económico, el Estado mexicano se encuentra desafiado por una organización sindical de profesores, cuyo surgimiento estuvo justificado por el control sindical que tuvo el caduco cónclave político que Vargas Llosa calificara como “la dictadura perfecta”.  Eso ya no existe.  Existe, renovada, la amenaza de un delirante fascista de nombre Donald Trump. Pero la “disidencia” magisterial nacida hace 37 años, persiste,  contraria a la historia. Ya no hay dictadura perfecta.  Hay una Presidencia que accede al diálogo. Un avance milimétrico.  Pero avance, no obstante.