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Vivimos todavía en el D.F. ¿o en la Ciudad de México? / Rosamaría Villarello

  • Rosamaría Villarello

Los capitalinos no terminamos de entender hasta ahora en qué consistirán los cambios que habrá con la Reforma Política del Distrito Federal a partir del próximo viernes, cuando el presidente Enrique Peña Nieto la promulgue, una vez que fue aprobada por el Congreso de la Unión en diciembre y constitucionalmente el pasado 20 de enero.

Creo que hay muchas vaguedades en espera de que se cree primeramente el grupo de personas que tendrá bajo su responsabilidad redactar la primera Constitución de la Ciudad de México, que seguramente, como en otras partes del mundo, se le denominará ciudad capital.

Para muchos que hemos nacido y crecido como “defeños” en el mejor de los casos o “chilangos” en una acepción más coloquial, tendrá un efecto colateral en el sentido de que estaremos perdiendo cierta identidad para tener que asumir otra, aunque bien a bien no sabremos cuál, por ventajosa que pueda ser en varios sentidos: políticos, sociales y hasta económicos.

Los todavía originarios del D.F. hemos sido privilegiados de pertenecer a un lugar que pese a sus complicaciones y problemas intrínsecos de una mega ciudad, con pretensiones de confortable; porque seguimos aquí y no hemos emigrado a ninguna otra parte, pese a que no ha sido propiamente bien gobernada, y es en muchos aspectos hasta inhabitable.

No obstante, se está en la víspera, si los gobiernos, partidos políticos y en especial toda la ciudadanía lo exige, de contar a futuro con una Ciudad de México Capital dentro de un estado (¿?) con mejores leyes y formas de vida. Puede ser, incluso, la vanguardia de legislaciones y prácticas donde la convivencia puede ser más humanizada, menos desigual y más equitativa.

Sin embargo, los problemas que se habrán de afrontar de aquí a un año en que se sienten las primeras bases, se discuta, se analice y se apruebe la nueva Constitución, tendrán que pasar muchas cosas, entre ellas, que todavía no sabremos bien a bien en dónde vivimos y cómo nos denominaremos.

Tampoco será tan fácil poner de acuerdo a los diputados de tan diversa extracción y con tantos intereses como los que conformarán la “constituyente” que se avizora un tanto cuanto caótica; porque quiérase o no, el país está inmerso en los procesos electorales y fundamentalmente en la elección presidencial de 2018.

Y no se diga para quienes quieran competir por la primera gubernatura de la Ciudad de México y las alcaldías, hoy todavía estas últimas denominadas delegaciones. Esperemos que la opinión de quienes fungirán como asesores, pueda ser si no imparcial, si viendo en el mejor de los casos por sus habitantes y porque seguirá siendo el eje de toda la nación.

Hay cierta desconfianza en el ambiente general, pero por ser un hecho real habrá que darle su tiempo a esta transformación del Distrito Federal, que marcará, sin duda, un hito de una nueva época. Por lo mismo, la participación de todos y todas es fundamental en todo este proceso.