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Vivir y morir… | Gabriela Mora Guillén

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Ni hablar: éstas son las más importantes de las reglas de la vida, porque nacimos y lo único seguro que sabemos durante el tiempo que estemos por aquí, es que durante los 360 días que recorremos año con año, pasamos por la fecha calendario en que habremos de morir.

Y no es que se trate en este espacio de ser pesimista, por el contrario, la fecha obliga a hablar del tema dado que estamos celebrando una de las fechas de mayor tradición, alegoría y compromiso para el pueblo mexicano: El “Día de Muertos”, los vivos que nunca dejamos de recordar a quienes se nos han adelantado, en esta ocasión, montamos ofrendas con fotografías, flores, veladoras, agua, sus platillos, bebidas y costumbres preferidas, etcétera, etcétera…

Según nuestros ancestros, la tradición comprende seis días y no solo el 1 y 2 de noviembre como se ha venido desvirtuando: Las celebraciones deben comenzar el día 28 de octubre con la iluminación de la primera luz (veladora blanca) y una flor blanca para dar la bienvenida a las animas solas; el día 29 se prende otra veladora y se coloca un vaso con agua dedicado a difuntos olvidados y desamparados; posteriormente, el día 30 se prende una nueva veladora y se incluye en la ofrenda otro vaso con agua además de un pan blanco (bolillo o telera) para los difuntos que se fueron sin comer o los que tuvieron algún accidente…

El día 31 de octubre se prende una nueva veladora, se agrega un nuevo vaso con agua, al igual que otro pan blanco y se coloca una fruta (mandarina, naranja o guayaba) que se supone es para los muertos de los muertos (ancestros), es decir los abuelos de nuestros padres a los que algunos tuvimos la oportunidad y el gusto de conocer (bisabuelos)… En lo personal, disfruté mucho la presencia de mi bisabuela materna, quien con sus historias atrapaba la atención de niños y adultos que en su voz recibimos las mejores clases de la historia de México desde mediados del Siglo XIX.

Ahora sí, el 1 de noviembre que en nuestros días conocemos como “día de los muertos pequeños, chiquitos o niños”, la tradición dicta que se debe poner la comida dulce, calabaza, guayaba, chocolate, miel y flores…

El día 2, conocido como el “día de los fieles difuntos” o de los muertos grandes, se coloca toda la comida, cigarros, cervezas, etcétera, sin omitir por supuesto que durante todos estos días habrá que incluir las flores y quemar incienso de copal.

Finalmente, el 3 de noviembre se prende una última veladora blanca se quema copal y se les despide pidiendo que vuelvan el siguiente año.

Bueno, esto es históricamente lo que deberíamos hacer como tradición; sin embargo, la ofrenda se ha venido transformando y adaptando a las modernidades de la época… Ahora vemos altares de todas formas, tamaños y colores con innumerable cantidad de objetos que nada tienen que ver con la festividad, aunque sí con los gustos, amores y costumbres de nuestros difuntos: fotografías, juguetes, botellas y chance ya algunos se atrevan a incluir uno que otro aparato tecnológico de estos tiempos… Eso sí, todas muy lucidoras, puestas con el gran cariño de su recuerdo, y bajo la intención de halagarlos siempre y trascender su presencia en nuestras vidas… Sin dejar de pensar que si nos están viendo desde el cielo, tenemos que quedar bien con ellos, obviamente…

Lo cierto es que en lo personal, este año ha marcado mi vida al agregar la dedicatoria de la ofrenda a tres personas más, que han marcado mi vida: Don Mario Vázquez Raña, mi querida Tía Cuqui y mi entrañable Flor, quienes se suman a mi adorado Chat, abuelos, tíos, primo y grandes amigos antes idos…

Debo reconocer que el espacio físico reservado para dar tributo a la muerte año con año resulta se percibe más ocupado, pero el espacio interior que los seres queridos ocupan en emoción, sentimiento y corazón abarca gran parte de mi ser, invadido de gratos recuerdos, inmensas experiencias, las más diversas vivencias que sin duda hacen de estas fechas una ocasión para hacer un sencillo homenaje en la tradición, sin dejar omitir por supuesto la eterna honra de su memoria.

Concluyo: Gracias a todos ustedes, a mis vivos y mis muertos, la vida es, ha sido y será una ¡¡¡Gran Tipa!!!

gamogui@hotmail.com

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