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Votemos, hagamos democracia

  • Raúl Aarón Pozos

Las elecciones, el proceso mediante el que los mexicanos elegimos a nuestras autoridades por mandato constitucional, son sólo uno de los elementos constitutivos de la democracia. No es menor, eso sí, pues es el acto de libre determinación de los ciudadanos que acuden a las urnas a sufragar por quien consideran mejor para gobernar el país, su estado o municipio.

Ir a la urna a depositar el voto es, además, nuestro mayor acto de responsabilidad cívica y moral como ciudadanos, porque no es un mandato sino la libre expresión de nuestra voluntad política y, por tanto, la contribución a la democracia en que vivimos.

Como ciudadanos debemos tener claro, entender perfectamente que somos parte del pueblo y esa voluntad expresada en las urnas es, y será, la base para la autoridad de un gobierno. El gobernante puede ser electo, es decir, ganar la elección por un voto de diferencia y es tan legal como si la diferencia fuera mayor. En otras democracias si la diferencia entre los competidores no rebasa determinado porcentaje, sus leyes prevén una segunda ronda. No es nuestro caso.

Por ello mismo, porque en México un candidato puede ganar por un voto de diferencia, es que como ciudadanos estamos obligados a observar y analizar perfecta y profundamente quiénes son los candidatos que nos están proponiendo los partidos políticos, cuáles son sus propuestas, que tan posibles o reales son esas propuestas, incluso, de ganar, con qué elementos y colaboradores contarán para cumplir lo prometido.

Vivimos tiempos en que los políticos y los partidos somos, ante la opinión pública, los más desprestigiados. De muchas maneras hemos sido culpables y así hay que reconocerlo. No todos somos malos, y los que queremos hacer las cosas bien, luchar por nuestra democracia y nuestro país para que avancemos en la anhelada justicia social, somos lo que estamos llamando a mantenernos tranquilos, a cumplir con esa responsabilidad de sufragar para elegir a nuestras próximas autoridades, a las mejores, y, por ese camino, contribuir al fortalecimiento de nuestras instituciones.

Lo único que no debemos dejar de hacer es votar. Cuando lo dejamos de hacer, por la razón que sea, son otros los que deciden por nosotros. Es cierto que puede haber desencanto, que tal vez hayamos tenido malas experiencias, sea porque sospechemos que hubo algún fraude, porque no ganó el candidato de nuestra preferencia o porque la autoridad elegida no cumplió lo prometido. A pesar de eso, o precisamente por eso, es que no debemos dejar de votar. Nada se corregirá si no participamos.

Tampoco debemos perder de vista que la participación ciudadana, mientras más abundante, menos posibilidades o espacios deja a quienes pretendan hacer cosas indebidas. Es cierto que nuestro sistema electoral aún no camina a la perfección, pero hemos avanzado, es uno de los más seguros y calificados de América Latina, por eso mismo debemos ser ciudadanos vigilantes, participativos, claros en nuestros derechos y el de votar o ser votado es uno de los principales para consolidar nuestra democracia.

Los ciudadanos somos el centro neurálgico de todo lo que implica la democracia, por tanto, sin ciudadanos es imposible su expresión en la vida diaria a través de las leyes e instituciones creadas para hacer la vida que conocemos como “civilizada”, si reflexionamos la importancia de ese pequeño gran detalle, entonces seguramente estaremos listos para ir junto con nuestras familias, los amigos o vecinos, a cumplir con esa oportunidad de elegir al gobernante de nuestra preferencia.

Así estaremos haciendo democracia, así estaremos consolidando a México.