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Vulnerabilidad de los menores de edad / Resplandores / Benjamín González Roaro

  • Benjamín González Roaro

En diversas ocasiones, en esta columna he abordado la difícil situación que padecen miles de niños y jóvenes de nuestro país, ya sea por cuestiones de maltrato, explotación en el empleo, pobreza, carencias en salud y alimentación o como víctimas de la violencia y el crimen organizado. Son tantos los factores que impactan sus vidas que, vistos en conjunto, nos muestran la situación de vulnerabilidad y, tal vez, de olvido en que se encuentran.

Pero por si todo lo anterior fuera poco y, muy seguramente como consecuencia de esta situación de fragilidad, tenemos que un mayor número de niños y jóvenes están consumiendo drogas. Entre el año 1991 y 2014, el consumo de drogas en estudiantes de secundaria y bachillerato se duplicó al pasar de 8.2 a 17.2 por ciento.

Estos datos se encuentran en la Encuesta Nacional de Consumo de Drogas en Estudiantes (Encode) 2014, cuyos resultados se dieron a conocer la semana pasada. De acuerdo con dicho estudio, la mariguana es la droga que registra mayor consumo en menores de edad en los niveles de educación básica y media superior, seguida por los inhalables y la cocaína. Entre los niños comprendidos en el sondeo se encuentran alumnos de quinto y sexto grado de primaria.

Recordemos que a mediados del año pasado, la Comisión Nacional contra las Adicciones, también informó que el consumo de alcohol entre menores de 12 años es cada vez mayor y que las mujeres toman prácticamente las mismas cantidades de bebidas alcohólicas que los hombres.

Estamos ante un triste panorama no sólo para estos niños y jóvenes, sino también para toda la sociedad. En principio, esto da cuenta de que ninguna política pública o que ninguno de los programas de gobierno está dando resultados para reducir el consumo de drogas y arraigar una cultura de la prevención. Por ello, tal vez no sea aventurado señalar que en este tema el país ha fracasado.

Lo que estamos viendo es la expresión de un problema que tiene su origen en varios déficits: la incidencia de la pobreza; los programas de gobierno ineficaces; los problemas al interior de las familias; la indiferencia que predomina entre actores políticos como el Congreso y legisladores, incluso medios de comunicación; indudablemente, esto también se debe a la enorme presencia que siguen teniendo el narcotráfico y el crimen organizado, particularmente por su capacidad para poner al alcance de niños y jóvenes este tipo de drogas.

Es preocupante la facilidad con que los menores de edad pueden acceder al mercado de los estupefacientes y más aún, que cuenten con el dinero para adquirirlas.

Lo anterior, pone de manifiesto una grave contradicción: la realidad y aquello que se dice en el discurso y en distintos ámbitos, en el sentido de que “los niños y jóvenes son el futuro de México”. De seguir así, más bien me atrevería a preguntar, ¿qué futuro les espera a nuestros niños y jóvenes?

En este problema como otros más de la agenda nacional, contamos con las conclusiones que nos ofrecen diversos estudios y encuestas, pero éstas no deben ser ignoradas. El reto sigue estando ahí, a la vista de todos, perfectamente focalizado, ¿qué sigue ahora y qué tipo de acciones van a emprender las autoridades ante un fenómeno que cada año se incrementa? El Gobierno federal no puede seguir enfocando todos sus esfuerzos y recursos únicamente en la consecución de metas estructurales, pues cada día son más los niños y jóvenes que están cayendo en el consumo de drogas y alcohol.

Confío en que una alternativa eficaz para comenzar a incidir en esta situación se encuentra en la sociedad, en este caso en los padres de familia, que necesitan estar más cerca y más al cuidado de sus hijos, de sus horarios, sus actividades y sus amigos. La sociedad necesita movilizarse ante la pasividad que siguen mostrando nuestras autoridades.