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Wences y Lala | Entre piernas y telones | Claudia Romero

  • Entre Piernas y Telones : Claudia Romero

En general soy una buena espectadora de teatro. Me encanta sentarme en una butaca, silla o huacal, cerrar los ojos en tercera llamada y entregarme a la historia en la que mucha gente participa contando un pedacito. No importa que sea un monólogo. Yo sé que son muchos los que están detrás haciendo su parte. Si esto me hace complaciente u holgada en mi percepción, lo siento. No puedo ni quiero evitarlo. Al contrario, quiero seguir disfrutando la función aunque a veces no me guste o, sencillamente, no la entienda. Tengo la impresión de que las obras que cuentan con más gente en el proceso de producción, son más ricas y admirables. Pues bien, Wenses y Lala rompió mis esquemas. Prácticamente es responsabilidad de una sola persona este montaje: Adrián Vázquez. Originario del norte del país, egresado de la Universidad Veracruzana, actor, director, dramaturgo, escenógrafo e iluminador. Él firma todos estos rubros en su puesta en escena de Wenses y Lala, una de mis obras favoritas en la vida.

Yo no sé si me estoy haciendo vieja y/o sensible, pero últimamente encuentro que el mayor valor que tiene el teatro es que es una vivencia única y personalizada. Estoy descubriendo que el espectador es parte de la historia, que quien recibe el cuento, lo completa. Desde la trinchera del público, su energía, su reacción, su experiencia, su necesidad va al escenario y el actor al recibir eso, lo devuelve transformado a quien se lo envió. Quienes me conocen saben que no soy de lágrima fácil, al contrario, soy fría como piedra. Pues he visto dos veces esta obra y he de confesar que lloré más la segunda vez que la vi.

Dos actores, una banca, una historia de amor, que va desde la infancia hasta la muerte. Todo contadito ahí sentados, con una economía de movimientos, luces y palabras que son muy difíciles de conseguir, porque lo más simple es lo más complicado. Los dos personajes entablan una conversación directa con el público, piden apenas nuestra participación para abrirnos a su historia y platicar como conocidos. Nos convertimos en sus cómplices, en los depositarios de sus vidas, sus descubrimientos, sus amores, sus anhelos, sus dolores, sus alegrías, sus pequeños goces, sus grandes pérdidas. El viaje emotivo va de la risa al llanto sin transiciones, como accidentes, como la vida misma.

Yo no voy a berrear una tercera vez, pero quien pueda, deje de hacer lo que está haciendo y vaya a la Teatrería.

/arm