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¿Y los principios, apá?

  • Salvador del Río

Según Francis Fukuyama, el polítologo de la derrota, el mundo llegó al fin de la historia. Un supuesto pragmatismo despojado de toda definición ideológica rige o debe regir ahora el curso de las sociedades. Las diferentes opciones de los partidos políticos –y los partidos mismos—deben desaparecer. Es el imperio del pensamiento único.

Para las elecciones en el Estado de México que tendrán lugar el domingo próximo –las más importantes y emblemáticas antes de la presidencial en 2018—a los partidos que se dicen de izquierda y de derecha les fue imposible alcanzar una alianza contra natura a la que se empeñan en llamar la lucha para sacar del poder al Partido Revolucionario Institucional, que ha gobernado esa entidad durante más de 80 años. Pero las alianzas del pensamiento único, que formalmente en Nayarit y virtualmente en Coahuila se formaron antes de las elecciones subsisten como signo y anuncio de la que se pretende para los comicios de 2018. El fin de la historia, por lo menos de la que en México han protagonizado las instituciones políticas que han sostenido una ideología.

En la lógica de la política y en el devenir de la historia del poder, es obvio que ningún partido, ningún candidato puede aspirar a gobernar de una vez y para siempre. La sustitución de un partido por otro, de unos hombres por otros, según las circunstancias del momento, es natural en el acontecer de las sociedades. Pero la oferta política según una ideología, un principio, un programa, no pueden desaparecer ante la vista del elector.

La derecha, el centro o la izquierda gobernarán como lo ofrecen hacer a la ciudadanía, y ésta tiene que exigir y demandar que se gobierne como se ofreció. La oferta de gobernar debe ser precisa, sin lugar a dudas ni ambigüedades cuando se demanda el voto y se cumple el mandato. Es por ello que, en congruencia política, la propuesta electoral no puede ni debe ser una mera fórmula anti, es decir, la destrucción. Lo que ha de animar a la actividad política debe ser la idea, la construcción a favor de, no en contra de. La política propone y el elector escoge y dispone sobre lo que ha de ser la tarea de gobernar.

Lo mismo en el Estado de México, donde el contrasentido de una alianza entre los histórica e ideológicamente opuestos no fue posible por la cercanía de los comicios, que en los procesos de otras entidades y en los que vendrán en el futuro cercano prevalece la absurda idea, verdadera obsesión insana de terminar con lo que se ha llamado el monopolio del poder de un solo partido. O bien con la idea fija de derrotar lo que se piensa constituye un peligro para la democracia. Esta obcecación induce a la confusión de una nebulosa que se presenta al elector mediante alianzas en las que el voto no encuentra un destinatario definido, sino la carencia de ideas en una oferta política de todo contenido.

Contra lo que dice Fukuyama, las ideologías no han desaparecido. Si los problemas a los que se enfrenta un gobierno son los mismos, las formas de abordarlos para su solución son diferentes según los principios que cada uno de los partidos o corrientes sostienen. Al depositar su voto el elector debe estar con-sciente de la idea  y el propósito concreto de quien lo demanda. Y en esa certidumbre radica la posibilidad y el deber que la ciudadanía tendrá para exigir el cumplimiento de la promesa empeñada.

¿Dónde están, pues, como dice la ingenua pregunta del niño a su papá, los principios, la ideología y la honestidad de partidos y hombres que no dudan en renunciar a ellos con tal de alcanzar el poder?