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¿…Y quién ganaría entre James Bond y Tarzán?

  • La moviola/ Gerardo Gil

La anécdota es verídica y no tiene desperdicio: Era 1967, Sean Connery se encontraba en Durango junto a Terence Young, director de algunas de los filmes sobre James Bond. El motivo era buscar locaciones para Shalako (que finalmente dirigiría Edward Dmytryk en 1968).

Connery estaba de mal humor comiendo en el hotel Campo México Courts de Durango y un joven lo abordó para pedir un autógrafo. Bond James Bond lo rechazó y el fan se molestó; el actor escocés le da entonces un empujón. Aparece para defender al muchacho ni más menos que Ron Ely, el entonces Tarzán de la serie de TV. En medio del alborozo de los comensales Bond y Tarzán
se hacen de puños.

En la escena aparece un tercero: Anthony Quinn, quien filmaba también en Durango Los Cañones de San Sebastián (Henry Vernouil, 1968) para separarlos. Gracias a los buenos oficios como metiche del actor nacido en Chihuahua, nunca sabremos de que cuero salen más correas, si del flemático Bond o del salvaje Tarzán.

La anécdota fue dada a conocer –por lo menos para quien esto escribe- por el crítico de cine, ya fallecido, Gustavo García en el número 37 de diciembre de 2006 en la ya desaparecida revista 24XSegundo y viene a cuento por la siguiente pregunta ¿Es necesaria una nueva película de Tarzán? Sin lugar a dudas y explico el porqué:

En medio de una casi total avengerización de los filmes de héroes o acción La leyenda de Tarzán (David Yates,2016) rescata el espíritu original del personaje creado por Edgar Rice Burroughs en 1912. La estética pulp está presente en las primeras escenas. Pero va más más allá, sobre todo en el campo ideológico.

En esta ocasión Tarzán (Alexander Skarsgard) se encuentra ya en su posición de noble – recuerda a Greystoke; La Leyenda de Tarzán- pero debe regresar al Congo para ayudar (coadyuvar dirían los clásicos) a realizar trabajos de explotación de recursos naturales.

Tarzán acepta con la intención de proteger a sus amigos de la selva y gracias a la advertencia de George Washington Williams (Samuel L. Jackson) de las verdaderas intenciones de quienes lo invitan: El Gobierno del rey Leopoldo de Bélgica y el de Inglaterra.

Pero todo responde a un plan maquiavélico que incluye una venganza orquestada por el villano reventón (lo sé no es referencia para millennials) Leon Rom (Christopher Waltz).

Todo aderezado con una Jane (Margot Robbie) más activa –signo de los tiempos- y escena con Tarzán y Jane, adolescentes de descubrimiento erótico y pudoroso incluido ,de lo mejor del filme. Un acierto es el contar la historia clásica solo en flash back.

Tarzán ha sido en el cine un personaje casi alineado a una ideología occidental. Es el salvaje adecentado. Así ha sido visto en la mayoría de las adaptaciones cinematográficas. Desde el primer actor que lo interpretó, Elmo Lincoln, pasando por Johnny Weissmuller y por supuesto el Cowboy en calzones Ron Ely. Y por supuesto la lograda y edulcorada versión de Disney en 1999.

Pero en La leyenda de Tarzán, el espíritu de Rice Burroughs está en pleno. No es casualidad que Tarzán se haya publicado por primera vez en medio de obras que criticaban la ambición del hombre: Colmillo Blanco de Jack London en 1906 y antes en 1894 el Libro de la Selva de Rudyard Kipling son un par de ejemplos. Tarzán en esta ocasión y quizá de las únicas en el cine pelea contra la ambición del hombre.

Pero el doble juego está presente: En La Leyenda de Tarzán, es el salvaje que pelea contra el hombre blanco, pero es el blanco que conquista el mundo de la selva.

Nostálgica incluso porque por momentos recuerda al cine de matiné: ¿Es necesaria otra película de Tarzán? Sí, sobre todo para mantener vivos a los mitos y darles su espíritu original.