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Ya no sabe uno ni que pensar…

  • María Antonieta Collins

Desde Miami

  • María Antonieta Collins

Las noticias abren y cierran con el último exabrupto de Donald Trump y el morbo por ver qué sucede, hace que la ansiedad se apodere de las manos que tienen el control del televisor, para buscar por todos los canales el que ofrezca el último disparate.

Me quedo pensando en lo que hacen los dirigentes republicanos: analizar lo que les sucede en un escenario que ni en sus sueños más locos pudieron imaginar apenas hace seis meses.

“Es inconcebible –dice uno- que con el desastre de noticias que pudieron haber provocado el mayor contratiempo a la campaña de Hillary Clinton esta semana y que era el descubrimiento del dinero pagado a Irán, con las acusaciones que le hiciera directamente la madre de uno de los diplomáticos muertos en el ataque al consulado americano de Bengazi, nada de eso haya pasado a mayores, porque todo el mundo está interesado en saber, las cosas locas que dice Trump, de cualquiera que lo moleste.”

Votantes republicanos de un estado clave tienen el mismo sentimiento diario: jalarse el cabello por la desesperación de lo que hace en medio de cada conferencia de prensa, quien apenas hace semana y media invistieron como su candidato a la presidencia de Estados Unidos.

“¿Quién que tenga sentido común puede votar confiado y tranquilo en una persona que, en medio de un discurso manda sacar a una madre con un bebé que llora? –otra mujer acota-.

Y qué veterano puede creer que ese señor puede ser su comandante en jefe cuando habla de la condecoración “Corazón Purpura” que el veterano de Vietnam le regalara, “como algo nice que siempre quiso tener” pero por el que no ha salido a una guerra a buscar?”.

Sin lugar a dudas que al recibirla, lo que cualquier político haría, sería abrazar a aquel hombre que se la está regalando y devolvérsela diciendo que algo tan sagrado para él, como esa condecoración solo puede pertenecerle a quien se la gano literalmente con sangre.

Que las encuestas muestren un desencanto de los electores con Trump no es nada que admire, porque precisamente son para eso, para calificar los descarrilamientos de los candidatos y mostrar la tendencia de los votantes. Pienso en la desesperación que embarga a todos los republicanos que pueden adivinar el desastre que se les puede avecinar si no logran convencer a su candidato millonario a que el oficio de un político está por encima de cualquier ventaja personal que se haya imaginado y que tiene que modificar el rumbo y cerrar la boca.

Por lo pronto ha dañado fibras sensibles dentro de ellos mismos, al no respaldar a Paul Ryan ni a John McCain, este último, un hombre muy apreciado por sectores bipartidistas de Arizona, un estado con un buen número de votantes. Simplemente es demostrar el rencor, que no tiene nada que ver más que con sentimientos de los que no se puede apropiar un político que quiera ser presidente de este país.

Me dice una humilde pareja a la que encuentro en un restaurante hablando –por supuesto- de Donald Trump.

“Nos preocupa sobre todo que de resultar presidente, su intolerancia, la poca gentileza con los contrincantes, la falta de respeto hacia las mujeres, jueces y comunidades, y ya ni siquiera hablamos de su plan de hacer el muro con México, nos lleve a una tercera guerra mundial… y que estalle de madrugada y ni siquiera despertemos porque el mundo con bombas nucleares se habrá acabado.

Los escucho y me hacen pensar con temor también…