/ domingo 30 de agosto de 2015

Cartas anónimas

Por Celia Gómez Ramos

¿Qué pasaría si de repente empezaras a recibir cartas románticas y cada vez más subidas de tono?, soltó Florencia como sin querer perder la compostura, aparentando ingenuidad en su pregunta.

-¿Cómo?, se despabiló Rosaura, malévola elevó la ceja y le dijo: -¿así como en la escuelita? ¿Acaso te pasó, qué digo, te está ocurriendo? ¿Dónde? ¿Cuéntanos dónde? ¿Quién te escribe?

-Oye, ¿cartas por internet, llegan a tu casa, a tu oficina? No sé, pero creo que a mí me generaría miedo, añadió Lucrecia.

Florencia se había metido al calabozo solita y con propio pie. No hay pregunta ingenua y sin intención entre mujeres. Siempre decimos las cosas por algo, y normalmente, por algo cercano a nosotras..., algo que nos está afectando. Además, bien para ella, porque necesitaba hablar y compartirlo con nosotras.

Se pone bueno eso de que cada vez más subidas de tono, señalamos de repente varias de nosotras. ¿Pues cuántas han sido?

En unos minutos ya todas estábamos muy entusiasmadas con ese escritor de cartas románticas-eróticas a Florencia. Lo más interesante de todo, es que Florencia no sabía quién podía ser el que las escribía. Ni una pista, según nos dijo.

Pero la verdad es que la primera, nos contó: Llegó un día que yo no me hallaba conmigo misma. Había tenido unas semanas bastante complicadas laboralmente, caníbales, y de eso que comienzas como a flotar, pero sin respirar. Fue en esos días cuando llegó la primera, tierna y como en acompañamiento de mis agobios, como para que me sustrajera de mi cotidianeidad e ingresara en el terreno de lo lúdico, de lo que me había olvidado a últimas fechas. Tampoco las había visto a ustedes por tanto trabajo y cambios, suspiró profundo.

Las cartas están escritas en computadora, pero llegan a mi casa en sobre, sin remitente, sin estampillas postales. La primera que recibí, pensé que había sido una equivocación, aunque en el sobre leí perfectamente mi nombre.

Eran palabras reconfortantes, que me hacían sentir hermosa y agradecida con la vida. La sorpresa, supongo, tenía mucho que ver.

No me preocupé por lo que tú dices Lucrecia, no me dio miedo recibir una carta anónima. Jamás pensé en la enfermedad.

Creo que fue poco a poco, hasta que él decidió ir cobrando terreno más carnal en la letra. Cada que leía o releía las cartas, era para mí como el postre, pues tenía una serie de sensaciones placenteras en mi organismo y me sentía como en frenesí.

No era solo calentura corporal, era cuestión mental, era la palabra: las suyas y las que tomaba de los poetas. Me viene a la mente: "Su cuerpo es una aldea/ donde yo me refugio cuando truena en el cielo/ y tiemblan los follajes de mis venas...", un poema de Carlos Castro Saavedra.

Todas sus cartas con poemas, dando créditos, pero además, erotizantes. Recuerdo otro, este de Carlos Isla: "No comienza tu cuerpo solitario/ obscenamente/ estamos todos encerrados en el día/ extendidos en la soledad/ comezón sin corporeidad/ espaciosa ausencia.../ Las manos de tus manos/ gritan mi grito..."

He aprendido más de poesía ahora, que en toda mi vida, afirmó Florencia, mientras todas la mirábamos realmente patidifusas.

Lo mejor o peor de todo, continúo, es cuando solté la rienda a mi imaginación y empecé a contestar las cartas en una libreta; no para entregarlas. Cuando me percaté de mi necesidad por desplazar o imprimir mi energía o canalizarla en acciones, al menos con escritura.

Desde luego que a estas alturas, ni siquiera me interesa conocer quien habría de ser aquél que escribe y ponerle un rostro o un cuerpo que pudiese no gustarme, pero he olvidado un tanto los problemas, alterando un poco (o mucho), mis sentidos... Quizá ahora estoy aprendiendo a conocer y reconocer mi placer, a controlarme a mí misma, agregó.

Nos dejó embobadas, debo decirles. Y en seguida recitó unas líneas de Elena Milán:"¿Oyes la corola de mis muslos?/ ¿Sientes cómo se abre?/ ¿Sientes rozar al viento entre sus pétalos?/ No duermas más..."

Elaboren la historia contraria. Él le escribió una carta porque repentinamente la vio triste, se la dejó en un sobre, pero anónima, y descubrió que se sentía muy contento echando a volar su imaginación y su deseo, descubrió que le gustaba escribir y quiso dar un poco de calor a una mujer que siempre le había llamado la atención, pero a la que nunca intentaría conocer, solo alimentar. - See more at: http://www.oem.com.mx/elsoldemexico/notas/n3932678.htm#sthash.EpqHcnmy.dpuf

Por Celia Gómez Ramos

¿Qué pasaría si de repente empezaras a recibir cartas románticas y cada vez más subidas de tono?, soltó Florencia como sin querer perder la compostura, aparentando ingenuidad en su pregunta.

-¿Cómo?, se despabiló Rosaura, malévola elevó la ceja y le dijo: -¿así como en la escuelita? ¿Acaso te pasó, qué digo, te está ocurriendo? ¿Dónde? ¿Cuéntanos dónde? ¿Quién te escribe?

-Oye, ¿cartas por internet, llegan a tu casa, a tu oficina? No sé, pero creo que a mí me generaría miedo, añadió Lucrecia.

Florencia se había metido al calabozo solita y con propio pie. No hay pregunta ingenua y sin intención entre mujeres. Siempre decimos las cosas por algo, y normalmente, por algo cercano a nosotras..., algo que nos está afectando. Además, bien para ella, porque necesitaba hablar y compartirlo con nosotras.

Se pone bueno eso de que cada vez más subidas de tono, señalamos de repente varias de nosotras. ¿Pues cuántas han sido?

En unos minutos ya todas estábamos muy entusiasmadas con ese escritor de cartas románticas-eróticas a Florencia. Lo más interesante de todo, es que Florencia no sabía quién podía ser el que las escribía. Ni una pista, según nos dijo.

Pero la verdad es que la primera, nos contó: Llegó un día que yo no me hallaba conmigo misma. Había tenido unas semanas bastante complicadas laboralmente, caníbales, y de eso que comienzas como a flotar, pero sin respirar. Fue en esos días cuando llegó la primera, tierna y como en acompañamiento de mis agobios, como para que me sustrajera de mi cotidianeidad e ingresara en el terreno de lo lúdico, de lo que me había olvidado a últimas fechas. Tampoco las había visto a ustedes por tanto trabajo y cambios, suspiró profundo.

Las cartas están escritas en computadora, pero llegan a mi casa en sobre, sin remitente, sin estampillas postales. La primera que recibí, pensé que había sido una equivocación, aunque en el sobre leí perfectamente mi nombre.

Eran palabras reconfortantes, que me hacían sentir hermosa y agradecida con la vida. La sorpresa, supongo, tenía mucho que ver.

No me preocupé por lo que tú dices Lucrecia, no me dio miedo recibir una carta anónima. Jamás pensé en la enfermedad.

Creo que fue poco a poco, hasta que él decidió ir cobrando terreno más carnal en la letra. Cada que leía o releía las cartas, era para mí como el postre, pues tenía una serie de sensaciones placenteras en mi organismo y me sentía como en frenesí.

No era solo calentura corporal, era cuestión mental, era la palabra: las suyas y las que tomaba de los poetas. Me viene a la mente: "Su cuerpo es una aldea/ donde yo me refugio cuando truena en el cielo/ y tiemblan los follajes de mis venas...", un poema de Carlos Castro Saavedra.

Todas sus cartas con poemas, dando créditos, pero además, erotizantes. Recuerdo otro, este de Carlos Isla: "No comienza tu cuerpo solitario/ obscenamente/ estamos todos encerrados en el día/ extendidos en la soledad/ comezón sin corporeidad/ espaciosa ausencia.../ Las manos de tus manos/ gritan mi grito..."

He aprendido más de poesía ahora, que en toda mi vida, afirmó Florencia, mientras todas la mirábamos realmente patidifusas.

Lo mejor o peor de todo, continúo, es cuando solté la rienda a mi imaginación y empecé a contestar las cartas en una libreta; no para entregarlas. Cuando me percaté de mi necesidad por desplazar o imprimir mi energía o canalizarla en acciones, al menos con escritura.

Desde luego que a estas alturas, ni siquiera me interesa conocer quien habría de ser aquél que escribe y ponerle un rostro o un cuerpo que pudiese no gustarme, pero he olvidado un tanto los problemas, alterando un poco (o mucho), mis sentidos... Quizá ahora estoy aprendiendo a conocer y reconocer mi placer, a controlarme a mí misma, agregó.

Nos dejó embobadas, debo decirles. Y en seguida recitó unas líneas de Elena Milán:"¿Oyes la corola de mis muslos?/ ¿Sientes cómo se abre?/ ¿Sientes rozar al viento entre sus pétalos?/ No duermas más..."

Elaboren la historia contraria. Él le escribió una carta porque repentinamente la vio triste, se la dejó en un sobre, pero anónima, y descubrió que se sentía muy contento echando a volar su imaginación y su deseo, descubrió que le gustaba escribir y quiso dar un poco de calor a una mujer que siempre le había llamado la atención, pero a la que nunca intentaría conocer, solo alimentar. - See more at: http://www.oem.com.mx/elsoldemexico/notas/n3932678.htm#sthash.EpqHcnmy.dpuf