/ domingo 18 de febrero de 2018

Carrera científica

 

Es más fácil convertir un arqueólogo en buzo que a un buzo volverlo arqueólogo, sostenía, segura de sí, Pilar Luna Erreguerena, titular durante décadas del Departamento de Arqueología Subacuática del INAH.

Ella misma, sobreviviente de histoplasmosis pulmonar aguda en 1976, —también conocida popularmente como “la maldición de Tutankamón” provocada por respirar guano de murciélago—, era prueba viva de sus palabras. Primero se formó como arqueóloga en Ciudad de México y luego se calzó el traje de neopreno, el visor y un regulador en 1979 y se sumergió en el Mar Egeo bajo la supervisión del arqueólogo estadunidense George F. Bass. Así hilvanaría varios palmarés de investigación submarina: cartografiar cien pecios en el Golfo de México y Banco Chinchorro, encontrar en 2014 a la que se considera ya la habitante más antigua de México: Naia, quien perdió la vida hace 12 mil años en el sistema de cuevas Sac Actun junto con los restos de 26 grandes animales prehistóricos como felinos dientes de sable, perezosos gigantes y gonfotéridos.

“Antes que detectives, buzos o aventureros”, me contó alguna vez en Campeche esta investigadora, “los arqueólogos subacuáticos somos científicos de convicciones muy fuertes, dispuestos a soportar sesiones de trabajo de hasta 20 horas seguidas y cargas de adrenalina muy fuertes que se dan en las inmersiones en un ambiente totalmente ajeno a nuestra capacidad normal.

En mayo del año pasado se realizó en Playa del Carmen la mayor cumbre científica que se haya realizado jamás en la Riviera Maya sobre arqueología subacuática. Guillermo de Anda Alanís, rotundamente feliz por haber roto el monopolio en esta disciplina y de paso demoler varios nichos intocables, presentó su proyecto Gran Acuífero Maya cuyo corazón científico estará en Felipe Carrillo Puerto y sus oficinas de enlace en Cancún.

Biólogos, cartógrafos, especialistas en pumas y murciélagos, espeleobuzos, arqueólogos, ingenieros geólogos, en alianza con la National Geographic Society, la UNAM, el INAH y otras instituciones académicas han conformado varias células de investigación que han empezado a rendir frutos: la semana pasada se dio a conocer, tras 10 meses de trabajo, que la cueva subacuática más grande del mundo está en Tulum, en el Sistema Sac Actun, y mide la friolera de 347 kilómetros.

Para que se entienda la vastedad del campo de investigación al que se enfrentan estos científicos hay que tomar en cuenta que uno de sus objetos de estudio son los cenotes, que hay 3 mil de éstos registrados en Yucatán y que hay, tranquilamente, otros 3 mil en Quintana Roo. 6 mil en total y sólo se han explorado, a cabalidad, 54.

Todos anhelan realizar una radiografía del acuífero y en ese esfuerzo destaca el trabajo de  Arturo González, Jerónimo Avilés y Eugenio Aceves, quienes han fundado el Museo de la Prehistoria en Tulum para mostrar algunos de sus hallazgos entre los que sobresale La Mujer de las Palmas, cuyo esqueleto fue exhumado completo en un 90 por ciento tras decenas de inmersiones.

Esa fémina volvió a otear este mundo hacia el 2010 tras 10 mil años de estar sumergida y tras varios años de estudios y procesos de conservación. Sus rasgos son semejantes a los de poblaciones del sureste asiático, lo que indica que las migraciones que poblaron América no sólo llegaron del norte de Asia. Gracias al trabajo de todo el equipo que comanda González sabemos que tenía entre 44 y 50 años al momento de morir. Medía 152 centímetros y pesaba 58 kilos.

Seguro habrá más descubrimientos de cualquiera de estos tres equipos científicos que se sumergen cada vez que pueden en los ríos subterráneos de la Península de Yucatán. El institucional, tutelado por Pilar Luna; el financiado por la Fundación National Geographic, cuyo líder mexicano es Guillermo de Anda, y el que coordina el Instituto de la Prehistoria con el liderazgo científico de Arturo González, director también del Museo del Desierto en Saltillo, en alianza con los fogueados espeleobuzos Eugenio Aceves y Jerónimo Avilés.

La mayor competencia científica del país empezó con un gran hallazgo. 2018 augura muchos más descubrimientos.

 

Editor y periodista cultural independiente

yambacaribe@gmail.com

 

Es más fácil convertir un arqueólogo en buzo que a un buzo volverlo arqueólogo, sostenía, segura de sí, Pilar Luna Erreguerena, titular durante décadas del Departamento de Arqueología Subacuática del INAH.

Ella misma, sobreviviente de histoplasmosis pulmonar aguda en 1976, —también conocida popularmente como “la maldición de Tutankamón” provocada por respirar guano de murciélago—, era prueba viva de sus palabras. Primero se formó como arqueóloga en Ciudad de México y luego se calzó el traje de neopreno, el visor y un regulador en 1979 y se sumergió en el Mar Egeo bajo la supervisión del arqueólogo estadunidense George F. Bass. Así hilvanaría varios palmarés de investigación submarina: cartografiar cien pecios en el Golfo de México y Banco Chinchorro, encontrar en 2014 a la que se considera ya la habitante más antigua de México: Naia, quien perdió la vida hace 12 mil años en el sistema de cuevas Sac Actun junto con los restos de 26 grandes animales prehistóricos como felinos dientes de sable, perezosos gigantes y gonfotéridos.

“Antes que detectives, buzos o aventureros”, me contó alguna vez en Campeche esta investigadora, “los arqueólogos subacuáticos somos científicos de convicciones muy fuertes, dispuestos a soportar sesiones de trabajo de hasta 20 horas seguidas y cargas de adrenalina muy fuertes que se dan en las inmersiones en un ambiente totalmente ajeno a nuestra capacidad normal.

En mayo del año pasado se realizó en Playa del Carmen la mayor cumbre científica que se haya realizado jamás en la Riviera Maya sobre arqueología subacuática. Guillermo de Anda Alanís, rotundamente feliz por haber roto el monopolio en esta disciplina y de paso demoler varios nichos intocables, presentó su proyecto Gran Acuífero Maya cuyo corazón científico estará en Felipe Carrillo Puerto y sus oficinas de enlace en Cancún.

Biólogos, cartógrafos, especialistas en pumas y murciélagos, espeleobuzos, arqueólogos, ingenieros geólogos, en alianza con la National Geographic Society, la UNAM, el INAH y otras instituciones académicas han conformado varias células de investigación que han empezado a rendir frutos: la semana pasada se dio a conocer, tras 10 meses de trabajo, que la cueva subacuática más grande del mundo está en Tulum, en el Sistema Sac Actun, y mide la friolera de 347 kilómetros.

Para que se entienda la vastedad del campo de investigación al que se enfrentan estos científicos hay que tomar en cuenta que uno de sus objetos de estudio son los cenotes, que hay 3 mil de éstos registrados en Yucatán y que hay, tranquilamente, otros 3 mil en Quintana Roo. 6 mil en total y sólo se han explorado, a cabalidad, 54.

Todos anhelan realizar una radiografía del acuífero y en ese esfuerzo destaca el trabajo de  Arturo González, Jerónimo Avilés y Eugenio Aceves, quienes han fundado el Museo de la Prehistoria en Tulum para mostrar algunos de sus hallazgos entre los que sobresale La Mujer de las Palmas, cuyo esqueleto fue exhumado completo en un 90 por ciento tras decenas de inmersiones.

Esa fémina volvió a otear este mundo hacia el 2010 tras 10 mil años de estar sumergida y tras varios años de estudios y procesos de conservación. Sus rasgos son semejantes a los de poblaciones del sureste asiático, lo que indica que las migraciones que poblaron América no sólo llegaron del norte de Asia. Gracias al trabajo de todo el equipo que comanda González sabemos que tenía entre 44 y 50 años al momento de morir. Medía 152 centímetros y pesaba 58 kilos.

Seguro habrá más descubrimientos de cualquiera de estos tres equipos científicos que se sumergen cada vez que pueden en los ríos subterráneos de la Península de Yucatán. El institucional, tutelado por Pilar Luna; el financiado por la Fundación National Geographic, cuyo líder mexicano es Guillermo de Anda, y el que coordina el Instituto de la Prehistoria con el liderazgo científico de Arturo González, director también del Museo del Desierto en Saltillo, en alianza con los fogueados espeleobuzos Eugenio Aceves y Jerónimo Avilés.

La mayor competencia científica del país empezó con un gran hallazgo. 2018 augura muchos más descubrimientos.

 

Editor y periodista cultural independiente

yambacaribe@gmail.com

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