/ viernes 24 de julio de 2020

En la soledad de la sala de cine

El cubrebocas y el gel antibacterial son los nuevos protagonistas al entrar a las salas cinematográficas, la Nueva normalidad así lo obliga, y poco a poco los cinéfilos regresan a ocupar las butacas

Bajo el cubrebocas, el rostro serio de un hombre de unos cincuenta años, uniforme azul marino y macana, parece sonreír luego de que un espectador extiende la mano derecha para que le ponga gel hidroalcohólico. Él y su compañero, que toma la temperatura, constituyen la primera línea de defensa contra el coronavirus en la Nueva normalidad. Personas cuyos salarios oscilan entre los cuatro y los seis mil cien pesos mensuales, encargados de que las cosas funcionen.

El primer guardia indica el procedimiento de acceso: pasar por un tapete plástico y humedecerse los zapatos, limpiárselos en otro de tela, y si la temperatura que el hombre más joven tomó es inferior a 37.5 grados puede ingresarse al cine. Claro que para hacerlo habrá que portar de inicio el ya clásico tapabocas. Pero esto es sólo el principio.

Como ellos, otros tantos empleados de las empresas exhibidoras de películas han regresado al trabajo desde el pasado 5 de junio, cuando aún no aparecía la cartelera cinematográfica en las páginas de Internet, e inspectores del municipio acudieron a las salas para impedir la reapertura; una reapertura que al día siguiente pudo hacerse efectiva en la capital michoacana y que suma ya poco más de mes y medio, aunque con poca afluencia, a decir de la ciudadanía.

Foto: Facebook @cinepolisonline

Después de entrar al complejo, en la taquilla, jóvenes empleados también con cubrebocas reciben a los pocos cinéfilos que se arriesgan a asistir pese a las recomendaciones sanitarias, que piden evitar las aglomeraciones. Las computadoras muestran como ocupados más de la mitad de los asientos y hay mínimamente una separación de dos butacas entre cada grupo, pareja o persona que acude al cine.

La siguiente línea defensiva está integrada por otro joven empleado que pide repetir el protocolo, esta vez para pasar a la zona de dulcería: situar los pies sobre una alfombrilla húmeda y secarlos en otra de tela, tomar gel y desinfectarse las manos para entonces corroborar que la temperatura del cuerpo no supere los 37 grados y fracción con otro termómetro.

El chico de pantalón color caqui, con gorra y playera azul con los logotipos de la empresa, sonríe. Tras cuatro meses de pandemia, es afortunado al tener un empleo, ya que en ese lapso un millón 112 mil trabajadores lo perdieron, según cifras del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), lo que con certeza elevará la cifra de los 52 millones de habitantes que viven en pobreza en el país.

Al pasar el cordón de acceso, semejante al que hay en los bancos, ahora se puede comprar un hotdog de 51 pesos, unos nachos de 64 o unas palomitas y un refresco de entre 50 y 73 pesos cada uno, productos que superan los 37.54 pesos por hora que gana un empleado promedio en los cines.

Finalmente, y por tercera vez, cuando ya se ha hecho entrega del boleto a los jóvenes empleados que custodian la puerta de acceso, estos hacen entrega de una nueva dotación de gel desinfectante y vuelven a colocarle al usuario el termómetro para verificar la temperatura.

Seguramente que debe haber una separación de metro y medio entre personas, pero como ese sábado brillan por su ausencia los clientes, no hay nadie de quien tomar distancia. Adentro del cine, hay sólo tres personas más: un hombre solitario a media sala y una pareja en la penúltima fila. Hay que considerar que no se trata de una cinta para niños ni una comedia mexicana, ni siquiera de una producción de Hollywood, por lo que acaso sea comprensible que nadie haya querido acudir a ver una película francesa después de haber recobrado su tan ansiada libertad.

Los pocos cinéfilos que han llegado no se marchan, sin embargo, impávidos al terminar la proyección, pero entonces surge de un costado un joven trabajador del cine y da la instrucción para desalojar ordenadamente la sala. Dice que saldrá primero la fila de más abajo. No dejan siquiera pasar los créditos cuando aún se sienten en el aire la conmoción y las ganas de llorar.

El muchacho hace salir al hombre; después a la pareja de abajo; luego a los de la última fila. “¿Estás bien?”. “Sí, es que me arden los ojos”, le pregunta una mujer de unos 60 años a un hombre. Es de noche, hay que ir a pagar el boleto del estacionamiento. Todo luce como durante la cuarentena: solo otra vez.




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Bajo el cubrebocas, el rostro serio de un hombre de unos cincuenta años, uniforme azul marino y macana, parece sonreír luego de que un espectador extiende la mano derecha para que le ponga gel hidroalcohólico. Él y su compañero, que toma la temperatura, constituyen la primera línea de defensa contra el coronavirus en la Nueva normalidad. Personas cuyos salarios oscilan entre los cuatro y los seis mil cien pesos mensuales, encargados de que las cosas funcionen.

El primer guardia indica el procedimiento de acceso: pasar por un tapete plástico y humedecerse los zapatos, limpiárselos en otro de tela, y si la temperatura que el hombre más joven tomó es inferior a 37.5 grados puede ingresarse al cine. Claro que para hacerlo habrá que portar de inicio el ya clásico tapabocas. Pero esto es sólo el principio.

Como ellos, otros tantos empleados de las empresas exhibidoras de películas han regresado al trabajo desde el pasado 5 de junio, cuando aún no aparecía la cartelera cinematográfica en las páginas de Internet, e inspectores del municipio acudieron a las salas para impedir la reapertura; una reapertura que al día siguiente pudo hacerse efectiva en la capital michoacana y que suma ya poco más de mes y medio, aunque con poca afluencia, a decir de la ciudadanía.

Foto: Facebook @cinepolisonline

Después de entrar al complejo, en la taquilla, jóvenes empleados también con cubrebocas reciben a los pocos cinéfilos que se arriesgan a asistir pese a las recomendaciones sanitarias, que piden evitar las aglomeraciones. Las computadoras muestran como ocupados más de la mitad de los asientos y hay mínimamente una separación de dos butacas entre cada grupo, pareja o persona que acude al cine.

La siguiente línea defensiva está integrada por otro joven empleado que pide repetir el protocolo, esta vez para pasar a la zona de dulcería: situar los pies sobre una alfombrilla húmeda y secarlos en otra de tela, tomar gel y desinfectarse las manos para entonces corroborar que la temperatura del cuerpo no supere los 37 grados y fracción con otro termómetro.

El chico de pantalón color caqui, con gorra y playera azul con los logotipos de la empresa, sonríe. Tras cuatro meses de pandemia, es afortunado al tener un empleo, ya que en ese lapso un millón 112 mil trabajadores lo perdieron, según cifras del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), lo que con certeza elevará la cifra de los 52 millones de habitantes que viven en pobreza en el país.

Al pasar el cordón de acceso, semejante al que hay en los bancos, ahora se puede comprar un hotdog de 51 pesos, unos nachos de 64 o unas palomitas y un refresco de entre 50 y 73 pesos cada uno, productos que superan los 37.54 pesos por hora que gana un empleado promedio en los cines.

Finalmente, y por tercera vez, cuando ya se ha hecho entrega del boleto a los jóvenes empleados que custodian la puerta de acceso, estos hacen entrega de una nueva dotación de gel desinfectante y vuelven a colocarle al usuario el termómetro para verificar la temperatura.

Seguramente que debe haber una separación de metro y medio entre personas, pero como ese sábado brillan por su ausencia los clientes, no hay nadie de quien tomar distancia. Adentro del cine, hay sólo tres personas más: un hombre solitario a media sala y una pareja en la penúltima fila. Hay que considerar que no se trata de una cinta para niños ni una comedia mexicana, ni siquiera de una producción de Hollywood, por lo que acaso sea comprensible que nadie haya querido acudir a ver una película francesa después de haber recobrado su tan ansiada libertad.

Los pocos cinéfilos que han llegado no se marchan, sin embargo, impávidos al terminar la proyección, pero entonces surge de un costado un joven trabajador del cine y da la instrucción para desalojar ordenadamente la sala. Dice que saldrá primero la fila de más abajo. No dejan siquiera pasar los créditos cuando aún se sienten en el aire la conmoción y las ganas de llorar.

El muchacho hace salir al hombre; después a la pareja de abajo; luego a los de la última fila. “¿Estás bien?”. “Sí, es que me arden los ojos”, le pregunta una mujer de unos 60 años a un hombre. Es de noche, hay que ir a pagar el boleto del estacionamiento. Todo luce como durante la cuarentena: solo otra vez.




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