/ viernes 25 de octubre de 2019

Día de muertos | El más allá, que está más acá

Ya están aquí... o casi. Ya se escucha el murmullo de sus voces como en coro

“Yo andaba buscando la muerte,

cuando me tope contigo;

de ahí tengo el corazón,

en dos mitades partido...”

[“La Ixhuateca”, son oaxaqueño]


Ya están aquí... o casi. Ya se escucha el murmullo de sus voces como en coro. Ya se oyen sus pasos que lentos se aproximan a la cita anual. Vienen desde el Mictlán o ‘del Cielo prometido’ en caravanas distintas, agrupados por orden de antigüedad, geográfico o por cómo se portaron en vida. Están dispuestos a una caminata que los llevará al reencuentro feliz con quienes ya les esperan para decirles en silencio lo que quizá no se atrevieron a decir en vida.

Todo está dispuesto para darles la bienvenida, rendirles culto, memoria, devoción, tristeza y, aunque sea sencilla, una mesa dispuesta con los manjares que mejor les placen... Y su mezcal, para el feliz regreso.

Son los muertos más queridos por cada uno de nosotros y quienes ya están a la vista; los muertos; todos los santos; los fieles difuntos que en su fidelidad mantienen la nobleza y el reposo permanente... Ellos allá; nosotros aun acá: El más allá por unos días está más acá.

Y por estos días, en los pueblos silenciosos de donde somos los que somos de pueblo, comenzaban las leyendas de aparecidos, ahora desaparecidos. Y casi siempre la gente grande comenzaba las charlas que esperamos ansiosos los niños de entonces...

Foto: Mauricio Huizar | El Sol de México

--¿Ya les platiqué la historia de la carroza de la muerte? Ah, pues se las cuento, decía la abuela Daría a sus nietos que embelesados escuchábamos alrededor de la mesa y a la luz de la vela de miel.

‘Hace muchos años vivía por esta calle don Manuel, un campesino muy curioso que todas las tardes, a eso de las ocho, salía con su silla a la calle en la puerta de su casa para platicar con la gente que pasaba; algunos se detenían y se sentaban con él para seguir la historia... Y repetían casi a coro que por las noches, por ái de las 12, se escuchaba a una carreta que pasaba por esa misma calle hacia el panteón...

Se sabía que pasaba por el crujido de las maderas de la carreta y sus ruedas de muelle y madera que rechinaban al paso lento. Pero nadie la había visto. Era como una pesadilla nocturna sin saber cómo era aquel carromato que se adivinaba maléfico.

Don Manuel, curioso, quiso verla, y preguntó por aquí y por allá hasta que un viejo en otro pueblo le dijo: ¿Deveras quieres verla? ¿No te da miedo? ¿No temes al más allá?... “No, no, no”, fue la respuesta de don Manuel.

--Bueno, le dijo el anciano aquel, lo que vas a hacer es quitarle las lagañas a un perro negro y ponlas en tus ojos, y espera a la carreta desde tu puerta... ¿Deveras no tienes miedo!

--No.

Y lo hizo. Se puso las lagañas del perro negro y aquella noche esperó hasta que de pronto, a lo lejos en la obscuridad más profunda se escuchó que la carreta se aproximaba lenta, y venía, y venía cada vez más cerca...

A metros de distancia don Manuel pudo ver que aquella carreta era conducida por un hombre con la cabeza gacha, con sombrero que lo cubría y sarape harapiento, calzón de manta y huaraches. La jalaban dos toros negros esqueléticos. Y atrás, en la carreta desvencijada, venía una caja de madera que era iluminada por cuatro cirios encendidos en cada esquina y que iluminaban la noche. Eran fémures con flamas.

Y se acercó cada vez más la carreta. Don Manuel con temblor en manos y piernas seguía firme en querer saber qué era aquello. Y la vio frente a frente. El hombre aquel, sin levantar la cabeza le dijo con una voz cavernosa y casi en eco:

-- “¡Cómo te atreves!”... don Manuel tembloroso contestó: “¡Es que quería verte, quería saber quién eres!”

--¡Y qué importa eso ya? –contestó el hombre de la carreta...

--A lo mejor te conozco y te puedo ayudar en tu penar... dijo don Manuel

--Nada puede ayudarme ya, estoy condenado a vagar todas las noches por la eternidad: Es mi pena...

--¿Y no se puede hacer nada?...

--No... Aunque... quien posea la caja de tesoros que llevo aquí, con ellos hará obras pías (esto de pías era una palabra nueva). ¿La quieres? Te harías muy rico...

--Si quiero –dijo don Manuel con la mirada cargada de ambición...

--Pues entonces bájala, pero prométeme que no la abrirás hasta mañana a esta misma hora.

--Así lo haré...

Y así fue. La noche siguiente, don Manuel se puso las ojeras del perro negro y abrió la caja... En ellas estaban huesos de humano, pero en el momento de abrirla salieron vapores pestilentes que asfixiaron a don Manuel... y murió... La noche posterior el nuevo carretero era don Manuel...

Uhhhh... Y entonces nos mandaban a dormir... ¿dormir? ¿Quién podía dormir?... La noche siguiente la abuela Daría nos contó la historia de “La bruja del pueblo” que hipnotizaba a jóvenes, niños y niñas y se las llevaba montados en su larga escoba... y... pero esa es otra historia. Eran las proximidades de los Días de Muertos-Todos los Santos-Fieles difuntos

Foto: Mauricio Huizar | El Sol de México


Esto de celebrar a los muertos es vieja historia en México: ¿Miedo, respeto, devoción? Lo que sí es que la costumbre data de la prehispania.

Ya los antiguos habitantes de este territorio que hoy es México tenían la idea de que la vida es una especie de semilla que se siembra y que comienza a florecer con la muerte. Al morir, hombres, mujeres, ancianos, niños, iniciaban un largo viaje hacia el Mictlán, que es el inframundo, el lugar de los descarnados, el de los muertos... y en donde estaban distribuidos según fueron en vida; sus virtudes o defectos.

Y al enterrárseles se les depositaban junto al cadáver, joyas, alimentos, agua... y todo lo necesario para el viaje hacia el lugar final. Mientras, se hacían ritos para el buen viaje. Se les despedía con alegría y con la esperanza del reencuentro.

Con la llegada de los españoles aquello se fundió en una sola idea. Sincretismo, se dice. La devoción por los muertos, pero ahora se incluía la idea del cielo y el infierno como destino final, y la resurrección. Y la idea del pecado. Y comenzó la fiesta en términos del catolicismo: las almas que regresan de su sitio infinito y los hombres y mujeres que esperan vivos a sus muertos.

Foto: México destinos

Así que de los prehispánicos de este alto valle metafísico la muerte era el principio de un largo viaje para el que se proveía de bastimentos, porque es prolongación de vida; para los antiguos mexicanos, ya católicos, la fiesta de muertos era el regreso de ese Mictlán ya convertido en cielo-infierno-limbo.

Y ya hoy se sigue la tradición que no se quiere perder. No se va a perder. La fiesta intensa de la vida y la muerte. Y se hacen calaveras de azúcar con cuencas brillantes de colores y adornos luminosos; ya el pan de muerto con sus huesitos también cubiertos de azúcar; o los panes de mi tierra oaxaqueña que son hechos de yema de huevo, cubiertos con ajonjolí y una pequeña calaverita fantasmal al frente, símbolo de lo dulce de la muerte; y las flores de cempaxúchitl amarillas a todo; y las borlas moradas, y los moles al gusto del difunto, y los platillos que tanto le gustaron en vida; y velas, veladoras y emoción íntima al saber que ahí estarán y se alimentarán de lo nuestro: en su homenaje.

Es la fiesta a la que el 7 de noviembre de 2003 la Unesco declaró como “Festividad Indígena de Día de Muertos en México: Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad”.

Foto: Cuartoscuro

Eso es. Porque es una fiesta que toca a todos, aunque con frecuencia en otros lados les resulte incomprensible esa aproximación mexicana con la muerte que “viene luciendo mil llamativos colores”; por hablar de la muerte como de “lo del otro día”; por celebrar a la muerte como si fuera el cumpleaños de este año; por sentirse que la muerte es la prolongación de la vida y que se vive sin vivir aquí.

Si alguna fecha es emblemática como intensa, emotiva y esencial, es la fiesta de Muertos en México.

Aún cuando para efectos turísticos y festivos se intente convertir a esta Ceremonia histórica-ancestral-cultural-íntima en un carnaval yen una tarjeta postal, tal y como ocurre en Oaxaca durante este gobierno estatal.

Pero nada: lo esencial está ahí, en las casas, en los panteones, en los alimentos, en las bebidas, en los altares, en las mesas de recuerdos, en cada una de las flamas de las velas y veladoras, en el incienso, en los silencios y en el nunca olvido. La fiesta de los muertos es fiesta de todos, pero en sentido profundo, de recuerdo y sin olvido: “No me llores no, no me llores no, porque si lloras yo peno, en cambio si tú me cantas yo siempre vivo y nunca muero”.

joelhsantiago@gmail.com

“Yo andaba buscando la muerte,

cuando me tope contigo;

de ahí tengo el corazón,

en dos mitades partido...”

[“La Ixhuateca”, son oaxaqueño]


Ya están aquí... o casi. Ya se escucha el murmullo de sus voces como en coro. Ya se oyen sus pasos que lentos se aproximan a la cita anual. Vienen desde el Mictlán o ‘del Cielo prometido’ en caravanas distintas, agrupados por orden de antigüedad, geográfico o por cómo se portaron en vida. Están dispuestos a una caminata que los llevará al reencuentro feliz con quienes ya les esperan para decirles en silencio lo que quizá no se atrevieron a decir en vida.

Todo está dispuesto para darles la bienvenida, rendirles culto, memoria, devoción, tristeza y, aunque sea sencilla, una mesa dispuesta con los manjares que mejor les placen... Y su mezcal, para el feliz regreso.

Son los muertos más queridos por cada uno de nosotros y quienes ya están a la vista; los muertos; todos los santos; los fieles difuntos que en su fidelidad mantienen la nobleza y el reposo permanente... Ellos allá; nosotros aun acá: El más allá por unos días está más acá.

Y por estos días, en los pueblos silenciosos de donde somos los que somos de pueblo, comenzaban las leyendas de aparecidos, ahora desaparecidos. Y casi siempre la gente grande comenzaba las charlas que esperamos ansiosos los niños de entonces...

Foto: Mauricio Huizar | El Sol de México

--¿Ya les platiqué la historia de la carroza de la muerte? Ah, pues se las cuento, decía la abuela Daría a sus nietos que embelesados escuchábamos alrededor de la mesa y a la luz de la vela de miel.

‘Hace muchos años vivía por esta calle don Manuel, un campesino muy curioso que todas las tardes, a eso de las ocho, salía con su silla a la calle en la puerta de su casa para platicar con la gente que pasaba; algunos se detenían y se sentaban con él para seguir la historia... Y repetían casi a coro que por las noches, por ái de las 12, se escuchaba a una carreta que pasaba por esa misma calle hacia el panteón...

Se sabía que pasaba por el crujido de las maderas de la carreta y sus ruedas de muelle y madera que rechinaban al paso lento. Pero nadie la había visto. Era como una pesadilla nocturna sin saber cómo era aquel carromato que se adivinaba maléfico.

Don Manuel, curioso, quiso verla, y preguntó por aquí y por allá hasta que un viejo en otro pueblo le dijo: ¿Deveras quieres verla? ¿No te da miedo? ¿No temes al más allá?... “No, no, no”, fue la respuesta de don Manuel.

--Bueno, le dijo el anciano aquel, lo que vas a hacer es quitarle las lagañas a un perro negro y ponlas en tus ojos, y espera a la carreta desde tu puerta... ¿Deveras no tienes miedo!

--No.

Y lo hizo. Se puso las lagañas del perro negro y aquella noche esperó hasta que de pronto, a lo lejos en la obscuridad más profunda se escuchó que la carreta se aproximaba lenta, y venía, y venía cada vez más cerca...

A metros de distancia don Manuel pudo ver que aquella carreta era conducida por un hombre con la cabeza gacha, con sombrero que lo cubría y sarape harapiento, calzón de manta y huaraches. La jalaban dos toros negros esqueléticos. Y atrás, en la carreta desvencijada, venía una caja de madera que era iluminada por cuatro cirios encendidos en cada esquina y que iluminaban la noche. Eran fémures con flamas.

Y se acercó cada vez más la carreta. Don Manuel con temblor en manos y piernas seguía firme en querer saber qué era aquello. Y la vio frente a frente. El hombre aquel, sin levantar la cabeza le dijo con una voz cavernosa y casi en eco:

-- “¡Cómo te atreves!”... don Manuel tembloroso contestó: “¡Es que quería verte, quería saber quién eres!”

--¡Y qué importa eso ya? –contestó el hombre de la carreta...

--A lo mejor te conozco y te puedo ayudar en tu penar... dijo don Manuel

--Nada puede ayudarme ya, estoy condenado a vagar todas las noches por la eternidad: Es mi pena...

--¿Y no se puede hacer nada?...

--No... Aunque... quien posea la caja de tesoros que llevo aquí, con ellos hará obras pías (esto de pías era una palabra nueva). ¿La quieres? Te harías muy rico...

--Si quiero –dijo don Manuel con la mirada cargada de ambición...

--Pues entonces bájala, pero prométeme que no la abrirás hasta mañana a esta misma hora.

--Así lo haré...

Y así fue. La noche siguiente, don Manuel se puso las ojeras del perro negro y abrió la caja... En ellas estaban huesos de humano, pero en el momento de abrirla salieron vapores pestilentes que asfixiaron a don Manuel... y murió... La noche posterior el nuevo carretero era don Manuel...

Uhhhh... Y entonces nos mandaban a dormir... ¿dormir? ¿Quién podía dormir?... La noche siguiente la abuela Daría nos contó la historia de “La bruja del pueblo” que hipnotizaba a jóvenes, niños y niñas y se las llevaba montados en su larga escoba... y... pero esa es otra historia. Eran las proximidades de los Días de Muertos-Todos los Santos-Fieles difuntos

Foto: Mauricio Huizar | El Sol de México


Esto de celebrar a los muertos es vieja historia en México: ¿Miedo, respeto, devoción? Lo que sí es que la costumbre data de la prehispania.

Ya los antiguos habitantes de este territorio que hoy es México tenían la idea de que la vida es una especie de semilla que se siembra y que comienza a florecer con la muerte. Al morir, hombres, mujeres, ancianos, niños, iniciaban un largo viaje hacia el Mictlán, que es el inframundo, el lugar de los descarnados, el de los muertos... y en donde estaban distribuidos según fueron en vida; sus virtudes o defectos.

Y al enterrárseles se les depositaban junto al cadáver, joyas, alimentos, agua... y todo lo necesario para el viaje hacia el lugar final. Mientras, se hacían ritos para el buen viaje. Se les despedía con alegría y con la esperanza del reencuentro.

Con la llegada de los españoles aquello se fundió en una sola idea. Sincretismo, se dice. La devoción por los muertos, pero ahora se incluía la idea del cielo y el infierno como destino final, y la resurrección. Y la idea del pecado. Y comenzó la fiesta en términos del catolicismo: las almas que regresan de su sitio infinito y los hombres y mujeres que esperan vivos a sus muertos.

Foto: México destinos

Así que de los prehispánicos de este alto valle metafísico la muerte era el principio de un largo viaje para el que se proveía de bastimentos, porque es prolongación de vida; para los antiguos mexicanos, ya católicos, la fiesta de muertos era el regreso de ese Mictlán ya convertido en cielo-infierno-limbo.

Y ya hoy se sigue la tradición que no se quiere perder. No se va a perder. La fiesta intensa de la vida y la muerte. Y se hacen calaveras de azúcar con cuencas brillantes de colores y adornos luminosos; ya el pan de muerto con sus huesitos también cubiertos de azúcar; o los panes de mi tierra oaxaqueña que son hechos de yema de huevo, cubiertos con ajonjolí y una pequeña calaverita fantasmal al frente, símbolo de lo dulce de la muerte; y las flores de cempaxúchitl amarillas a todo; y las borlas moradas, y los moles al gusto del difunto, y los platillos que tanto le gustaron en vida; y velas, veladoras y emoción íntima al saber que ahí estarán y se alimentarán de lo nuestro: en su homenaje.

Es la fiesta a la que el 7 de noviembre de 2003 la Unesco declaró como “Festividad Indígena de Día de Muertos en México: Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad”.

Foto: Cuartoscuro

Eso es. Porque es una fiesta que toca a todos, aunque con frecuencia en otros lados les resulte incomprensible esa aproximación mexicana con la muerte que “viene luciendo mil llamativos colores”; por hablar de la muerte como de “lo del otro día”; por celebrar a la muerte como si fuera el cumpleaños de este año; por sentirse que la muerte es la prolongación de la vida y que se vive sin vivir aquí.

Si alguna fecha es emblemática como intensa, emotiva y esencial, es la fiesta de Muertos en México.

Aún cuando para efectos turísticos y festivos se intente convertir a esta Ceremonia histórica-ancestral-cultural-íntima en un carnaval yen una tarjeta postal, tal y como ocurre en Oaxaca durante este gobierno estatal.

Pero nada: lo esencial está ahí, en las casas, en los panteones, en los alimentos, en las bebidas, en los altares, en las mesas de recuerdos, en cada una de las flamas de las velas y veladoras, en el incienso, en los silencios y en el nunca olvido. La fiesta de los muertos es fiesta de todos, pero en sentido profundo, de recuerdo y sin olvido: “No me llores no, no me llores no, porque si lloras yo peno, en cambio si tú me cantas yo siempre vivo y nunca muero”.

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