/ miércoles 11 de noviembre de 2015

Eduardo Matos, de arqueólogo a poeta

Este 2015, el arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma ha pasado buena parte del tiempo escribiendo discursos para agradecer preseas. Hurga en su memoria y contabiliza: serán alrededor de seis. Una de ellas es el Pectoral de Juego de Pelota que le otorgó el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) por 55 años de labor.

Han pasado ya 10 décadas y media desde aquel 1 de junio de 1960 cuando el joven Eduardo Matos, aún estudiante de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), comenzó a trabajar en el INAH. Durante este tiempo se ha convertido en uno de los pilares de la arqueología mexicana.

Él no se considera el mejor, solo el más conocido. Lo cierto es que antes de saldar su deuda con la muerte así lo dice ha dejado por herencia uno de los proyectos más importantes del siglo XX que ha permitido desvelar el centro del universo de una de las sociedades con más poder del mundo prehispánico: la mexica.

Matos habla con voz pausada y perfecta dicción, ni rastro queda de aquel niño tartamudo que pudo superar el trastorno cuando de joven comenzó a dar clases de arqueología. Su pensamiento es claro. Teje cada palabra pronunciada en frases comprensibles y estudiadas. Es diplomático.

De adolescente quería ser sacerdote debido al vínculo con los lasallistas de sus primeros colegios. Ahora, a los 74 años (diciembre de 1940) no cree en ninguna deidad, ni en la vida después de la muerte. Hay que saber vivir la muerte, dice.

En el Museo Nacional de Antropología ―donde fue director de 1986 a 1987― sentado frente a una gran vidriera por donde se distingue a lo lejos el continuo transitar de los carros sobre Reforma, Eduardo Matos habla de sus rompimientos interiores: con la religión, con el poder, con la familia, con las cosas materiales. Ha reaccionado ante esos rompimientos como un nihilista activo: destruye con la fuerza de la voluntad del espíritu las situaciones que lo hunden en el vacío para crear nuevos valores y reinventarse.

Así desterró en su adolescencia la vocación de cura y tomó la de arqueólogo. La profesión lo conquistó en un libro: Dioses, tumbas y sabios, de C.W. Ceram.

El éxito, la fama y el poder persiguen a Eduardo Matos pero su interior siempre ha debatido con ellos. Rilke decía que la fama es la suma de los malentendidos que se reúnen alrededor de un hombre, ¿qué ha hecho Matos con ella?

“La fama es una dama veleidosa que cuando la buscas por lo general se niega pero si la dama veleidosa se te presenta y tú empiezas con aires de grandeza estás perdido: eres un cretino. Sí, soy muy conocido. A veces los periodistas me confunden, me dicen: ‘Es usted el mejor arqueólogo de México’. ¡No!, hay mejores excavando, están los mayistas y su área la conocen mil veces mejor que yo”.

Confiesa rotundo: “A mí lo que me gusta es investigar y escribir”. De la escritura, lo suyo no es precisamente hacer poemas dice sino pensamientos:

Y cuando estés tú conmigo / cuando yo ya me haya muerto, / entonces serás muy rica, / habrás heredado el viento, / las tardes, las amapolas, / la lluvia, el aire, el trueno, / los relámpagos azules, / también la luna de queso. (Fragmento del poema “Mi testamento”, escrito a su hija Daniela, publicado en Los rompimientos del Centauro. Conversaciones con Eduardo Matos Moctezuma, libro de David Carrasco y Leonardo López Luján, Porrúa, 2007).

El arqueólogo Eduardo Matos nos ha salido poeta. Tal como se expresara de Rainer Maria Rilke (1875-1926) el sabio y bondadoso Horacek, capellán de la Academia Militar en la que estudió el escritor checoslovaco, cuando sorprendió a Franz Xaver Kappus leyendo poemas.

Rilke le dirigió a Kappus 10 misivas que hoy integran uno de sus principales libros: Cartas a un joven poeta. Con esa lectura Matos definió su vida interior, según confiesa el propio arqueólogo. Nuevamente la lectura. La obra fue puesta en manos de Matos por una hermosa chica de tipo egipcio con quien estudió en la ENAH. Aunque su seriedad lo disimule, ha tenido suerte con las mujeres. También ha escrito versos de amor… eróticos… y… claro: “Todos tienen destinatarias”, recalca.

De la investigación, tiró al poder por la borda para entregarle la vida a ésta: en el año 2000 rechazó ser director general del INAH, en cambio fue nombrado Profesor Emérito; ya antes, a los 36 años de edad había sido designado presidente del Consejo de Arqueología (1977) en sustitución de Ignacio Bernal. Luego de seis meses Matos declinó: había alcanzado el cargo más alto después de haber sido director de la ENAH (1971-1973) y director de Monumentos Prehispánicos (1975-1977) pero sentía un vacío muy fuerte. Estaba disgustado consigo mismo.

“Mi vida burocrática había estado desarrollándose muy bien. Muy bien dentro de lo negativo”, confesó Matos a David Carrasco en Los Rompimientos del Centauro… Decide entonces romper con ese poder y dedicarse a la investigación. En seguida llegó uno de los aspectos más importantes de su vida: Templo Mayor.

El Proyecto Templo Mayor es el punto medio que Matos buscaba entre la fama pública y la introspección de quien trabaja con el pensamiento: su centro, dice él. La tarea a la que ha dedicado el mayor tiempo de su vida. El lugar donde plasmó su creatividad académica y donde tuvo todo el apoyo para realizar el trabajo arqueológico tal como él piensa que debe ser un proyecto de investigación: interdisciplinario. “Para realizarlo conjunté a un grupo de especialistas de diferentes ramas. Solicité la participación de los laboratorios donde hay biólogos, químicos, de restauradores y de antropólogos físicos que atendieran todo ese mundo de cosas que iban saliendo; actualmente no se concibe la arqueología si no es con el apoyo de una serie de disciplinas”.

Matos recuerda que son ya casi 40 años de trabajo ininterrumpido. Cuatro décadas en las que se han formado investigadores que están aportando conocimientos importantes a la arqueología: “Es un semillero de profesionales con publicaciones, con premios nacionales e internacionales que no acaba porque los colaboradores con quienes inicié han ido incorporando a las nuevas generaciones”.

Eduardo Matos considera que las dos categorías fundamentales de la arqueología son el tiempo y el espacio: “Un arqueólogo tiene la capacidad de dar vida a lo muerto porque atraviesa esos dos umbrales para crear historia”.

A la hora de excavar hay que ser científico, dice, pero también está convencido de que el trabajo arqueológico guarda relación con el pensamiento y difícilmente se podría investigar sin una posición filosófica, porque cuando se trabajan sociedades ya desaparecidas es muy importante contar con un bagaje que permita entender cómo fueron desarrollándose. Él se ha definido en la corriente materialista.

Eduardo Matos vive en dos sentidos paralelos: va todo el tiempo en busca del conocimiento y de manera permanente añora y persigue la libertad existencial del artista.

Este 2015, el arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma ha pasado buena parte del tiempo escribiendo discursos para agradecer preseas. Hurga en su memoria y contabiliza: serán alrededor de seis. Una de ellas es el Pectoral de Juego de Pelota que le otorgó el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) por 55 años de labor.

Han pasado ya 10 décadas y media desde aquel 1 de junio de 1960 cuando el joven Eduardo Matos, aún estudiante de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), comenzó a trabajar en el INAH. Durante este tiempo se ha convertido en uno de los pilares de la arqueología mexicana.

Él no se considera el mejor, solo el más conocido. Lo cierto es que antes de saldar su deuda con la muerte así lo dice ha dejado por herencia uno de los proyectos más importantes del siglo XX que ha permitido desvelar el centro del universo de una de las sociedades con más poder del mundo prehispánico: la mexica.

Matos habla con voz pausada y perfecta dicción, ni rastro queda de aquel niño tartamudo que pudo superar el trastorno cuando de joven comenzó a dar clases de arqueología. Su pensamiento es claro. Teje cada palabra pronunciada en frases comprensibles y estudiadas. Es diplomático.

De adolescente quería ser sacerdote debido al vínculo con los lasallistas de sus primeros colegios. Ahora, a los 74 años (diciembre de 1940) no cree en ninguna deidad, ni en la vida después de la muerte. Hay que saber vivir la muerte, dice.

En el Museo Nacional de Antropología ―donde fue director de 1986 a 1987― sentado frente a una gran vidriera por donde se distingue a lo lejos el continuo transitar de los carros sobre Reforma, Eduardo Matos habla de sus rompimientos interiores: con la religión, con el poder, con la familia, con las cosas materiales. Ha reaccionado ante esos rompimientos como un nihilista activo: destruye con la fuerza de la voluntad del espíritu las situaciones que lo hunden en el vacío para crear nuevos valores y reinventarse.

Así desterró en su adolescencia la vocación de cura y tomó la de arqueólogo. La profesión lo conquistó en un libro: Dioses, tumbas y sabios, de C.W. Ceram.

El éxito, la fama y el poder persiguen a Eduardo Matos pero su interior siempre ha debatido con ellos. Rilke decía que la fama es la suma de los malentendidos que se reúnen alrededor de un hombre, ¿qué ha hecho Matos con ella?

“La fama es una dama veleidosa que cuando la buscas por lo general se niega pero si la dama veleidosa se te presenta y tú empiezas con aires de grandeza estás perdido: eres un cretino. Sí, soy muy conocido. A veces los periodistas me confunden, me dicen: ‘Es usted el mejor arqueólogo de México’. ¡No!, hay mejores excavando, están los mayistas y su área la conocen mil veces mejor que yo”.

Confiesa rotundo: “A mí lo que me gusta es investigar y escribir”. De la escritura, lo suyo no es precisamente hacer poemas dice sino pensamientos:

Y cuando estés tú conmigo / cuando yo ya me haya muerto, / entonces serás muy rica, / habrás heredado el viento, / las tardes, las amapolas, / la lluvia, el aire, el trueno, / los relámpagos azules, / también la luna de queso. (Fragmento del poema “Mi testamento”, escrito a su hija Daniela, publicado en Los rompimientos del Centauro. Conversaciones con Eduardo Matos Moctezuma, libro de David Carrasco y Leonardo López Luján, Porrúa, 2007).

El arqueólogo Eduardo Matos nos ha salido poeta. Tal como se expresara de Rainer Maria Rilke (1875-1926) el sabio y bondadoso Horacek, capellán de la Academia Militar en la que estudió el escritor checoslovaco, cuando sorprendió a Franz Xaver Kappus leyendo poemas.

Rilke le dirigió a Kappus 10 misivas que hoy integran uno de sus principales libros: Cartas a un joven poeta. Con esa lectura Matos definió su vida interior, según confiesa el propio arqueólogo. Nuevamente la lectura. La obra fue puesta en manos de Matos por una hermosa chica de tipo egipcio con quien estudió en la ENAH. Aunque su seriedad lo disimule, ha tenido suerte con las mujeres. También ha escrito versos de amor… eróticos… y… claro: “Todos tienen destinatarias”, recalca.

De la investigación, tiró al poder por la borda para entregarle la vida a ésta: en el año 2000 rechazó ser director general del INAH, en cambio fue nombrado Profesor Emérito; ya antes, a los 36 años de edad había sido designado presidente del Consejo de Arqueología (1977) en sustitución de Ignacio Bernal. Luego de seis meses Matos declinó: había alcanzado el cargo más alto después de haber sido director de la ENAH (1971-1973) y director de Monumentos Prehispánicos (1975-1977) pero sentía un vacío muy fuerte. Estaba disgustado consigo mismo.

“Mi vida burocrática había estado desarrollándose muy bien. Muy bien dentro de lo negativo”, confesó Matos a David Carrasco en Los Rompimientos del Centauro… Decide entonces romper con ese poder y dedicarse a la investigación. En seguida llegó uno de los aspectos más importantes de su vida: Templo Mayor.

El Proyecto Templo Mayor es el punto medio que Matos buscaba entre la fama pública y la introspección de quien trabaja con el pensamiento: su centro, dice él. La tarea a la que ha dedicado el mayor tiempo de su vida. El lugar donde plasmó su creatividad académica y donde tuvo todo el apoyo para realizar el trabajo arqueológico tal como él piensa que debe ser un proyecto de investigación: interdisciplinario. “Para realizarlo conjunté a un grupo de especialistas de diferentes ramas. Solicité la participación de los laboratorios donde hay biólogos, químicos, de restauradores y de antropólogos físicos que atendieran todo ese mundo de cosas que iban saliendo; actualmente no se concibe la arqueología si no es con el apoyo de una serie de disciplinas”.

Matos recuerda que son ya casi 40 años de trabajo ininterrumpido. Cuatro décadas en las que se han formado investigadores que están aportando conocimientos importantes a la arqueología: “Es un semillero de profesionales con publicaciones, con premios nacionales e internacionales que no acaba porque los colaboradores con quienes inicié han ido incorporando a las nuevas generaciones”.

Eduardo Matos considera que las dos categorías fundamentales de la arqueología son el tiempo y el espacio: “Un arqueólogo tiene la capacidad de dar vida a lo muerto porque atraviesa esos dos umbrales para crear historia”.

A la hora de excavar hay que ser científico, dice, pero también está convencido de que el trabajo arqueológico guarda relación con el pensamiento y difícilmente se podría investigar sin una posición filosófica, porque cuando se trabajan sociedades ya desaparecidas es muy importante contar con un bagaje que permita entender cómo fueron desarrollándose. Él se ha definido en la corriente materialista.

Eduardo Matos vive en dos sentidos paralelos: va todo el tiempo en busca del conocimiento y de manera permanente añora y persigue la libertad existencial del artista.

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