/ viernes 22 de septiembre de 2023

El Centro Histórico a través de sus cafés

En el corazón de la CDMX, sin buscar tanto, encuentras lugares donde el pasado vive en el presente

Tenemos un problema con el tiempo. Usando tres palabras—pasado, presente y futuro—siempre lo dividimos. Creamos conceptos enemigos; no los dejamos interactuar. El ayer no puede ser hoy; el hoy no puede ser mañana. Salvo en los escasos momentos donde se encuentran—cuando el instante se va al olvido; cuando el futuro se hace inminente—, pensamos en un tiempo fracturado. ¡Qué juegos nos pone la razón! Queriendo categorizar al tiempo, lo va rompiendo.

No quiero decir que nuestras palabras sean sinsentido. Para la gran mayoría de casos—acercándose a la infinidad—es propio pensar en las divisiones del tiempo. Pero de vez en cuando, en momentos escasos, encontramos espacios, lugares, donde el idioma que hemos creado no logra evocar la realidad. Y, a los que de ello duden, los invito a dar por el centro de la Ciudad de México un breve recorrido. No hay que andarlo todo—ni siquiera ir a sus lugares más icónicos. Basta con un puñado de cafeterías para demostrar que estos tres concetos—pasado, presente y futuro—son hermanos y, solo por nuestra necesidad, enemigos.

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Así lo sentí, de inmediato, al entrar al café de Tacuba—primero de mi escaso recorrido—. Rompía, quizá, la más evidente de las barreras: la del pasado con el presente momento. Todo alrededor mío decía, entre el bullicio de la gente: «este lugar es antiguo». Algunas cosas lo hacían sutilmente: las tazas decoradas en que sirven chocolate; la Talavera en sus paredes que relaciono con la historia de México. Otras tantas, hacían lo mismo con menos tacto; el año de su fundación—«1912»—, va tatuado en sillas, paredes y menús. Ese año es, por mucho, lo más bizarro y la clave para la primera ruptura de nuestro paradigma. Siendo del siglo pasado se presenta como del virreinato; aún en los ayeres, hay matices que vamos rompiendo. Vean nada más las imágenes de monja y nobleza que cubren sus principios o los motivos religiosos que decoran el lugar entero. Tacuba creó en sus adentros un viaje por el tiempo, aún antes de haberse hecho café. Algo tiene de sentido. Antes de ser café, era un hospital psiquiátrico operado por las mismas monjas que dibuja en sus paredes; antes de eso, por la calle aledaña, salió Cortés corriendo tras la matanza del Templo Mayor. Aún si desconocemos esos detalles, se siente tanto del ayer en el recinto.

Pero es aún mayor lo que sentimos. Es la magia de Tacuba: un pacto con el tiempo. Aún si fuera del siglo pasado, es falso pensarlo tan antiguo. Las cosas viejas no duran tanto. Si sus platos fueran de 1912, ya se hubieran roto; a sus sillas, hoyos les habrían salido. El presente está en todas partes, aún en réplicas del pasado. Lo prístino, que solo puede llegar con la novedad de la restauración, me lleva al sentimiento de lo antiguo. A todos nos lleva. Vestidos de jeans y camisas en lugar de togas y sotanas. Todos los presentes somos parte del ayer.

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Si seguimos deambulando, alejándonos un poco, encontraremos otros fuertes desafíos a las barreras del tiempo. Café la Habana, ya más lejos del Zócalo—al cual pronto regresaremos—es otro gran ejemplo. Hace ya medio siglo que tras sus puertas se detuvo el tiempo. Sus techos se abren como abanicos, desenvolviéndose sobre viejas mesas de madera. En las paredes, extintores de bronce que decoran junto a cafeteras doradas; sobre uno de sus lados, una mano metálica sujetando un habano como los que hace tiempo en sus paredes se fumaban. Ya no quedan los humos de entonces, pero es como si estuvieran.

Foto: José Luis Sabau Fernández | El Sol de México

Su poder, si en palabras lo he de resumir, no es crear de nuevo el pasado; es el mantenerlo vivo. Aquí pesa tanto lo que ha sido que lo que es; el ayer junto al hoy. Aun cuando llegué, que estaba casi vacío, estaba repleto de recuerdos compartidos. Me preceden por mucho, pero sé bien su historia. En una mesa junto a la mía estaba un joven poeta escribiendo sobre un laberinto; frente suyo, un novelista colombiano al que el mesero decía «Gabito». Por allá se sienta un argentino a hablar con un barbón Fidel y planear una revolución. Todos sus recuerdos—sus pasos momentáneos por México—siguen vivos mientras el café visito.

Y luego viene La Blanca, que, si no vas en su búsqueda, bien podrías perderlo. Es un lugar donde por voluntad dejó de renovarse y ajustarse a los tiempos. Al entrar se siente genuino…otra forma de traer el pasado al momento mismo—. No es un intento de recrear o una historia abundante. Es el mero hecho de existir y perpetuarse como siempre ha sido. Sin mucho afán de historia más que sus fotos y algún comentario. Sus barras perpendiculares al fondo me recuerdan las imágenes que vi hace tantos años de un México den obreros. Un café rápido, un bolillo y a correr. Supongo que la tradición sigue; aún me trajeron los mismos panes del ayer. Y pensar que todo esto una vez fue nuevo. Que existió, hace tiempo, una generación con ojos capaces de ver ingenio en este café hoy tan clásico. Uno que te transporta, también; que te hace notar los pequeños lugares, testarudos, abnegados al tiempo. El pasado resiste, aunque no queramos verlo.

Foto: José Luis Sabau Fernández | El Sol de México


Se me acaba el día; se me acaban los momentos. Solo he hablado del pasado y dejo en el olvido otra fractura de tiempo. Estoy en busca del futuro y, para mi fortuna, al final lo encuentro. Es un edificio de antaño mejor conocido por la librería Porrúa de su primer piso. Pero no importa lo que abajo se encuentra; hay que subir, como el tiempo ha de pasar, aunque lo evitemos. Es un café en su techo, a varios pisos sobre el suelo. Lo llaman «El Mayor» y en años recientes quedó renovado por completo. Madera bien pulida conforma sus suelos; las mesas y sillas dan aires modernos. Ni siquiera se siente del ahora. Es parte de un andar hacia lo que sigue. Es la característica de lo moderno. Un presente que se proyecta a futuro. Un café con aires de nuevo.

Y, a pesar de ello, lo que más importa tampoco es lo de adentro. Es lo que yace más lejos; la vista por la que por tantos escalones subimos. Frente mío, al sentarme, está el México que era antes de que México fuera siquiera. Las ruinas del Templo Mayor a las cuales ahora contemplo. Pensar que aquí, frente mío, por siglos los mexicas escogían a su líder. Pensar que a un lado de donde ahora tomo un café se destrozó un imperio. Y pensar. Y pensar. Y pensar. Que aún la modernidad mira al pasado. Que aun las alturas me hacen mirar para abajo a donde hoy vive el templo. El ayer inspira al mañana; el mañana habla con el hoy.

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No se puede hablar de «tiempos» cuando hay lugares donde sus partes hablan al unísono. No podemos creer que está dividido todo cuando el centro los reúne. El pasado puede vivir en el presente; el futuro puede dar vistas al pasado. Aunque sea por un instante—aunque dure solo lo que un café—, la Ciudad de México rompe nuestras ideas tan rígidas. Y al que no lo crea, que espero sean muchos, espero den los mismos pasos y se sientan, al sorber de sus tazas, partes de un tiempo hermandado en lugar de un tiempo enemigo. Quizá ahí me vean, si no en persona, en recuerdo o en el futuro que iré. Pero les prometo que, así como todos los tiempos, para el que lo sepa buscar, ahí estaré.

Tenemos un problema con el tiempo. Usando tres palabras—pasado, presente y futuro—siempre lo dividimos. Creamos conceptos enemigos; no los dejamos interactuar. El ayer no puede ser hoy; el hoy no puede ser mañana. Salvo en los escasos momentos donde se encuentran—cuando el instante se va al olvido; cuando el futuro se hace inminente—, pensamos en un tiempo fracturado. ¡Qué juegos nos pone la razón! Queriendo categorizar al tiempo, lo va rompiendo.

No quiero decir que nuestras palabras sean sinsentido. Para la gran mayoría de casos—acercándose a la infinidad—es propio pensar en las divisiones del tiempo. Pero de vez en cuando, en momentos escasos, encontramos espacios, lugares, donde el idioma que hemos creado no logra evocar la realidad. Y, a los que de ello duden, los invito a dar por el centro de la Ciudad de México un breve recorrido. No hay que andarlo todo—ni siquiera ir a sus lugares más icónicos. Basta con un puñado de cafeterías para demostrar que estos tres concetos—pasado, presente y futuro—son hermanos y, solo por nuestra necesidad, enemigos.

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Así lo sentí, de inmediato, al entrar al café de Tacuba—primero de mi escaso recorrido—. Rompía, quizá, la más evidente de las barreras: la del pasado con el presente momento. Todo alrededor mío decía, entre el bullicio de la gente: «este lugar es antiguo». Algunas cosas lo hacían sutilmente: las tazas decoradas en que sirven chocolate; la Talavera en sus paredes que relaciono con la historia de México. Otras tantas, hacían lo mismo con menos tacto; el año de su fundación—«1912»—, va tatuado en sillas, paredes y menús. Ese año es, por mucho, lo más bizarro y la clave para la primera ruptura de nuestro paradigma. Siendo del siglo pasado se presenta como del virreinato; aún en los ayeres, hay matices que vamos rompiendo. Vean nada más las imágenes de monja y nobleza que cubren sus principios o los motivos religiosos que decoran el lugar entero. Tacuba creó en sus adentros un viaje por el tiempo, aún antes de haberse hecho café. Algo tiene de sentido. Antes de ser café, era un hospital psiquiátrico operado por las mismas monjas que dibuja en sus paredes; antes de eso, por la calle aledaña, salió Cortés corriendo tras la matanza del Templo Mayor. Aún si desconocemos esos detalles, se siente tanto del ayer en el recinto.

Pero es aún mayor lo que sentimos. Es la magia de Tacuba: un pacto con el tiempo. Aún si fuera del siglo pasado, es falso pensarlo tan antiguo. Las cosas viejas no duran tanto. Si sus platos fueran de 1912, ya se hubieran roto; a sus sillas, hoyos les habrían salido. El presente está en todas partes, aún en réplicas del pasado. Lo prístino, que solo puede llegar con la novedad de la restauración, me lleva al sentimiento de lo antiguo. A todos nos lleva. Vestidos de jeans y camisas en lugar de togas y sotanas. Todos los presentes somos parte del ayer.

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Si seguimos deambulando, alejándonos un poco, encontraremos otros fuertes desafíos a las barreras del tiempo. Café la Habana, ya más lejos del Zócalo—al cual pronto regresaremos—es otro gran ejemplo. Hace ya medio siglo que tras sus puertas se detuvo el tiempo. Sus techos se abren como abanicos, desenvolviéndose sobre viejas mesas de madera. En las paredes, extintores de bronce que decoran junto a cafeteras doradas; sobre uno de sus lados, una mano metálica sujetando un habano como los que hace tiempo en sus paredes se fumaban. Ya no quedan los humos de entonces, pero es como si estuvieran.

Foto: José Luis Sabau Fernández | El Sol de México

Su poder, si en palabras lo he de resumir, no es crear de nuevo el pasado; es el mantenerlo vivo. Aquí pesa tanto lo que ha sido que lo que es; el ayer junto al hoy. Aun cuando llegué, que estaba casi vacío, estaba repleto de recuerdos compartidos. Me preceden por mucho, pero sé bien su historia. En una mesa junto a la mía estaba un joven poeta escribiendo sobre un laberinto; frente suyo, un novelista colombiano al que el mesero decía «Gabito». Por allá se sienta un argentino a hablar con un barbón Fidel y planear una revolución. Todos sus recuerdos—sus pasos momentáneos por México—siguen vivos mientras el café visito.

Y luego viene La Blanca, que, si no vas en su búsqueda, bien podrías perderlo. Es un lugar donde por voluntad dejó de renovarse y ajustarse a los tiempos. Al entrar se siente genuino…otra forma de traer el pasado al momento mismo—. No es un intento de recrear o una historia abundante. Es el mero hecho de existir y perpetuarse como siempre ha sido. Sin mucho afán de historia más que sus fotos y algún comentario. Sus barras perpendiculares al fondo me recuerdan las imágenes que vi hace tantos años de un México den obreros. Un café rápido, un bolillo y a correr. Supongo que la tradición sigue; aún me trajeron los mismos panes del ayer. Y pensar que todo esto una vez fue nuevo. Que existió, hace tiempo, una generación con ojos capaces de ver ingenio en este café hoy tan clásico. Uno que te transporta, también; que te hace notar los pequeños lugares, testarudos, abnegados al tiempo. El pasado resiste, aunque no queramos verlo.

Foto: José Luis Sabau Fernández | El Sol de México


Se me acaba el día; se me acaban los momentos. Solo he hablado del pasado y dejo en el olvido otra fractura de tiempo. Estoy en busca del futuro y, para mi fortuna, al final lo encuentro. Es un edificio de antaño mejor conocido por la librería Porrúa de su primer piso. Pero no importa lo que abajo se encuentra; hay que subir, como el tiempo ha de pasar, aunque lo evitemos. Es un café en su techo, a varios pisos sobre el suelo. Lo llaman «El Mayor» y en años recientes quedó renovado por completo. Madera bien pulida conforma sus suelos; las mesas y sillas dan aires modernos. Ni siquiera se siente del ahora. Es parte de un andar hacia lo que sigue. Es la característica de lo moderno. Un presente que se proyecta a futuro. Un café con aires de nuevo.

Y, a pesar de ello, lo que más importa tampoco es lo de adentro. Es lo que yace más lejos; la vista por la que por tantos escalones subimos. Frente mío, al sentarme, está el México que era antes de que México fuera siquiera. Las ruinas del Templo Mayor a las cuales ahora contemplo. Pensar que aquí, frente mío, por siglos los mexicas escogían a su líder. Pensar que a un lado de donde ahora tomo un café se destrozó un imperio. Y pensar. Y pensar. Y pensar. Que aún la modernidad mira al pasado. Que aun las alturas me hacen mirar para abajo a donde hoy vive el templo. El ayer inspira al mañana; el mañana habla con el hoy.

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No se puede hablar de «tiempos» cuando hay lugares donde sus partes hablan al unísono. No podemos creer que está dividido todo cuando el centro los reúne. El pasado puede vivir en el presente; el futuro puede dar vistas al pasado. Aunque sea por un instante—aunque dure solo lo que un café—, la Ciudad de México rompe nuestras ideas tan rígidas. Y al que no lo crea, que espero sean muchos, espero den los mismos pasos y se sientan, al sorber de sus tazas, partes de un tiempo hermandado en lugar de un tiempo enemigo. Quizá ahí me vean, si no en persona, en recuerdo o en el futuro que iré. Pero les prometo que, así como todos los tiempos, para el que lo sepa buscar, ahí estaré.

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