/ miércoles 7 de septiembre de 2016

El viaje a la luna de Julio Verne, pilar de la ciencia ficción

Gabriel Sánchez / Educal

Julio Verne, debido a los tintes científicos aportados a sus Viajes Extraordinarios, ha sido considerado uno de los pilares de la ciencia ficción. Aunque realmente, si hay que encasillarlo en algún género, es más adecuado etiquetarlo como literatura científica, pues la ingeniosa voz de Verne invita al lector a teorizar con los personajes.

En 1863, junto a su editor Pierre-Jules Hetzel, Jules Verne se embarcó en un viaje de suposiciones lógicas a partir del florecimiento industrial y científico, promovido bajo Napoleón III. Este viaje literario sería bautizado atinadamente como Viajes Extraordinarios, que comprendería una serie de entregas con sus obras más representativas como Viaje al centro de la tierra, 5 semanas en globo -la primera novela publicada en 1863-, o el fascinante Veinte mil leguas de viaje submarino.

De la tierra a la Luna pertenece a esta cautivadora serie de entregas, entre las que destacan también su continuación Alrededor de la Luna y El secreto de Maston, última obra que involucra los personajes del entrañable Gun Club.

En De la tierra a la Luna, el enmohecido por el ocio Gun Club, una organización de artilleros heridos en batalla y en accidentes balísticos, además de amantes del cañonazo, se ve a sí misma hundida en la ausencia de actividades bélicas: la guerra de Secesión ha terminado, los cañones y portentos de artillería no son necesitados más. La beligerante organización es, pues, convocada en una gran reunión por su presidente, Impey Barbicane. Éste propone como solución para el tedio de los artilleros el diseño de un cañón gigantesco, cuyo objetivo es cañonear nada menos que el único satélite natural terrestre: la Luna.

La belicosidad exacerbada de los mutilados y a veces tuertos miembros del norteamericano Gun Club es satirizada en cada ocasión posible. La implicación burlona que supone que la primera idea que se les ocurre de los estadounidenses para establecer relaciones con la luna es la de darle un certero cañonazo, por la pura dicha de presumir logros de balística y cometer un hecho histórico, digno de su tiempo –idea central del proyecto hasta bien entrado el libro-, representa una sutil bofetada hacia cómo los norteamericanos llevaban su política exterior en el siglo XIX.

Asimismo, el manco secretario del Gun Club, J. T. Maston, no pierde oportunidad en hacer un casus belli de cada situación y no pone reparos para intentar declararle la guerra a Francia, México o Inglaterra y siempre tiene que ser calmado por el presidente Barbicane.

El tono burlón que emplea Verne al referirse a los norteamericanos tampoco carece de cierta admiración por la obstinación de los habitantes de Estados Unidos. Es justamente esa admiración lo que hace que la audacia del francés Michel Ardan cambie el sentido del objetivo del cañón: de ser una mera granada, Ardan pide vía telegrama que le dejen partir en el proyectil para explorar la luna. Este giro en la historia es lo que llevará al presidente del club, al francés Michel y a otro tripulante, a orbitar la luna y finalizar la novela, horadando el comienzo para la continuación de la historia en “Alrededor de la Luna”.

La precisión numérica y los cálculos para teorizar el lanzamiento de una granada a la luna ocupan gran parte del comienzo de la historia: el presidente y secretarios esbozan sus operaciones balísticas entre bocadillos y tazas de té en los primeros capítulos, pero esto dista de espesar la lectura. La increíble imaginación de Verne, además de la insaciable curiosidad que lo marcó en vida, hizo de esta novela científica un texto que en su época sonaba tan inasequible como utópico.

Julio Verne consiguió crear un nuevo estilo de literatura. Una que atraía a chicos y grandes, que extendía los límites de lo posible con suposiciones basadas en operaciones matemáticas y cálculos tangibles. Cien años después de la publicación de De la tierra a la luna, los mismos belicosos estadounidenses sorprendieron al mundo al iniciar su misión espacial para el alunizaje; y siglo y medio después seguimos celebrando esta novela, ejemplo fresco de la imaginación y genio de unos los autores más leídos y traducidos de todos los tiempos.

Sólo nos resta seguir revisando sus obras y preguntarnos qué otros prodigios y logros, de antaño imposibles, descritos en sus obras, será capaz la humanidad de hacer posibles en la vida real.

Gabriel Sánchez / Educal

Julio Verne, debido a los tintes científicos aportados a sus Viajes Extraordinarios, ha sido considerado uno de los pilares de la ciencia ficción. Aunque realmente, si hay que encasillarlo en algún género, es más adecuado etiquetarlo como literatura científica, pues la ingeniosa voz de Verne invita al lector a teorizar con los personajes.

En 1863, junto a su editor Pierre-Jules Hetzel, Jules Verne se embarcó en un viaje de suposiciones lógicas a partir del florecimiento industrial y científico, promovido bajo Napoleón III. Este viaje literario sería bautizado atinadamente como Viajes Extraordinarios, que comprendería una serie de entregas con sus obras más representativas como Viaje al centro de la tierra, 5 semanas en globo -la primera novela publicada en 1863-, o el fascinante Veinte mil leguas de viaje submarino.

De la tierra a la Luna pertenece a esta cautivadora serie de entregas, entre las que destacan también su continuación Alrededor de la Luna y El secreto de Maston, última obra que involucra los personajes del entrañable Gun Club.

En De la tierra a la Luna, el enmohecido por el ocio Gun Club, una organización de artilleros heridos en batalla y en accidentes balísticos, además de amantes del cañonazo, se ve a sí misma hundida en la ausencia de actividades bélicas: la guerra de Secesión ha terminado, los cañones y portentos de artillería no son necesitados más. La beligerante organización es, pues, convocada en una gran reunión por su presidente, Impey Barbicane. Éste propone como solución para el tedio de los artilleros el diseño de un cañón gigantesco, cuyo objetivo es cañonear nada menos que el único satélite natural terrestre: la Luna.

La belicosidad exacerbada de los mutilados y a veces tuertos miembros del norteamericano Gun Club es satirizada en cada ocasión posible. La implicación burlona que supone que la primera idea que se les ocurre de los estadounidenses para establecer relaciones con la luna es la de darle un certero cañonazo, por la pura dicha de presumir logros de balística y cometer un hecho histórico, digno de su tiempo –idea central del proyecto hasta bien entrado el libro-, representa una sutil bofetada hacia cómo los norteamericanos llevaban su política exterior en el siglo XIX.

Asimismo, el manco secretario del Gun Club, J. T. Maston, no pierde oportunidad en hacer un casus belli de cada situación y no pone reparos para intentar declararle la guerra a Francia, México o Inglaterra y siempre tiene que ser calmado por el presidente Barbicane.

El tono burlón que emplea Verne al referirse a los norteamericanos tampoco carece de cierta admiración por la obstinación de los habitantes de Estados Unidos. Es justamente esa admiración lo que hace que la audacia del francés Michel Ardan cambie el sentido del objetivo del cañón: de ser una mera granada, Ardan pide vía telegrama que le dejen partir en el proyectil para explorar la luna. Este giro en la historia es lo que llevará al presidente del club, al francés Michel y a otro tripulante, a orbitar la luna y finalizar la novela, horadando el comienzo para la continuación de la historia en “Alrededor de la Luna”.

La precisión numérica y los cálculos para teorizar el lanzamiento de una granada a la luna ocupan gran parte del comienzo de la historia: el presidente y secretarios esbozan sus operaciones balísticas entre bocadillos y tazas de té en los primeros capítulos, pero esto dista de espesar la lectura. La increíble imaginación de Verne, además de la insaciable curiosidad que lo marcó en vida, hizo de esta novela científica un texto que en su época sonaba tan inasequible como utópico.

Julio Verne consiguió crear un nuevo estilo de literatura. Una que atraía a chicos y grandes, que extendía los límites de lo posible con suposiciones basadas en operaciones matemáticas y cálculos tangibles. Cien años después de la publicación de De la tierra a la luna, los mismos belicosos estadounidenses sorprendieron al mundo al iniciar su misión espacial para el alunizaje; y siglo y medio después seguimos celebrando esta novela, ejemplo fresco de la imaginación y genio de unos los autores más leídos y traducidos de todos los tiempos.

Sólo nos resta seguir revisando sus obras y preguntarnos qué otros prodigios y logros, de antaño imposibles, descritos en sus obras, será capaz la humanidad de hacer posibles en la vida real.

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