/ domingo 15 de noviembre de 2015

El viento de las horas de Ángeles Mastretta

Fragmento del más reciente libro de la escritora Ángeles Mastretta (Seix Barral, 2015), reproducido con autorización de Editorial Planeta Mexicana

No sé si alguna vez olvidaré hasta el recuerdo de quién fui en la infancia. Dicen que los viejos siempre recuerdan mejor el pasado remoto. Hasta que la vida se les va haciendo pequeña y llegan a olvidar su nombre, antes de que la nada los nombre a ellos.

Yo hace tiempo empecé a desconocer los compromisos que hice un día, para cuando llegaran los otros. Ahora ya olvido lo que me contaron antier y me devasta la velocidad con que se empaña el orden de las cosas que mi hermana me cuenta como quien desprende las semillas de una granada.

Juro que la oigo cautiva, prometiéndome que no he de perder, entre los vericuetos de mi cerebro, ninguna de las historias de amor y desamor, de compra y venta, de traición y tormento, que va contándome mientras andamos por los puentes de la nueva ciudad rumbo a la ciudad vieja, en donde aún están la catedral y los portales, igual que siguen estando entre mis libros, los que suceden en el primer y único territorio mítico que poseo.

Vamos luego desde ahí hasta su casa frente a los volcanes y aun cuando intentan distraerme los camiones con fruta, el desorden vial, la gente que atraviesa arriesgando la vida por esa carretera que se ha vuelto un camino de obstáculos, la sigo oyendo, curiosa, con la avidez de un muerto de hambre en un banquete. Hasta que me enreda en el sahumerio de sus palabras. Valoro tanto los cuentos de su lengua porque me conmueven más que los míos. No porque éstos sean poco intensos —vivo en un mundo cruzado por personas con fábulas como torbellinos—, sino porque atado a los nombres de los que habla mi hermana está el recuerdo de la estampa infantil y adolescente de quienes se han ido haciendo adultos o viejos sin que yo vuelva a verlos. Tan lejos se oyen que están más cerca, porque parece fácil alcanzar sus gestos en la diáfana memoria de hace cincuenta años.

Siempre hay alguien, aquí y en otras partes, con una vida a la mano, diciéndome que debería escribirla. Pero lo verdadero es lo ilusorio, no lo visible.

Hay varias novelas en una sola tarde de preguntas breves y respuestas largas enlazándose en el ir y venir del pasado al presente, sueltas de pronto como una serpentina.

¿Qué ha pasado en la calle donde crecimos?

¿Qué en el terreno en donde estuvo la casa que fue nuestro colegio? ¿Cuándo es el cumpleaños setenta de un novio que perdí antes de tenerlo? ¿De qué enfermedad se alivió quién? ¿Cómo lleva la viudez una amiga y desde cuándo debió divorciarse otra? ¿Los hijos de quién se hicieron millonarios vendiendo los terrenos que se robó su abuelo? ¿Qué hombre metió a la cárcel a su sobrino y qué matrimonio ha demandado a su propio hijo? ¿Quién vive en la casa llena de pájaros que fue de una mujer serena, a la que se llevó la muerte, al rato de cumplir cien años y calentar la última taza de leche para su yerno?

Cuántas cosas me atañen por ese mundo.

En el rancho que fue de mi amiga Elena, de sus papás, sus hermanos y sus antepasados, había un panteón al que daba la ventana del cuarto en que dormíamos los días de vacaciones. Lo recuerdo como si lo estuviera viendo. ¿Qué será de él y de la capilla sombría a la que entrábamos cuando niñas para detenernos frente a las losas de mármol, con nombres remotos, tras las cuales dormían los restos de personas que murieron a mediados del siglo XIX? Eso no lo sabe mi hermana, no lo sabe ni Elena, la niña de facciones suaves sentada en el pupitre que estaba tras el mío cuando la mandaron por primera vez al colegio, a cursar el tercero de primaria. Hasta entonces, porque a leer, a escribir y a hacer cuentas le enseñó una maestra para ella sola: aún quedaba en el aire atesorado por su padre la idea de que las niñas debían vivir más tiempo en un capelo.

Al colegio llegó con sus dos trenzas y sus ojos de ciervo buscando lo que había más allá. Y las dos nos encontramos, al tiempo en que encontrábamos a la señorita Belén.

Ahora resulta que mi profesora en tercero de primaria sólo me llevaba diecisiete años. Así que tiene la misma edad de mi amiga Mercedes y está tan lúcida y tan conversadora como ella. Me encantaba mi seño Belén. Era una mujer inteligente y alegre: ojos negros, pies pequeños, que contagiaba las ganas de enseñar. Apenas estaba yo aprendiendo cosas y ya quería dedicarme a explicarlas. Todo lo contrario de lo que hoy me sucede.

En tercero cambiábamos el lápiz por la pluma fuente y era toda una proeza conseguir una letra correcta con semejante artilugio. Ella nos enseñó eso y no sé qué otras hazañas de hombres y santos célebres.

Ahora mis antiguas compañeras se reunieron con la seño Belén, a quien no sé cómo encontraron. Y dice mi hermana que las hizo reír y sorprenderse con la destreza de su mente.

Al contrario de otras niñas, a mí las maestras me parecían un buen sueño. Cuál no sería mi gusto por la apasionada señorita Belén, que un día del maestro quise llevarle un regalo a su casa. Según recuerda mi imaginación, vivía en el centro, en un segundo piso, en una casa sobria y sin niños. Me asombró aquel silencio encantado. Le llevamos una caja de pañuelos.

Y nos sentamos a platicar. Ahora que lo pienso, yo era una niña rara. Colocada entre dos mujeres adultas, mirándolas como si quisiera adivinar sus secretos. Para mí el de Belén era la gramática, el de Ángeles Guzmán lo supe mucho después, cuando ella quiso estudiar antropología en la Universidad Autónoma de Puebla. Su facultad quedaba en el restaurado edificio Arronte, una casa construida en 1634, con fachada de cantera, ladrillos y azulejos, con dos patios altos y unos corredores con arcos de medio punto. Al final del siglo XIX y al principio del XX la casa fue hotel. Ahí pasaba la noche mi abuela con sus hermanas y su padre cuando venían desde Teziutlán, en la sierra de Puebla, hasta el colegio del Sagrado Corazón en la Ciudad de México. Y por esas escaleras subimos los hijos de mi madre a oírla relatar la tesis con que se graduó. «Yo lo que quiero es saber», le puso como título. De eso me acuerdo bien, de la tarde con sol en que la celebramos, hace como veinte años. No digo más para no ceder a la tentación de los viejos, que empiezan a contar lo mismo muchas veces. Todavía no me da esa edad, así que no voy a buscarla neceando con repetir el aire de esa jornada.

Fragmento del más reciente libro de la escritora Ángeles Mastretta (Seix Barral, 2015), reproducido con autorización de Editorial Planeta Mexicana

No sé si alguna vez olvidaré hasta el recuerdo de quién fui en la infancia. Dicen que los viejos siempre recuerdan mejor el pasado remoto. Hasta que la vida se les va haciendo pequeña y llegan a olvidar su nombre, antes de que la nada los nombre a ellos.

Yo hace tiempo empecé a desconocer los compromisos que hice un día, para cuando llegaran los otros. Ahora ya olvido lo que me contaron antier y me devasta la velocidad con que se empaña el orden de las cosas que mi hermana me cuenta como quien desprende las semillas de una granada.

Juro que la oigo cautiva, prometiéndome que no he de perder, entre los vericuetos de mi cerebro, ninguna de las historias de amor y desamor, de compra y venta, de traición y tormento, que va contándome mientras andamos por los puentes de la nueva ciudad rumbo a la ciudad vieja, en donde aún están la catedral y los portales, igual que siguen estando entre mis libros, los que suceden en el primer y único territorio mítico que poseo.

Vamos luego desde ahí hasta su casa frente a los volcanes y aun cuando intentan distraerme los camiones con fruta, el desorden vial, la gente que atraviesa arriesgando la vida por esa carretera que se ha vuelto un camino de obstáculos, la sigo oyendo, curiosa, con la avidez de un muerto de hambre en un banquete. Hasta que me enreda en el sahumerio de sus palabras. Valoro tanto los cuentos de su lengua porque me conmueven más que los míos. No porque éstos sean poco intensos —vivo en un mundo cruzado por personas con fábulas como torbellinos—, sino porque atado a los nombres de los que habla mi hermana está el recuerdo de la estampa infantil y adolescente de quienes se han ido haciendo adultos o viejos sin que yo vuelva a verlos. Tan lejos se oyen que están más cerca, porque parece fácil alcanzar sus gestos en la diáfana memoria de hace cincuenta años.

Siempre hay alguien, aquí y en otras partes, con una vida a la mano, diciéndome que debería escribirla. Pero lo verdadero es lo ilusorio, no lo visible.

Hay varias novelas en una sola tarde de preguntas breves y respuestas largas enlazándose en el ir y venir del pasado al presente, sueltas de pronto como una serpentina.

¿Qué ha pasado en la calle donde crecimos?

¿Qué en el terreno en donde estuvo la casa que fue nuestro colegio? ¿Cuándo es el cumpleaños setenta de un novio que perdí antes de tenerlo? ¿De qué enfermedad se alivió quién? ¿Cómo lleva la viudez una amiga y desde cuándo debió divorciarse otra? ¿Los hijos de quién se hicieron millonarios vendiendo los terrenos que se robó su abuelo? ¿Qué hombre metió a la cárcel a su sobrino y qué matrimonio ha demandado a su propio hijo? ¿Quién vive en la casa llena de pájaros que fue de una mujer serena, a la que se llevó la muerte, al rato de cumplir cien años y calentar la última taza de leche para su yerno?

Cuántas cosas me atañen por ese mundo.

En el rancho que fue de mi amiga Elena, de sus papás, sus hermanos y sus antepasados, había un panteón al que daba la ventana del cuarto en que dormíamos los días de vacaciones. Lo recuerdo como si lo estuviera viendo. ¿Qué será de él y de la capilla sombría a la que entrábamos cuando niñas para detenernos frente a las losas de mármol, con nombres remotos, tras las cuales dormían los restos de personas que murieron a mediados del siglo XIX? Eso no lo sabe mi hermana, no lo sabe ni Elena, la niña de facciones suaves sentada en el pupitre que estaba tras el mío cuando la mandaron por primera vez al colegio, a cursar el tercero de primaria. Hasta entonces, porque a leer, a escribir y a hacer cuentas le enseñó una maestra para ella sola: aún quedaba en el aire atesorado por su padre la idea de que las niñas debían vivir más tiempo en un capelo.

Al colegio llegó con sus dos trenzas y sus ojos de ciervo buscando lo que había más allá. Y las dos nos encontramos, al tiempo en que encontrábamos a la señorita Belén.

Ahora resulta que mi profesora en tercero de primaria sólo me llevaba diecisiete años. Así que tiene la misma edad de mi amiga Mercedes y está tan lúcida y tan conversadora como ella. Me encantaba mi seño Belén. Era una mujer inteligente y alegre: ojos negros, pies pequeños, que contagiaba las ganas de enseñar. Apenas estaba yo aprendiendo cosas y ya quería dedicarme a explicarlas. Todo lo contrario de lo que hoy me sucede.

En tercero cambiábamos el lápiz por la pluma fuente y era toda una proeza conseguir una letra correcta con semejante artilugio. Ella nos enseñó eso y no sé qué otras hazañas de hombres y santos célebres.

Ahora mis antiguas compañeras se reunieron con la seño Belén, a quien no sé cómo encontraron. Y dice mi hermana que las hizo reír y sorprenderse con la destreza de su mente.

Al contrario de otras niñas, a mí las maestras me parecían un buen sueño. Cuál no sería mi gusto por la apasionada señorita Belén, que un día del maestro quise llevarle un regalo a su casa. Según recuerda mi imaginación, vivía en el centro, en un segundo piso, en una casa sobria y sin niños. Me asombró aquel silencio encantado. Le llevamos una caja de pañuelos.

Y nos sentamos a platicar. Ahora que lo pienso, yo era una niña rara. Colocada entre dos mujeres adultas, mirándolas como si quisiera adivinar sus secretos. Para mí el de Belén era la gramática, el de Ángeles Guzmán lo supe mucho después, cuando ella quiso estudiar antropología en la Universidad Autónoma de Puebla. Su facultad quedaba en el restaurado edificio Arronte, una casa construida en 1634, con fachada de cantera, ladrillos y azulejos, con dos patios altos y unos corredores con arcos de medio punto. Al final del siglo XIX y al principio del XX la casa fue hotel. Ahí pasaba la noche mi abuela con sus hermanas y su padre cuando venían desde Teziutlán, en la sierra de Puebla, hasta el colegio del Sagrado Corazón en la Ciudad de México. Y por esas escaleras subimos los hijos de mi madre a oírla relatar la tesis con que se graduó. «Yo lo que quiero es saber», le puso como título. De eso me acuerdo bien, de la tarde con sol en que la celebramos, hace como veinte años. No digo más para no ceder a la tentación de los viejos, que empiezan a contar lo mismo muchas veces. Todavía no me da esa edad, así que no voy a buscarla neceando con repetir el aire de esa jornada.

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