/ domingo 8 de septiembre de 2019

En la Mira | Héroes de Tokio

En dos minutos de distracción lo perdí todo en el metro de Tokio

El objetivo exponer una serie fotográfica sobre el terremoto de 1985 a 34 años de aquel desastre. En dos minutos de distracción lo perdí todo en el metro de Tokio.

Había volado con las piezas de mi exposición en la mano y las protegí de casi todo, menos de mí mismo. Dos días después de mi llegada, salí con Misha, director del Festival México-Japón y nuestro anfitrión en la ciudad japonesa para montar la expo en al Embajada Mexicana.

Tomamos el metro rumbo a la Embajada para el montaje, eran las 9 de la mañana. Sólo haríamos un transbordo de línea y listo. El metro de Tokio comenzó a construirse en 1925 y su primera línea abrió en 1927, hoy cuenta con 13 líneas y un sistema paralelo de trenes que van a larga distancia y te permiten cruzar la zona metropolitana más grande del mundo en minutos. El metro acá cuenta con 282 estaciones y mueve a casi 10 millones de habitantes por día.

A diferencia de nuestro metro mexicano, este es limpio y ordenado, nada se deja al azar. No hay vendedores ambulantes ni cantantes de ocasión. Tiene clima y todo está señalizado a la perfección. Moviliza gente en una zona metropolitana de más de 35 millones de habitantes.

Pues bien, todo iba perfecto, hasta que cambiamos de línea y por error al bajar con mi equipo olvidé el portafolio con mi exposición completa en el último vagón de la estación Jimbocho de la línea Z. Me di cuenta tres minutos después de que me faltaba algo, obvio el convoy ya se había ido. Mis fotos viajaban con rumbo desconocido en medio de millones de japoneses.

Empecé a sudar frío, venía a Tokio exclusivamente a inaugurar esa expo y todo el viaje acababa de derrumbarse ahí, empezamos a buscar la oficina de objetos perdidos, pero nuestro japonés no es que sea limitado, es nulo, y a diferencia de lo que podría pensarse a casi nadie lo habla en las calles.

Sin embargo, la diferencia es la sociedad local, en cuanto una mujer nos vio preguntando y mentando madres, nos habló milagrosamente en perfecto inglés y nos llevo a la oficina en cuestión.

A los oficiales de la estación les describí el portafolio y su contenido, no se les movía un músculo, preguntaron tamaño, estación, hora, etcétera etcétera, eran las 10 de la mañana y ya deberíamos estar montando. Inaugurábamos a las 19 horas en punto.

El oficial tomó nota y serio fue a hacer un par de llamadas en su escritorio, regreso y dijo que esperáramos ahí 10 minutos; por supuesto, no lo creí, la mente latina comenzó a trabajar en mi contra, con sus prejuicios locales y claro que supuse que estaría en esa oficina al menos 5 horas antes de que me dijeran que no había nada y que regresara en un mes.

Las di por perdidas, me sentía un imbécil y me preocupaba el compromiso con la Embajada y los invitados para esa noche. Sudaba frío. Pensé en plan B y le llamé a Pepe, quien tardó una semana en México para imprimir ese material en alta calidad y que ahora vagaba por el laberinto del subterráneo, le pedí que me enviara los archivo con la idea de buscar donde imprimir en Tokio, y salvar la noche.

No podía creer mi mala suerte, cuando a los 10 minutos exactos, nos llama el oficial y ya sin traductora de por medio, y nos dice algo imposible de interpretar, su cara tampoco mostraba alegría ni sorpresa alguna, vamos, no se le movía un músculo.

El sonido que salía de su rostro podía decir igual, “lo sentimos joven, nadie ha visto nada, regrese mañana”, o “para qué lo pierde, es usted un extranjero idiota e irresponsable, largo”… al ver que no entendíamos nada, sacó un mapa del metro y marcó una estación que parecía estar indicando donde presuntamente habían encontraron el portafolio, pero ya estaba fuera de Tokio y corría por trenes que ya no controlaba el sistema de metro local. Sin embargo entendimos que “algo” parecido fue reportado por allá, y nos dió una ubicación a 30 kilómetros de donde estábamos. Me parecía insólito.

Fuimos a la Embajada a dejar los equipos y un compatriota que ese día se estrenaba trabajando en la misión diplomática, con tres años de residencia en Japón y que hablaba perfecto el idioma local, se ofreció a acompañarme a buscar ese material. Su nombre Fernando y era originario de Nayarit.

Durante el trayecto, Fernando tampoco me tranquilizó en nada, decía no te preocupes, pero con la serenidad de un Buda. Finalmente nos lanzamos, cruzamos Tokio, salimos de la ciudad y llegamos a una estación chiquita en algún pueblito ya lejano. Buscamos la oficina, salieron dos oficiales y con el mismo rostro inexpresivo, preguntaban sobre los detalles del objeto y entre ellos ponían cara de no saber ni de qué les hablábamos.

Después de dos minutos de interrogatorio, uno de ellos se metió a una bodega, que aunque solo tardó 20 segundos en regresar, a mí me pareció una hora. Y lo insólito, traía el portafolio, me lo enseñó y después de pedirme una identificación y firmar unos papeles, se disculpó por los inconvenientes que me habían causado “ellos” al tardar en encontrarlo. Increíble. Yo los quería abrazar, saqué el iPhone y les tomé foto, es esta que muestro arriba, son mis héroes en Tokio.

Regresamos en friega a la Embajada, era medio día, la humedad, el calor y el sonido de las cigarras me acompañó durante el montaje. Al final inauguramos en tiempo y forma y por la noche pudimos tomaron un sake sin remordimientos. Gracias Tokio, pero en especial gracias a us gente.

Moraleja, cuando una sociedad es honesta y ordenada se puede todo, un usuario lo reportó, un policía recogió y entregó y con una llamada de 10 minutos, localizaron con precisión ese maletín con mi fotos del terremoto de hace mil años. Pff.

El objetivo exponer una serie fotográfica sobre el terremoto de 1985 a 34 años de aquel desastre. En dos minutos de distracción lo perdí todo en el metro de Tokio.

Había volado con las piezas de mi exposición en la mano y las protegí de casi todo, menos de mí mismo. Dos días después de mi llegada, salí con Misha, director del Festival México-Japón y nuestro anfitrión en la ciudad japonesa para montar la expo en al Embajada Mexicana.

Tomamos el metro rumbo a la Embajada para el montaje, eran las 9 de la mañana. Sólo haríamos un transbordo de línea y listo. El metro de Tokio comenzó a construirse en 1925 y su primera línea abrió en 1927, hoy cuenta con 13 líneas y un sistema paralelo de trenes que van a larga distancia y te permiten cruzar la zona metropolitana más grande del mundo en minutos. El metro acá cuenta con 282 estaciones y mueve a casi 10 millones de habitantes por día.

A diferencia de nuestro metro mexicano, este es limpio y ordenado, nada se deja al azar. No hay vendedores ambulantes ni cantantes de ocasión. Tiene clima y todo está señalizado a la perfección. Moviliza gente en una zona metropolitana de más de 35 millones de habitantes.

Pues bien, todo iba perfecto, hasta que cambiamos de línea y por error al bajar con mi equipo olvidé el portafolio con mi exposición completa en el último vagón de la estación Jimbocho de la línea Z. Me di cuenta tres minutos después de que me faltaba algo, obvio el convoy ya se había ido. Mis fotos viajaban con rumbo desconocido en medio de millones de japoneses.

Empecé a sudar frío, venía a Tokio exclusivamente a inaugurar esa expo y todo el viaje acababa de derrumbarse ahí, empezamos a buscar la oficina de objetos perdidos, pero nuestro japonés no es que sea limitado, es nulo, y a diferencia de lo que podría pensarse a casi nadie lo habla en las calles.

Sin embargo, la diferencia es la sociedad local, en cuanto una mujer nos vio preguntando y mentando madres, nos habló milagrosamente en perfecto inglés y nos llevo a la oficina en cuestión.

A los oficiales de la estación les describí el portafolio y su contenido, no se les movía un músculo, preguntaron tamaño, estación, hora, etcétera etcétera, eran las 10 de la mañana y ya deberíamos estar montando. Inaugurábamos a las 19 horas en punto.

El oficial tomó nota y serio fue a hacer un par de llamadas en su escritorio, regreso y dijo que esperáramos ahí 10 minutos; por supuesto, no lo creí, la mente latina comenzó a trabajar en mi contra, con sus prejuicios locales y claro que supuse que estaría en esa oficina al menos 5 horas antes de que me dijeran que no había nada y que regresara en un mes.

Las di por perdidas, me sentía un imbécil y me preocupaba el compromiso con la Embajada y los invitados para esa noche. Sudaba frío. Pensé en plan B y le llamé a Pepe, quien tardó una semana en México para imprimir ese material en alta calidad y que ahora vagaba por el laberinto del subterráneo, le pedí que me enviara los archivo con la idea de buscar donde imprimir en Tokio, y salvar la noche.

No podía creer mi mala suerte, cuando a los 10 minutos exactos, nos llama el oficial y ya sin traductora de por medio, y nos dice algo imposible de interpretar, su cara tampoco mostraba alegría ni sorpresa alguna, vamos, no se le movía un músculo.

El sonido que salía de su rostro podía decir igual, “lo sentimos joven, nadie ha visto nada, regrese mañana”, o “para qué lo pierde, es usted un extranjero idiota e irresponsable, largo”… al ver que no entendíamos nada, sacó un mapa del metro y marcó una estación que parecía estar indicando donde presuntamente habían encontraron el portafolio, pero ya estaba fuera de Tokio y corría por trenes que ya no controlaba el sistema de metro local. Sin embargo entendimos que “algo” parecido fue reportado por allá, y nos dió una ubicación a 30 kilómetros de donde estábamos. Me parecía insólito.

Fuimos a la Embajada a dejar los equipos y un compatriota que ese día se estrenaba trabajando en la misión diplomática, con tres años de residencia en Japón y que hablaba perfecto el idioma local, se ofreció a acompañarme a buscar ese material. Su nombre Fernando y era originario de Nayarit.

Durante el trayecto, Fernando tampoco me tranquilizó en nada, decía no te preocupes, pero con la serenidad de un Buda. Finalmente nos lanzamos, cruzamos Tokio, salimos de la ciudad y llegamos a una estación chiquita en algún pueblito ya lejano. Buscamos la oficina, salieron dos oficiales y con el mismo rostro inexpresivo, preguntaban sobre los detalles del objeto y entre ellos ponían cara de no saber ni de qué les hablábamos.

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