/ viernes 22 de enero de 2021

Hojas de papel de volando | Doctor-doctora-enfermera… ¡Gracias!

El mundo entero de la salud, suelen pasar desapercibidos; anónimos; casi invisibles, aunque dispuestos y en silencio siempre, a dar la vida por el doliente

Es para Natalia Santiago, doctora que es.


Marguerite Yourcenar escribió un libro en el que hay un momento en la vida del ser humano en el que está indefenso, con temores, con pesimismo y con los dolores del cuerpo y del alma metidos en la incertidumbre.

Son las “Memorias de Adriano”, en el que, a modo de epístola, Adriano escribe a Marco Aurelio, quien a su muerte podría ser su sucesor al imperio romano:

“Querido Marco: He ido esta mañana a ver a mi médico Hermógenes … El examen debía hacerse en ayunas; habíamos convenido encontrarnos en las primeras horas del día. Me tendí sobre un lecho luego de despojarme del manto y la túnica.

“Te evito detalles que te resultarían tan desagradables como a mí mismo, y la descripción del cuerpo de un hombre que envejece y se prepara a morir de una hidropesía del corazón. Digamos solamente que tosí, respiré y contuve el aliento conforme a las indicaciones de Hermógenes, alarmado a pesar suyo por el rápido progreso de la enfermedad, y pronto a descargar el peso de la culpa en el joven Iollas, que me atendió durante su ausencia. Es difícil seguir siendo emperador ante un médico, y también es difícil guardar la calidad de hombre…”

En el fondo nadie quiere ‘ir al doctor’, pero alguna vez en la vida ocurre. Y cuando nos dice: “No, no se preocupe, está bien… mire…”, entonces bajamos toda la Corte Celestial, damos gracias al Cielo y a la existencia del doctor, de la doctora, del servicio médico y de todos los que nos regalaron la paz y la confianza, la seguridad y el paso firme para lo que siga.

Casi siempre la reflexión ocurre en torno al paciente; el cómo se vio; cómo sufrió; cómo se enfrentó al momento difícil para salir ileso de él. Y cómo tuvo que obedecer las instrucciones del médico para conseguir recuperar el paso y el aliento.

Los médicos, los doctores, las doctoras, enfermeras, asistentes, servicios distintos de apoyo a la salud, el mundo entero de la salud, suelen pasar desapercibidos; anónimos; casi invisibles, aunque dispuestos y en silencio siempre, a dar la vida por el doliente, a aliviar sus males y a estar con todos en todo momento mientras dura el trance, a veces impredecible.

La primera vez que supe lo que es la medicina fue con las vacunas escolares. La llegada de aquellas ‘vestidas de blanco’ a la escuela primaria, con sus cajas metálicas de las que extraían botellines con el líquido milagroso.

Primero el “Niños, vamos a la enfermería, en fila”, como pollos al cadalso; algunos que ya se las olían sollozaban; otros, con la valentía aparente: “¡a mí me hace los mandados eso de la vacuna!” –aunque en el fondo mantenían un cus-cus-snif, silencioso-.

Nos hacían “arremangar el brazo izquierdo hasta el huesito”. De pronto uno a uno pasábamos para que con una aguja nos inocularan aquello que no sabíamos para qué era, pero que tenía que ser. La del sarampión, la de la polio, la de la tosferina y no sé qué tanta cosa nos pusieron por entonces. Gracias a eso aquí seguimos la mayoría de los vacunados de aquellos días.

Tiempo después, por ahí de los siete años, por una molestia que tuve en el ojo derecho por la que lo traía como un “tomatito, muy contentito…” mi madre me llevó al doctor Héctor Palacios, un oaxaqueño ‘de pe a pá’ y sabio y bueno como él sólo:

“A ver, siéntate aquí; abre bien el ojo –en tanto con sus dedos milagrosos abría mis párpados--; déjame ver…; a ver, parpadea; a ver mueve el ojo para acá… y para allá…”, hurgó bajo mis párpados... la luz de su lámpara me encandilaba… Mmmm… siiii… mmmm… siiii… Es una infección:

“Le va a poner estas gotas y esta pomada por tres días…” (Nos las regaló) y él mismo me puso un parche de gasa con el que anduve muy presumidor entre mis amigos: Yo había sido atendido por un doctor. Salí ileso… (Y no les platico la primera vez que me puso el doctor Palacios una inyección “glutánea”: ‘De mis ojos está brotando llanto…’ y mis dientes tronaban como ejotes ¡Gulp!)

Miles de hombres, mujeres, ancianos, niños, niñas, bebés, día a día, se someten al escrutinio médico. Ya en los grandes hospitales públicos, las clínicas de seguridad social, en los enormes hospitales privados, clínicas médicas, laboratorios, consultorios privados.

Si, por supuesto están estos ángeles que atienden en pueblos, en villas, en zonas áridas como torrenciales, en tierra y mar, por ahí está uno siempre, “el doctor del pueblo”, el más querido, el más cercano, el que sabe todo de uno y quien al paso es querido, es saludado con el sombrero en la mano, es el que a la sola vista de uno nos dice cómo andamos.

Son los doctores y doctoras de campo… como “flor silvestre y campesina, flor sencilla y natural…” que están en los municipios. Son los héroes interminables.

Son los que están ahí siempre, a la vista, al portador, de blanco, y caminan en su pequeño consultorio con su estetoscopio al cuello, como si fuera un emblema de solución; como si ahí se resumieran sus alas; como si ahí estuviera el ‘sálvese’ y como si el blanco impoluto de su túnica significara asimismo la emoción de la vida misma, clara, transparente, sin asomo ni mancha.

[A algunos, también, los acosa la autoridad municipal, en su mal entendido sentido del poder, como al doctor Javier Jorge Rojo Vásquez, héroe que es en San Sebastián Tutla, Oaxaca, en la lucha anti-Covid.]

Y los miles que están en los hospitales públicos de las grandes ciudades del país; los que atienden a la gente urgida en su salud; los que están en clínicas particulares; en hospitales privados; en consultorios suyos y únicos; los que son parte de brigadas de salud de casa en casa… Tantos seres de enorme calidad humana que aun así, sonríen y ven la vida, su vida, como parte de la vida de otros, porque eso es lo que primero inyectan al enfermo: su propia salud.

¿Quién se hace médico o médica o enfermera o asistente médico? “Están fuertemente motivados por un alto grado de razones altruistas y humanitarias, así como motivaciones intelectuales (afrontar nuevos retos e interés científico).

“En último lugar y en menor proporción, motivaciones personales (tradición familiar, contacto con la enfermedad). Las instrumentales, como salidas profesionales, prestigio o nivel económico, no son en la actualidad un motivo principal de elección”.

En México hay muchos médicos. Hay médicos generales y hay especialistas en distintas partes del cuerpo humano, de su mente y hasta de sus estímulos emocionales; hay químicos y hay terapeutas, cirujanos de bisturí y mano prodigiosa y tantos más: todos ellos indispensables para aliviar, para sanar, para devolver la vida.

Pero hoy sabemos que no son suficientes dadas las actuales circunstancias de pandemia. Son pocos en cantidad y, por lo mismo, a los que hay se les exige más. Se les ha sometido a jornadas extenuantes; a condiciones precarias de seguridad personal y se les ha visto agobiados, cansados, con la preocupación en los ojos, con miedo, pero también con la fortaleza que les da su vocación y su espíritu generoso. (Los hay también que son maloras… pero ese es otro cantar).

De acuerdo con datos de la Secretaría de Salud, actualmente hay 277 mil 287 médicos ejerciendo su profesión, esto significa que hay sólo 2.1 doctores por cada mil habitantes en México; esto se ubica como uno de las medias más bajas entre los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE).

En julio pasado, ya durante la pandemia, el presidente de México dijo: “Hay 270 mil 600 médicos generales en el país y debemos tener, de acuerdo con la norma internacional, 393 mil 600 médicos, es decir, nos faltan 123 mil médicos en el país”.

Y con todo y ese déficit, la mayoría de los doctores y doctoras, enfermeras y servicios médicos de apoyo ahí han estado, ahí están y estarán: es su vida, por la vida de todos. Muchos han fallecido por contagio. Honor para todos. Honor para quienes ya no están. Serán recordados con gratitud eterna.

Y sí, con ellos cuenta el país. Con los doctores y doctoras, los que están en el frente de batalla y los que cubren otros frentes de la medicina pública, privada o particular; en tierra, mar, aire, planicies, llanos, desiertos, campo traviesa, urbano o en terrerías:

Ahí están: son todos ellos: son los que nos reciben con cariño y nos entregan su vida para preservar la nuestra, para aliviar el dolor o para esconder la enorme tristeza cuando sus fuerzas menguan.



Es para Natalia Santiago, doctora que es.


Marguerite Yourcenar escribió un libro en el que hay un momento en la vida del ser humano en el que está indefenso, con temores, con pesimismo y con los dolores del cuerpo y del alma metidos en la incertidumbre.

Son las “Memorias de Adriano”, en el que, a modo de epístola, Adriano escribe a Marco Aurelio, quien a su muerte podría ser su sucesor al imperio romano:

“Querido Marco: He ido esta mañana a ver a mi médico Hermógenes … El examen debía hacerse en ayunas; habíamos convenido encontrarnos en las primeras horas del día. Me tendí sobre un lecho luego de despojarme del manto y la túnica.

“Te evito detalles que te resultarían tan desagradables como a mí mismo, y la descripción del cuerpo de un hombre que envejece y se prepara a morir de una hidropesía del corazón. Digamos solamente que tosí, respiré y contuve el aliento conforme a las indicaciones de Hermógenes, alarmado a pesar suyo por el rápido progreso de la enfermedad, y pronto a descargar el peso de la culpa en el joven Iollas, que me atendió durante su ausencia. Es difícil seguir siendo emperador ante un médico, y también es difícil guardar la calidad de hombre…”

En el fondo nadie quiere ‘ir al doctor’, pero alguna vez en la vida ocurre. Y cuando nos dice: “No, no se preocupe, está bien… mire…”, entonces bajamos toda la Corte Celestial, damos gracias al Cielo y a la existencia del doctor, de la doctora, del servicio médico y de todos los que nos regalaron la paz y la confianza, la seguridad y el paso firme para lo que siga.

Casi siempre la reflexión ocurre en torno al paciente; el cómo se vio; cómo sufrió; cómo se enfrentó al momento difícil para salir ileso de él. Y cómo tuvo que obedecer las instrucciones del médico para conseguir recuperar el paso y el aliento.

Los médicos, los doctores, las doctoras, enfermeras, asistentes, servicios distintos de apoyo a la salud, el mundo entero de la salud, suelen pasar desapercibidos; anónimos; casi invisibles, aunque dispuestos y en silencio siempre, a dar la vida por el doliente, a aliviar sus males y a estar con todos en todo momento mientras dura el trance, a veces impredecible.

La primera vez que supe lo que es la medicina fue con las vacunas escolares. La llegada de aquellas ‘vestidas de blanco’ a la escuela primaria, con sus cajas metálicas de las que extraían botellines con el líquido milagroso.

Primero el “Niños, vamos a la enfermería, en fila”, como pollos al cadalso; algunos que ya se las olían sollozaban; otros, con la valentía aparente: “¡a mí me hace los mandados eso de la vacuna!” –aunque en el fondo mantenían un cus-cus-snif, silencioso-.

Nos hacían “arremangar el brazo izquierdo hasta el huesito”. De pronto uno a uno pasábamos para que con una aguja nos inocularan aquello que no sabíamos para qué era, pero que tenía que ser. La del sarampión, la de la polio, la de la tosferina y no sé qué tanta cosa nos pusieron por entonces. Gracias a eso aquí seguimos la mayoría de los vacunados de aquellos días.

Tiempo después, por ahí de los siete años, por una molestia que tuve en el ojo derecho por la que lo traía como un “tomatito, muy contentito…” mi madre me llevó al doctor Héctor Palacios, un oaxaqueño ‘de pe a pá’ y sabio y bueno como él sólo:

“A ver, siéntate aquí; abre bien el ojo –en tanto con sus dedos milagrosos abría mis párpados--; déjame ver…; a ver, parpadea; a ver mueve el ojo para acá… y para allá…”, hurgó bajo mis párpados... la luz de su lámpara me encandilaba… Mmmm… siiii… mmmm… siiii… Es una infección:

“Le va a poner estas gotas y esta pomada por tres días…” (Nos las regaló) y él mismo me puso un parche de gasa con el que anduve muy presumidor entre mis amigos: Yo había sido atendido por un doctor. Salí ileso… (Y no les platico la primera vez que me puso el doctor Palacios una inyección “glutánea”: ‘De mis ojos está brotando llanto…’ y mis dientes tronaban como ejotes ¡Gulp!)

Miles de hombres, mujeres, ancianos, niños, niñas, bebés, día a día, se someten al escrutinio médico. Ya en los grandes hospitales públicos, las clínicas de seguridad social, en los enormes hospitales privados, clínicas médicas, laboratorios, consultorios privados.

Si, por supuesto están estos ángeles que atienden en pueblos, en villas, en zonas áridas como torrenciales, en tierra y mar, por ahí está uno siempre, “el doctor del pueblo”, el más querido, el más cercano, el que sabe todo de uno y quien al paso es querido, es saludado con el sombrero en la mano, es el que a la sola vista de uno nos dice cómo andamos.

Son los doctores y doctoras de campo… como “flor silvestre y campesina, flor sencilla y natural…” que están en los municipios. Son los héroes interminables.

Son los que están ahí siempre, a la vista, al portador, de blanco, y caminan en su pequeño consultorio con su estetoscopio al cuello, como si fuera un emblema de solución; como si ahí se resumieran sus alas; como si ahí estuviera el ‘sálvese’ y como si el blanco impoluto de su túnica significara asimismo la emoción de la vida misma, clara, transparente, sin asomo ni mancha.

[A algunos, también, los acosa la autoridad municipal, en su mal entendido sentido del poder, como al doctor Javier Jorge Rojo Vásquez, héroe que es en San Sebastián Tutla, Oaxaca, en la lucha anti-Covid.]

Y los miles que están en los hospitales públicos de las grandes ciudades del país; los que atienden a la gente urgida en su salud; los que están en clínicas particulares; en hospitales privados; en consultorios suyos y únicos; los que son parte de brigadas de salud de casa en casa… Tantos seres de enorme calidad humana que aun así, sonríen y ven la vida, su vida, como parte de la vida de otros, porque eso es lo que primero inyectan al enfermo: su propia salud.

¿Quién se hace médico o médica o enfermera o asistente médico? “Están fuertemente motivados por un alto grado de razones altruistas y humanitarias, así como motivaciones intelectuales (afrontar nuevos retos e interés científico).

“En último lugar y en menor proporción, motivaciones personales (tradición familiar, contacto con la enfermedad). Las instrumentales, como salidas profesionales, prestigio o nivel económico, no son en la actualidad un motivo principal de elección”.

En México hay muchos médicos. Hay médicos generales y hay especialistas en distintas partes del cuerpo humano, de su mente y hasta de sus estímulos emocionales; hay químicos y hay terapeutas, cirujanos de bisturí y mano prodigiosa y tantos más: todos ellos indispensables para aliviar, para sanar, para devolver la vida.

Pero hoy sabemos que no son suficientes dadas las actuales circunstancias de pandemia. Son pocos en cantidad y, por lo mismo, a los que hay se les exige más. Se les ha sometido a jornadas extenuantes; a condiciones precarias de seguridad personal y se les ha visto agobiados, cansados, con la preocupación en los ojos, con miedo, pero también con la fortaleza que les da su vocación y su espíritu generoso. (Los hay también que son maloras… pero ese es otro cantar).

De acuerdo con datos de la Secretaría de Salud, actualmente hay 277 mil 287 médicos ejerciendo su profesión, esto significa que hay sólo 2.1 doctores por cada mil habitantes en México; esto se ubica como uno de las medias más bajas entre los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE).

En julio pasado, ya durante la pandemia, el presidente de México dijo: “Hay 270 mil 600 médicos generales en el país y debemos tener, de acuerdo con la norma internacional, 393 mil 600 médicos, es decir, nos faltan 123 mil médicos en el país”.

Y con todo y ese déficit, la mayoría de los doctores y doctoras, enfermeras y servicios médicos de apoyo ahí han estado, ahí están y estarán: es su vida, por la vida de todos. Muchos han fallecido por contagio. Honor para todos. Honor para quienes ya no están. Serán recordados con gratitud eterna.

Y sí, con ellos cuenta el país. Con los doctores y doctoras, los que están en el frente de batalla y los que cubren otros frentes de la medicina pública, privada o particular; en tierra, mar, aire, planicies, llanos, desiertos, campo traviesa, urbano o en terrerías:

Ahí están: son todos ellos: son los que nos reciben con cariño y nos entregan su vida para preservar la nuestra, para aliviar el dolor o para esconder la enorme tristeza cuando sus fuerzas menguan.



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