/ viernes 17 de enero de 2020

Hojas de papel volando | China dulce amor del alma mía…

Era impetuosa. Contundente. Decisiva. Dulce y agria: junto. Una sola palabra. Nunca dos caras. Era ella como Dios la trajo al mundo. Era María Luisa Mendoza Romero y era La China Mendoza…

Era impetuosa. Contundente. Decisiva. Dulce y agria: junto. Una sola palabra. Nunca dos caras. Era ella como Dios la trajo al mundo; con toda su emoción mexicana a cuestas y al grito de “nunca me olvides, corazón” que me decía en broma al despedirnos… Era María Luisa Mendoza Romero y era La China Mendoza… La Chinita; la escribana, pues.

Su obra es enorme, al mismo tiempo juguetona como intensa y alegre o dramática endulzada por los recuerdos y los sueños por venir. Es una obra en donde radica el buen español mexicano, el barroco de nuestras esencias históricas, el desbordante uso de las palabras bien puestas en su lugar, pero también enloquecidas al ritmo de ‘quiéranme mucho’ y el maravilloso matiz incandescente que no tiene miedo a nada porque es verdad y es nuestra forma de ser, tan llena de tonos y substancias olorosas y coloridas. Así era la prosa de La China Mendoza.

Le gustaba reír, carcajearse hasta las lágrimas; pero también sabía maldecir a quien la agraviaba, a quien la menospreciaba y a quien creía que encontraría a “una dejada”, que nunca fue.

A principios de los ochenta decía: “Eres mi novio”, delante de todos los ahí presentes. Y yo muchacho sonrojado no sabía qué hacer. Ella se reía hilarante y bendecía mi sonrojo. Pero luego seguían las grandes charlas. Hablábamos de libros. De la vida. De lo hermoso que era esto o a aquello. Por ella leí, “de pe, a pá” la enorme obra de Marcel Proust: “En busca del tiempo perdido”. Y leí a Thomas Mann y su “La montaña mágica”… aunque por mi cuenta caí en el “Fausto” y “La muerte en Venecia”.

Si: Tenía pasión por las cosas bellas, el arte, el cine –sobre todo-, la plástica, en particular si la obra era de su gran-enorme amiga de toda la vida, Ricky, como se conoce a Carmen Parra, en cuya casa-estudio en San Ángel Inn iba a refugiarse de los manotazos de la vida, su vida que “era su misma obra”, como le dijo en un homenaje Carmen.

En 1984, Héctor Anaya parafraseó su estilo y la describió: “Una mexicana que prosa escribía, novela, cuento corto, la historia del día. Esta escritora, escribana, escrituradora, llena de mujeridad, de mexicanidad, de generosidad, de amiguicidad, de reconocimiento a sus compañeros y amigos, es también prolífica, en el escrito diario, en la construcción de la ficción, en el ensayo de la palabra y de la vida, en la presentación televisiva. Vehemente, generosa, apasionada de la palabra, de la idea, de la reflexión cargada de fuerza y vigor.”

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Nació frente al Teatro Juárez de Guanajuato en 1927. Hija de don Manuel Mendoza Albarrán y doña María Luisa Romero Ceballos. Fue educada bajo los más estrictos cánones de la época y “con la falda hasta el huesito”.

“Puedo decir que mi padre es el amor de mi vida, el hombre de mi vida, a veces pienso que lo inventé de tanto que lo amo y lo recuerdo, todos los días me aviento mi copita a su salud. Soy de las hijas que a diario se acuerdan de su padre, porque lo amé mucho. Era un celayense de muy buena cepa, de una familia muy numerosa como era la familia de mi madre…”

Aquella infancia en la que hubo holgura como precariedad, marcó a La China para todo lo que habría de seguir. Al conservadurismo guanajuatense, el de “Las buenas conciencias” lo hizo a un lado cuando decidió ir al Distrito Federal para estudiar “decoración de interiores” en la Universidad Femenina de México, aunque su vocación estaba clara: las letras, escribir, manejar el lenguaje a su modo y con sus modos.

Por eso entró a estudiar Letras Modernas en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México y becaria de la Escuela de Escritores, en donde recibió enseñanzas de Juan José Arreola, Juan Rulfo, Francisco Monterde y Salvador Elizondo y más así. Y de ahí obtuvo las herramientas que la llevarían a dos mundos paralelos: el del periodismo y el de la creación literaria.

¿Por qué se hizo periodista? Le preguntaron un día: por hambre. ¿Por qué se hizo escritora? Por hambre, repitió. Aun así, ambas vocaciones las cumplió a cabalidad, siempre en primera fila.

Comenzó a ser periodista en El Gallo Ilustrado del periódico El Día; en Zócalo, con su gran maestro Alfredo Kagawe Ramia, en Cine Mundial, El Nacional, Novedades, Excélsior, El Sol de México: fueron sus casas y su abrigo… Recibió Premios Nacionales de Periodismo y reconocimientos a su trabajo ya como reportera o como cronista, que lo hacía muy bien…

Foto Especial

Y al mismo tiempo se devanaba el seso para escribir-escribir-escribir. Ya lo dijo Truman Capote: escribir es tener un látigo con el que se flagela la vida y primero se escribe, luego se sabe que se escribe y finalmente hay una diferencia abismal con la creación y el arte. Ella lo consiguió y de ahí surgieron obras como “La O por lo redondo” (1971); “Con él, conmigo, con nosotros tres” (1971); “De Ausencia” 1974); “El perro de la escribana” (1980) “Trompo a la uña” (1989); “Ojos de papel volando” (1985) y tantas más… Algunas premiadas por su excelencia.

Incursionó en la política. Siempre en las filas del PRI, lo que según su sobrina Viviana Mendoza ‘fue su cruz’ pues perdió a muchos amigos que la veían como rara avis en un mundo intelectual que corría hacia la izquierda mexicana. Ella no renegó de sus filiaciones políticas, acaso porque sus ancestros habían sido políticos de altura, algunos primos y sobrinos lo eran… “Ya me tocaba a mí”, dijo y fue diputada federal por Guanajuato en la LIII Legislatura del Congreso de la Unión.

No dejó de escribir desde que comenzó el largo camino de sesenta años en la brega periodística. Reportaje. Crónica. Artículo. Entrevistó a personalidades del mundo de la cultura, la ciencia, la política, como también en la literatura se forjó al lado de una generación constante y absoluta: Carlos Fuentes, Ricardo Garibay, Elena Poniatowska, Héctor Azar… tantos…

Se casó dos veces: la primera con el periodista Eduardo Deschamps y la segunda con el periodista y escritor barcelonés nacionalizado mexicano, Edmundo Domínguez Aragonés. Todo terminó y no quiso seguir por esa ruta; prefería la soledad de su estudio o de su terraza en la que pergeñaba historias y en donde se hacía acompañar de su asistente de toda la vida y de familia cercana, pero también de sus perritos, los perritos de la escribana: Lord Kegel, Federico Frobel y Señora Clo.

Se fue quedando sola. Sus amigos se iban, unos por voluntad y otros porque terminaban el ciclo vital. Se terminaban aquellas reuniones con amigos, periodistas, intelectuales; las conferencias en las que desgranaba sabiduría y emoción. Casi al final diría: “Me encanta la vida, la comida, los gusanitos de maguey, los caracoles; amo el amor… me quiero volver a enamorar…”

Pero tenía a su hermana por voluntad propia, quien no la dejaba: Ricky, que es Carmen Parra, la enorme, interminable, cariñosa y amorosa Carmen Parra que estaba ahí siempre, que la protegió, que se protegió en ella. Fue La China, quien le presentó a quien sería su marido Alberto Gironella y así la historia de una gran amistad.

Se puso enferma a mediados de junio de 2018. Tuvo que ser ingresada al Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán. Unos días antes todavía escribió: “Vengan, vengan, vengan frutos…para mis padres”:

“…Estoy en el Instituto de la Salud, de la Nutrición, de la alimentación, de la vida; por la ventana veo un mundo de árboles y pienso en La montaña mágica, pero aquí no hay afuera un enorme salón de baile donde los enfermos bailemos con caballeros de corbatita de moño y damas que vuelvan la cara para toser sangre. Nada. Estamos un grupo afortunado de Dios nuestro señor, luchando a trompadas por seguir existiendo.

“Yo me sentía muy mal, casi no comía, casi no dormía, rodeada de dos perros bastante virolos y de mi sobrina Viviana, quien al llegar a mi lado es como si se abriera una ventana y entrara la brisa del mar, así es ella; la veo chiquita, que va y viene con sus piernitas perfectas y ágiles, la veo con sus ojos de toda una estirpe de Mendozas que me ven y casi se están despidiendo de mí, no hay nadie más, una hermana sacrificada por enfermedades varias y el fruto de mi trabajo honrado, bueno y limpio que me enseñaron mi padre y mi madre…” Murió el 29 de junio de 2018…

Descansas ya, Chinita… Si… Somos novios, “dulce amor del alma mía…”

joelhsantiago@gmail.com

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Era impetuosa. Contundente. Decisiva. Dulce y agria: junto. Una sola palabra. Nunca dos caras. Era ella como Dios la trajo al mundo; con toda su emoción mexicana a cuestas y al grito de “nunca me olvides, corazón” que me decía en broma al despedirnos… Era María Luisa Mendoza Romero y era La China Mendoza… La Chinita; la escribana, pues.

Su obra es enorme, al mismo tiempo juguetona como intensa y alegre o dramática endulzada por los recuerdos y los sueños por venir. Es una obra en donde radica el buen español mexicano, el barroco de nuestras esencias históricas, el desbordante uso de las palabras bien puestas en su lugar, pero también enloquecidas al ritmo de ‘quiéranme mucho’ y el maravilloso matiz incandescente que no tiene miedo a nada porque es verdad y es nuestra forma de ser, tan llena de tonos y substancias olorosas y coloridas. Así era la prosa de La China Mendoza.

Le gustaba reír, carcajearse hasta las lágrimas; pero también sabía maldecir a quien la agraviaba, a quien la menospreciaba y a quien creía que encontraría a “una dejada”, que nunca fue.

A principios de los ochenta decía: “Eres mi novio”, delante de todos los ahí presentes. Y yo muchacho sonrojado no sabía qué hacer. Ella se reía hilarante y bendecía mi sonrojo. Pero luego seguían las grandes charlas. Hablábamos de libros. De la vida. De lo hermoso que era esto o a aquello. Por ella leí, “de pe, a pá” la enorme obra de Marcel Proust: “En busca del tiempo perdido”. Y leí a Thomas Mann y su “La montaña mágica”… aunque por mi cuenta caí en el “Fausto” y “La muerte en Venecia”.

Si: Tenía pasión por las cosas bellas, el arte, el cine –sobre todo-, la plástica, en particular si la obra era de su gran-enorme amiga de toda la vida, Ricky, como se conoce a Carmen Parra, en cuya casa-estudio en San Ángel Inn iba a refugiarse de los manotazos de la vida, su vida que “era su misma obra”, como le dijo en un homenaje Carmen.

En 1984, Héctor Anaya parafraseó su estilo y la describió: “Una mexicana que prosa escribía, novela, cuento corto, la historia del día. Esta escritora, escribana, escrituradora, llena de mujeridad, de mexicanidad, de generosidad, de amiguicidad, de reconocimiento a sus compañeros y amigos, es también prolífica, en el escrito diario, en la construcción de la ficción, en el ensayo de la palabra y de la vida, en la presentación televisiva. Vehemente, generosa, apasionada de la palabra, de la idea, de la reflexión cargada de fuerza y vigor.”

n2p3RQsBORg

Nació frente al Teatro Juárez de Guanajuato en 1927. Hija de don Manuel Mendoza Albarrán y doña María Luisa Romero Ceballos. Fue educada bajo los más estrictos cánones de la época y “con la falda hasta el huesito”.

“Puedo decir que mi padre es el amor de mi vida, el hombre de mi vida, a veces pienso que lo inventé de tanto que lo amo y lo recuerdo, todos los días me aviento mi copita a su salud. Soy de las hijas que a diario se acuerdan de su padre, porque lo amé mucho. Era un celayense de muy buena cepa, de una familia muy numerosa como era la familia de mi madre…”

Aquella infancia en la que hubo holgura como precariedad, marcó a La China para todo lo que habría de seguir. Al conservadurismo guanajuatense, el de “Las buenas conciencias” lo hizo a un lado cuando decidió ir al Distrito Federal para estudiar “decoración de interiores” en la Universidad Femenina de México, aunque su vocación estaba clara: las letras, escribir, manejar el lenguaje a su modo y con sus modos.

Por eso entró a estudiar Letras Modernas en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México y becaria de la Escuela de Escritores, en donde recibió enseñanzas de Juan José Arreola, Juan Rulfo, Francisco Monterde y Salvador Elizondo y más así. Y de ahí obtuvo las herramientas que la llevarían a dos mundos paralelos: el del periodismo y el de la creación literaria.

¿Por qué se hizo periodista? Le preguntaron un día: por hambre. ¿Por qué se hizo escritora? Por hambre, repitió. Aun así, ambas vocaciones las cumplió a cabalidad, siempre en primera fila.

Comenzó a ser periodista en El Gallo Ilustrado del periódico El Día; en Zócalo, con su gran maestro Alfredo Kagawe Ramia, en Cine Mundial, El Nacional, Novedades, Excélsior, El Sol de México: fueron sus casas y su abrigo… Recibió Premios Nacionales de Periodismo y reconocimientos a su trabajo ya como reportera o como cronista, que lo hacía muy bien…

Foto Especial

Y al mismo tiempo se devanaba el seso para escribir-escribir-escribir. Ya lo dijo Truman Capote: escribir es tener un látigo con el que se flagela la vida y primero se escribe, luego se sabe que se escribe y finalmente hay una diferencia abismal con la creación y el arte. Ella lo consiguió y de ahí surgieron obras como “La O por lo redondo” (1971); “Con él, conmigo, con nosotros tres” (1971); “De Ausencia” 1974); “El perro de la escribana” (1980) “Trompo a la uña” (1989); “Ojos de papel volando” (1985) y tantas más… Algunas premiadas por su excelencia.

Incursionó en la política. Siempre en las filas del PRI, lo que según su sobrina Viviana Mendoza ‘fue su cruz’ pues perdió a muchos amigos que la veían como rara avis en un mundo intelectual que corría hacia la izquierda mexicana. Ella no renegó de sus filiaciones políticas, acaso porque sus ancestros habían sido políticos de altura, algunos primos y sobrinos lo eran… “Ya me tocaba a mí”, dijo y fue diputada federal por Guanajuato en la LIII Legislatura del Congreso de la Unión.

No dejó de escribir desde que comenzó el largo camino de sesenta años en la brega periodística. Reportaje. Crónica. Artículo. Entrevistó a personalidades del mundo de la cultura, la ciencia, la política, como también en la literatura se forjó al lado de una generación constante y absoluta: Carlos Fuentes, Ricardo Garibay, Elena Poniatowska, Héctor Azar… tantos…

Se casó dos veces: la primera con el periodista Eduardo Deschamps y la segunda con el periodista y escritor barcelonés nacionalizado mexicano, Edmundo Domínguez Aragonés. Todo terminó y no quiso seguir por esa ruta; prefería la soledad de su estudio o de su terraza en la que pergeñaba historias y en donde se hacía acompañar de su asistente de toda la vida y de familia cercana, pero también de sus perritos, los perritos de la escribana: Lord Kegel, Federico Frobel y Señora Clo.

Se fue quedando sola. Sus amigos se iban, unos por voluntad y otros porque terminaban el ciclo vital. Se terminaban aquellas reuniones con amigos, periodistas, intelectuales; las conferencias en las que desgranaba sabiduría y emoción. Casi al final diría: “Me encanta la vida, la comida, los gusanitos de maguey, los caracoles; amo el amor… me quiero volver a enamorar…”

Pero tenía a su hermana por voluntad propia, quien no la dejaba: Ricky, que es Carmen Parra, la enorme, interminable, cariñosa y amorosa Carmen Parra que estaba ahí siempre, que la protegió, que se protegió en ella. Fue La China, quien le presentó a quien sería su marido Alberto Gironella y así la historia de una gran amistad.

Se puso enferma a mediados de junio de 2018. Tuvo que ser ingresada al Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán. Unos días antes todavía escribió: “Vengan, vengan, vengan frutos…para mis padres”:

“…Estoy en el Instituto de la Salud, de la Nutrición, de la alimentación, de la vida; por la ventana veo un mundo de árboles y pienso en La montaña mágica, pero aquí no hay afuera un enorme salón de baile donde los enfermos bailemos con caballeros de corbatita de moño y damas que vuelvan la cara para toser sangre. Nada. Estamos un grupo afortunado de Dios nuestro señor, luchando a trompadas por seguir existiendo.

“Yo me sentía muy mal, casi no comía, casi no dormía, rodeada de dos perros bastante virolos y de mi sobrina Viviana, quien al llegar a mi lado es como si se abriera una ventana y entrara la brisa del mar, así es ella; la veo chiquita, que va y viene con sus piernitas perfectas y ágiles, la veo con sus ojos de toda una estirpe de Mendozas que me ven y casi se están despidiendo de mí, no hay nadie más, una hermana sacrificada por enfermedades varias y el fruto de mi trabajo honrado, bueno y limpio que me enseñaron mi padre y mi madre…” Murió el 29 de junio de 2018…

Descansas ya, Chinita… Si… Somos novios, “dulce amor del alma mía…”

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