/ sábado 31 de octubre de 2020

Hojas de Papel Volando | Días de Muertos: "No vayas, pero si vas, saluda a todos”

Estos son ‘días de guardar’ porque muchos se han ido este 2020 infausto

Como quizá nunca antes, los Días de Muertos en México este año dejan de ser una fiesta de cariño, consideración, amor y fraternidad entre la vida y lo eterno y lo fugaz para ser una ceremonia doméstica de reflexión, de pesar íntimo-doloroso. Estos son ‘días de guardar’ porque muchos se han ido este 2020 infausto.

Se han ido en muy poco tiempo. Amigos, familiares, conocidos, miles de mexicanos que trabajaban, luchaban, se esforzaban y tenían el sueño de la vida feliz, con los suyos. Tantos... Quedan miles de familias con el dolor de la razón por la que esto ocurrió y el dolor de la ausencia. No son números estadísticos cada uno de ellos; no son más muertos o menos muertos según el discurso político.

Uno sólo sería suficiente para estrechar las manos y sacudir la indolencia... Son gente que ya no está. Y es gente que se queda. Separados por la tenue evanescencia entre la vida y la no vida.

Este año nuestra histórica “Fiesta de muertos” será sin música, sin cantos joviales, sin alegría por la espera. Sí vendrán y estarán con nosotros. Se sentarán junto a cada uno para lamentarnos juntos por ellos mismos, que ya no están, y por miles que en vida lamentan la partida: padres, esposas, hijos, amigos... gente querida...

Foto: Mauricio Huizar | El Sol de México

Uno de los más grandes dolores del hombre es esa: la ausencia. El ya no estar juntos. El ya no mirarlos. El ya no sentir su calor y cercanía. El ya no tener la expectativa de que pronto llegarán para seguir la plática, para seguir la alegría para seguir, incluso, la lectura pendiente. Ya no.

Así que este año hasta los muertos, nuestros muertos, están de luto. Y así que esta vez miraremos al interior de nuestras vidas para valorarlas y para decirnos, casi en silencio, que la vida sigue para quienes tienen el privilegio y que en honor de quienes ya no están será ese silencio y ese recuerdo permanente, así pasen los siglos.

Y sí, por estos días, en cada casa mexicana, cuando sea posible, habrá los altares dispuestos. Y habrá los papelitos de colores. Y las calaveritas de azúcar con el nombre de cada uno; la fruta; los tejocotes; las jícamas; las mandarinas; las naranjas; los cacahuates; los platillos que más les gustaban.

Estará la mesa dispuesta, a como se pueda, porque ellos no tienen la culpa de lo que pasa y lo que ocurre... Habrá ese vaso con agua y ese mezcalito dispuesto, con naranja, sal y piquín, para que sepa más sabroso... Y las veladoras encendidas, para el buen camino de regreso.

Es una buena costumbre esa. Es sana. Es al mismo tiempo confianza en lo eterno, en lo etéreo, en la permanencia del amor a pesar de los pesares. Es como si por unos días, cada año, se abriera un espacio entre el ser y no ser para mirarse unos a otros, para rendirse cuentas, para contribuir a que haya memoria, sin olvido.

Foto: Mauricio Huizar | El Sol de México

A esta fiesta-celebración-ceremonia-ritual que celebramos en México cada año al finalizar octubre y comenzar noviembre, la Unesco la declaró en 2008 como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Está bien. Es cosa de intensidades culturales, y ésta es una de las más importantes que hay en México y que cala en la conciencia nacional.

La costumbre viene de lejos en distintas formas de origen aunque hay un momento en el que para transfigurarla como es hoy en México, hubo un encuentro de culturas con distintas maneras de percibir la vida, la muerte y la magnitud del ser humano: las culturas prehispánicas y la europea.

En la mayoría de las culturas autóctonas, era entender a la muerte como parte de un ciclo cierto; la muerte como parte de la vida. Así lo escrituraron y celebraban la partida de los hombres y mujeres, tanto como el reposo.

Aquellas culturas que todo lo entendían y todo lo explicaban. No percibían la muerte como el punto final, como tampoco el momento de hacer cuentas por lo hecho en vida.

Por ejemplo, los Mexicas asumían que la vida ultraterrena tenía cuatro destinos:

‘Tlalocan o paraíso de Tláloc, dios de la lluvia. A este sitio se dirigían los que morían en circunstancias relacionadas con el agua: los ahogados, quienes morían por efecto de un rayo; por enfermedades como la gota o la hidropesía, la sarna o las bubas, así como también los niños sacrificados al dios. El Tlalocan era un lugar de reposo y de abundancia.

‘Omeyocan, paraíso del sol, presidido por Huitzilopochtli, el dios de la guerra. A este lugar llegaban sólo los muertos en combate, los cautivos que se sacrificaban y las mujeres que morían en el parto. El Omeyocan era un lugar de gozo permanente, en el que se festejaba al sol y se le acompañaba con música, cantos y bailes. Los muertos que iban al Omeyocan, después de cuatro años, volvían al mundo, convertidos en aves de hermosas plumas multicolores.

‘Mictlán, destinado a quienes morían de muerte natural. Este lugar era habitado por Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl, señor y señora de la muerte. Era un sitio muy oscuro, sin ventanas, del que ya no era posible salir.

‘Chichihuacuauhco, lugar a donde iban los niños muertos antes de su consagración al agua donde se encontraba un árbol de cuyas ramas goteaba leche, para que se alimentaran. Los niños que llegaban aquí volverían a la tierra cuando se destruyese la raza que la habitaba. De esta forma, de la muerte renacería la vida.’

‘El camino para llegar al Mictlán era muy tortuoso y difícil, pues para llegar a él las almas debían transitar por distintos lugares durante cuatro años. Luego de este tiempo, las almas llegaban al Chicunamictlán, lugar donde descansaban o desaparecían las almas de los muertos.

‘Para recorrer este camino, el difunto era enterrado con un perro llamado Xoloitzcuintle, el cual le ayudaría a cruzar un río y llegar ante Mictlantecuhtli, a quien debía entregar, como ofrenda, atados de teas y cañas de perfume, hilos colorados y mantas. Quienes iban al Mictlán recibían, como ofrenda, cuatro flechas y cuatro teas atadas con hilo de algodón.’ (V. Miguel León Portilla)

La sabiduría estaba en reconocerse frágiles, pero también permanentes y eternos. Y el honor para la vida. Y el honor para los muertos. Por su paso vital y su trascendencia.

No en el sentido cristiano de trascendencia... De hecho, los antiguos mexicanos no se entendían con el pecado y la penitencia. A quienes cometían delitos –o pecado- se les castigaba en vida de acuerdo con las leyes existentes. Que para eso existían. Así que más vale que anduvieran derechitos porque aquí mismo eran sometidos a penitencia, vivitos y coleando.

Foto: Mauricio Huizar | El Sol de México

A la llegada de la religión católica se sumaría la idea de que el hombre trasciende a una vida eterna y ocupa un lugar dependiendo su comportamiento en vida: El cielo, el infierno o el purgatorio. Se introdujo el ideal judío-cristiano del sacrificio de un Dios que se hizo hombre, para redimir los pecados y para garantizar la vida eterna.

Esto era una novedad para los antiguos mexicanos: ellos sacrificaban a hombres para alimentar con su sangre a sus dioses y mantenerlos vivos y bien; y morir por motivos religiosos era un privilegio. Aquí un hombre se había sacrificado por todos. En todo caso la preocupación estaba en el qué sigue después de la muerte. Ambas respuestas se conjugaron: si, se van, pero permanecen.

Y así se le dio un sentido más religioso que cosmogónico en la cultura nacional: El sentido de la vida, la muerte, y el paso hacia lo eterno, pero sin morir del todo. Y luego la idea del regreso, precisamente en las fechas que marcaba el calendario europeo para Todos los Santos y los Fieles Difuntos.

Pero ya está. Son los días de nuestros muertos. Como cada año nos encontraremos de nuevo. Esta vez aún más doloroso por los tantos que se han ido en tan poco tiempo; porque deberían estar aquí, entre nosotros, vivos, en la lucha, en la expectativa y la esperanza de una mejor vida, en vida.

Pero se han ido, y a la manera del título de aquel libro de William Saroyan que pedía: “No vayas, pero si vas, saluda a todos”.

Mientras tanto esta vez llegarán nuestros difuntos, estarán en casa --no habrá visita en los panteones--. Estarán a nuestro lado. Disfrutarán lo que podamos ofrecerles. Mucho o poco, pero con mucho amor. Se sentarán justo aquí. En silencio. Para acompañarnos en estos días tristes y para repetir a ojos cerrados, por ellos y por nosotros: “Padre nuestro, que estás en los cielos...


joelhsantiago@gmail.com


Como quizá nunca antes, los Días de Muertos en México este año dejan de ser una fiesta de cariño, consideración, amor y fraternidad entre la vida y lo eterno y lo fugaz para ser una ceremonia doméstica de reflexión, de pesar íntimo-doloroso. Estos son ‘días de guardar’ porque muchos se han ido este 2020 infausto.

Se han ido en muy poco tiempo. Amigos, familiares, conocidos, miles de mexicanos que trabajaban, luchaban, se esforzaban y tenían el sueño de la vida feliz, con los suyos. Tantos... Quedan miles de familias con el dolor de la razón por la que esto ocurrió y el dolor de la ausencia. No son números estadísticos cada uno de ellos; no son más muertos o menos muertos según el discurso político.

Uno sólo sería suficiente para estrechar las manos y sacudir la indolencia... Son gente que ya no está. Y es gente que se queda. Separados por la tenue evanescencia entre la vida y la no vida.

Este año nuestra histórica “Fiesta de muertos” será sin música, sin cantos joviales, sin alegría por la espera. Sí vendrán y estarán con nosotros. Se sentarán junto a cada uno para lamentarnos juntos por ellos mismos, que ya no están, y por miles que en vida lamentan la partida: padres, esposas, hijos, amigos... gente querida...

Foto: Mauricio Huizar | El Sol de México

Uno de los más grandes dolores del hombre es esa: la ausencia. El ya no estar juntos. El ya no mirarlos. El ya no sentir su calor y cercanía. El ya no tener la expectativa de que pronto llegarán para seguir la plática, para seguir la alegría para seguir, incluso, la lectura pendiente. Ya no.

Así que este año hasta los muertos, nuestros muertos, están de luto. Y así que esta vez miraremos al interior de nuestras vidas para valorarlas y para decirnos, casi en silencio, que la vida sigue para quienes tienen el privilegio y que en honor de quienes ya no están será ese silencio y ese recuerdo permanente, así pasen los siglos.

Y sí, por estos días, en cada casa mexicana, cuando sea posible, habrá los altares dispuestos. Y habrá los papelitos de colores. Y las calaveritas de azúcar con el nombre de cada uno; la fruta; los tejocotes; las jícamas; las mandarinas; las naranjas; los cacahuates; los platillos que más les gustaban.

Estará la mesa dispuesta, a como se pueda, porque ellos no tienen la culpa de lo que pasa y lo que ocurre... Habrá ese vaso con agua y ese mezcalito dispuesto, con naranja, sal y piquín, para que sepa más sabroso... Y las veladoras encendidas, para el buen camino de regreso.

Es una buena costumbre esa. Es sana. Es al mismo tiempo confianza en lo eterno, en lo etéreo, en la permanencia del amor a pesar de los pesares. Es como si por unos días, cada año, se abriera un espacio entre el ser y no ser para mirarse unos a otros, para rendirse cuentas, para contribuir a que haya memoria, sin olvido.

Foto: Mauricio Huizar | El Sol de México

A esta fiesta-celebración-ceremonia-ritual que celebramos en México cada año al finalizar octubre y comenzar noviembre, la Unesco la declaró en 2008 como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Está bien. Es cosa de intensidades culturales, y ésta es una de las más importantes que hay en México y que cala en la conciencia nacional.

La costumbre viene de lejos en distintas formas de origen aunque hay un momento en el que para transfigurarla como es hoy en México, hubo un encuentro de culturas con distintas maneras de percibir la vida, la muerte y la magnitud del ser humano: las culturas prehispánicas y la europea.

En la mayoría de las culturas autóctonas, era entender a la muerte como parte de un ciclo cierto; la muerte como parte de la vida. Así lo escrituraron y celebraban la partida de los hombres y mujeres, tanto como el reposo.

Aquellas culturas que todo lo entendían y todo lo explicaban. No percibían la muerte como el punto final, como tampoco el momento de hacer cuentas por lo hecho en vida.

Por ejemplo, los Mexicas asumían que la vida ultraterrena tenía cuatro destinos:

‘Tlalocan o paraíso de Tláloc, dios de la lluvia. A este sitio se dirigían los que morían en circunstancias relacionadas con el agua: los ahogados, quienes morían por efecto de un rayo; por enfermedades como la gota o la hidropesía, la sarna o las bubas, así como también los niños sacrificados al dios. El Tlalocan era un lugar de reposo y de abundancia.

‘Omeyocan, paraíso del sol, presidido por Huitzilopochtli, el dios de la guerra. A este lugar llegaban sólo los muertos en combate, los cautivos que se sacrificaban y las mujeres que morían en el parto. El Omeyocan era un lugar de gozo permanente, en el que se festejaba al sol y se le acompañaba con música, cantos y bailes. Los muertos que iban al Omeyocan, después de cuatro años, volvían al mundo, convertidos en aves de hermosas plumas multicolores.

‘Mictlán, destinado a quienes morían de muerte natural. Este lugar era habitado por Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl, señor y señora de la muerte. Era un sitio muy oscuro, sin ventanas, del que ya no era posible salir.

‘Chichihuacuauhco, lugar a donde iban los niños muertos antes de su consagración al agua donde se encontraba un árbol de cuyas ramas goteaba leche, para que se alimentaran. Los niños que llegaban aquí volverían a la tierra cuando se destruyese la raza que la habitaba. De esta forma, de la muerte renacería la vida.’

‘El camino para llegar al Mictlán era muy tortuoso y difícil, pues para llegar a él las almas debían transitar por distintos lugares durante cuatro años. Luego de este tiempo, las almas llegaban al Chicunamictlán, lugar donde descansaban o desaparecían las almas de los muertos.

‘Para recorrer este camino, el difunto era enterrado con un perro llamado Xoloitzcuintle, el cual le ayudaría a cruzar un río y llegar ante Mictlantecuhtli, a quien debía entregar, como ofrenda, atados de teas y cañas de perfume, hilos colorados y mantas. Quienes iban al Mictlán recibían, como ofrenda, cuatro flechas y cuatro teas atadas con hilo de algodón.’ (V. Miguel León Portilla)

La sabiduría estaba en reconocerse frágiles, pero también permanentes y eternos. Y el honor para la vida. Y el honor para los muertos. Por su paso vital y su trascendencia.

No en el sentido cristiano de trascendencia... De hecho, los antiguos mexicanos no se entendían con el pecado y la penitencia. A quienes cometían delitos –o pecado- se les castigaba en vida de acuerdo con las leyes existentes. Que para eso existían. Así que más vale que anduvieran derechitos porque aquí mismo eran sometidos a penitencia, vivitos y coleando.

Foto: Mauricio Huizar | El Sol de México

A la llegada de la religión católica se sumaría la idea de que el hombre trasciende a una vida eterna y ocupa un lugar dependiendo su comportamiento en vida: El cielo, el infierno o el purgatorio. Se introdujo el ideal judío-cristiano del sacrificio de un Dios que se hizo hombre, para redimir los pecados y para garantizar la vida eterna.

Esto era una novedad para los antiguos mexicanos: ellos sacrificaban a hombres para alimentar con su sangre a sus dioses y mantenerlos vivos y bien; y morir por motivos religiosos era un privilegio. Aquí un hombre se había sacrificado por todos. En todo caso la preocupación estaba en el qué sigue después de la muerte. Ambas respuestas se conjugaron: si, se van, pero permanecen.

Y así se le dio un sentido más religioso que cosmogónico en la cultura nacional: El sentido de la vida, la muerte, y el paso hacia lo eterno, pero sin morir del todo. Y luego la idea del regreso, precisamente en las fechas que marcaba el calendario europeo para Todos los Santos y los Fieles Difuntos.

Pero ya está. Son los días de nuestros muertos. Como cada año nos encontraremos de nuevo. Esta vez aún más doloroso por los tantos que se han ido en tan poco tiempo; porque deberían estar aquí, entre nosotros, vivos, en la lucha, en la expectativa y la esperanza de una mejor vida, en vida.

Pero se han ido, y a la manera del título de aquel libro de William Saroyan que pedía: “No vayas, pero si vas, saluda a todos”.

Mientras tanto esta vez llegarán nuestros difuntos, estarán en casa --no habrá visita en los panteones--. Estarán a nuestro lado. Disfrutarán lo que podamos ofrecerles. Mucho o poco, pero con mucho amor. Se sentarán justo aquí. En silencio. Para acompañarnos en estos días tristes y para repetir a ojos cerrados, por ellos y por nosotros: “Padre nuestro, que estás en los cielos...


joelhsantiago@gmail.com


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