/ viernes 24 de enero de 2020

Hojas de papel volando | "Sin un amor, la vida no se llama vida..."

Muchos buscamos la forma de expresar nuestros pareceres más íntimos y dejamos a otros que lo hagan por uno, y si lo dicen con música, pues qué mejor...

Era y es muy chingón: De pronto un trío ante la ventana de la mujer amada, de pronto luz apagada tras enrejado y cortinas de seda; de pronto comienza la música y, como quien no quiere la cosa, se percibe que la muchacha en sutil camisón de noche enciende la luz y asoma su naricilla haciendo a un lado un poco de cortina... Y sus ojos brillan y sonríe emocionada... El trío entona dulce bolero con el que, el muchacho de la película, le quiere decir simple y sencillamente: “Novia mía, novia mía; cascabel de plata y oro, tienes que ser mi mujer...” Suspiro en la sala...

Y es que, así como no queriendo la cosa, muchos buscamos la forma de expresar nuestros pareceres más íntimos, los más decorosos, sin tener que decirlos con nuestras palabras por vergüenza, decoro o timidez y dejamos a otros que lo hagan por uno, y si lo dicen con música, pues qué mejor...

Mucho tiempo antes eran epístolas, recordar a Cyrano de Bergerac (1897), por ejemplo...: “Me pongo a hacer caer estrellas del cielo, luego por miedo al ridículo, paro y recojo pequeñas flores de elocuencia.” O versos de intensidad profunda, como Jaime Sabines...: “Quiero comer contigo, estar, amar contigo, quiero tocarte, verte.”...

Todo aquello que halaga a la mujer querida hasta el dulce sueño y su suspirar; o la pintura o la ópera...el teatro, el cine... De todo se vale el homo sapiens para decir: “Te quiero (aunque no me quieras)”. Y así hay palabras que dichas de otra manera son al mismo tiempo convincentes como dramáticas o dulces o intensas, sabrosas, melosas y caramelosas...

Y todo esto viene a cuento porque de pronto en México hay formas y modos de decir las cosas que no pasan de moda, a pesar de los avatares, del avasallamiento de lo intenso, emotivo y rítmico, que no está mal, claro, pero que no es de otro modo lo mismo...

“¡Es tiempo de bolero!” se escuchaba en la XEW mexicana por allá de los 30 y 40 del siglo pasado... ¿Mucho tiempo? Sí, pero ya lo dijimos aquí mismo hace unos días: el tiempo es relativo; lo hacemos nosotros... Y comenzaban a desgranarse desde entonces y hasta los años sesenta, grandes boleros, ya cubanos o mexicanos, que fueron la cuna del suspiro, el cariño, el reproche y el “pasaste a mi lado, con gran indiferencia, tus ojos ni siquiera voltearon hacia mí...”

El bolero es un género musical al que le cuesta trabajo desaparecer, y así como en oleadas de pronto parece que no está, para dar paso a distintas formas musicales, para hacer un poco de aire quizá más fresco, para que muchachas y muchachos se encuentren en su propio tiempo haciendo lo que mejor les va, ya balada, ya tropical, ya rock –que tampoco pasa de moda, ni pasará--, o tanto más que se escuchan, para decir cosas distintas de modos distintos. Pero el bolero... ¡mmm, el bolero!

Para algunos de espíritu recio y de piedra es música y letra cursis; es exponerse a la vista, al portador, de todos los demás; es como si se exhibieran los sentimientos de uno a ras de suelo sin ton ni son, dicen. Y pasan a un lado haciendo un mohín de “¡cursilerías!”, con la nariz respingada.

Pero la mayoría de los seres humanos de hoy están ahí, al rescate de los boleros que dicen cosas que también queremos escuchar. Las mujeres hacen boleros de amor, como fue María Grever que nos exige: “Júrame que aunque pase mucho tiempo no olvidarás el momento en que yo te conocí...” o Consuelo Velázquez que le heredó a la humanidad el “Bésame, bésame mucho, como si fuera esta noche la última vez...” Grrrr.

Pues nada, que el bolero, como género musical, tomó el nombre del bolero español, pero nadamás porque ni en ritmo ni en contenido tienen semejanzas. Nació en 1840 en Santiago de Cuba, como confluencia de muchos géneros y sonidos anteriores como aquel incipiente danzón o las habaneras, romanzas y tanto resumido en ese nuevo género que se marcaba más con guitarras y percusión, al que luego se agregó letra.

El primer bolero conocido es cubano (1883), es de José ‘Pepe’ Sánchez, el “Rey de la Trova” y se llama “Tristezas”: “Tristezas me dan tus quejas mujer; profundo dolor que dudes de mí; no hay prueba de amor que deje entrever; cuánto sufro y padezco por ti”... Y de ahí en adelante se desgranó tanto su ritmo tenue como aquellas letras que expresaban romance, en época romántica del mundo.

Y es así que con la migración cubana a México, el bolero entra en 1898 por la puerta grande: Yucatán. Es ahí en donde se asienta este género que caló inmediato en el gusto peninsular y asume aquí un modo distintivo novedoso y propio. Y avanza en su camino; y es hasta 1925 cuando el estilo yucateco le da sello en la obra de un trovador joven y por lo mismo novedoso: Guty Cárdenas.

Antes se había compuesto el primer gran bolero mexicano, fue en 1921 por Armando Villareal Lozano, de Sabinas Hidalgo, Nuevo León. Se llama “Morenita mía”... “Conocí a una linda morenita y la quise mucho; por las tardes iba enamorado y cariñoso a verla; al contemplar sus ojos, mi pasión crecía...” y se la compuso a su novia, quien luego sería su esposa.

Pero ya estaba digerida la jalea. El gusto por el bolero en México comenzó lento pero firme y autores y compositores los escribían a tono con el gusto que en principio era de la élite mexicana, pero que derivó en el gusto popular apoyado en la radio y más tarde en los ‘fonógrafos’. En las primeras décadas del siglo XX, la Compañía Víctor lanzó una campaña de producción masiva de esos ‘fonógrafos’ –discos- e invitaba a producir música que “tocara la fibra sentimental de los potenciales compradores de la ‘Victrola’” (Evangelina Tapia T. 2007).

En la radio la XEW “La voz de América Latina desde México” nunca fue más cierto, pues sus transmisiones permitieron la profusa divulgación del bolero en todo el continente americano. Surgieron compositores como Alfonso Esparza Oteo, el mismo Guty Cárdenas ya instalado en el gusto nacional, Domingo Casanova y el muy consolidado Agustín Lara, que le da un sentido aún más intenso, emotivo, casi casi arrabalero a sus boleros...:

“Vende caro tu amor, aventurera...”; “Perdida, te ha llamado la gente, sin saber que has sufrido con desesperación...”: “Hipócrita, sencillamente hipócrita, perversa...te burlaste de mí...”... uhhhhh, todo el sufrimiento puesto ahí para que el corazón se envolviera en miel, melcocha o dolor... Claro, también los hizo a tono romántico y sensual y en tono modernista.... “Azul, como una ojera de mujer...”... “Blanco diván de tul aguardará, tu exquisito abandono de mujer...”... Y qué tal el gran Alvaro Carrillo, sin duda el ejemplo supremo del bolero mexicano...

Y tanto en Cuba como en México y en muchos países de América Latina comenzaron a surgir boleros en distintas modalidades, cantantes de boleros, empresas que funcionaban en torno al bolero, como disqueras, radiodifusoras, cine, teatro de revista... “cancioneros” impresos...

Pero sobre todo el auge de los “Tríos” en México, que eran agrupaciones musicales con tres integrantes que hacían tarea distinta pero que armonizaban voces y música para endulzar amores o reproches. “Trio Los Caballeros”; “Los Dandys”; “Los Diamantes”; “Los Tecolines”; “Los Delfines”; “Los Ases”; “Los Jaibos”; “Los Duendes”; “Los fantasmas”; “Los Santos”; “Los Montejo”...tantos más, y tan importantes, como el trío emblemático del bolero más consolidado: “Los Panchos”.

Y solistas cantantes, hombres y mujeres: Pedro Infante, Jorge Negrete, Pedro Vargas, José Alfredo Jiménez, el gran Javier Solís, Fernando Fernández, Daniel Riolobos, Genaro Salinas, Bienvenido Granda, “Toña, La Negra”, Ana María González, Avelina y María Luisa Landín... ¿quiénes más? Bueno, Frank Sinatra cantó boleros, como Perry Como o los cantan muchos aun, fuera y dentro.

Tantos que aun llenan el panorama musical de México en un género que convivía y convive muy a gusto con los ritmos tropicales, los sonidos regionales, la música latinoamericana, los danzones y los mambos y chachachás... el pop, el rock... Y el bolero tan campante’ con compositores que mantienen viva de amor la flama...

Y lo dicho, de pronto desaparece o es como si no estuviera ahí, agazapado, esperando solitarios románticos que quieren escucharse en otras palabras, para escuchar el mensaje, para saborear la música... la “música ligada a su recuerdo”...

Aunque es presente y de tiempo en tiempo, cantantes y grupos musicales recurren al bolero como forma de comunicación con viejos y jóvenes, porque es así... porque cuando se escucha un bolero se colocan los cinco sentidos en nuestra mirada absorta, silenciosa, fija, dispuesta en su propio “diván de tul”, porque “Siempre que te pregunto, que cómo, cuándo y dónde, tú siempre me respondes: Quizás, quizás, quizás...”

joelhsantiago@gmail.com

Era y es muy chingón: De pronto un trío ante la ventana de la mujer amada, de pronto luz apagada tras enrejado y cortinas de seda; de pronto comienza la música y, como quien no quiere la cosa, se percibe que la muchacha en sutil camisón de noche enciende la luz y asoma su naricilla haciendo a un lado un poco de cortina... Y sus ojos brillan y sonríe emocionada... El trío entona dulce bolero con el que, el muchacho de la película, le quiere decir simple y sencillamente: “Novia mía, novia mía; cascabel de plata y oro, tienes que ser mi mujer...” Suspiro en la sala...

Y es que, así como no queriendo la cosa, muchos buscamos la forma de expresar nuestros pareceres más íntimos, los más decorosos, sin tener que decirlos con nuestras palabras por vergüenza, decoro o timidez y dejamos a otros que lo hagan por uno, y si lo dicen con música, pues qué mejor...

Mucho tiempo antes eran epístolas, recordar a Cyrano de Bergerac (1897), por ejemplo...: “Me pongo a hacer caer estrellas del cielo, luego por miedo al ridículo, paro y recojo pequeñas flores de elocuencia.” O versos de intensidad profunda, como Jaime Sabines...: “Quiero comer contigo, estar, amar contigo, quiero tocarte, verte.”...

Todo aquello que halaga a la mujer querida hasta el dulce sueño y su suspirar; o la pintura o la ópera...el teatro, el cine... De todo se vale el homo sapiens para decir: “Te quiero (aunque no me quieras)”. Y así hay palabras que dichas de otra manera son al mismo tiempo convincentes como dramáticas o dulces o intensas, sabrosas, melosas y caramelosas...

Y todo esto viene a cuento porque de pronto en México hay formas y modos de decir las cosas que no pasan de moda, a pesar de los avatares, del avasallamiento de lo intenso, emotivo y rítmico, que no está mal, claro, pero que no es de otro modo lo mismo...

“¡Es tiempo de bolero!” se escuchaba en la XEW mexicana por allá de los 30 y 40 del siglo pasado... ¿Mucho tiempo? Sí, pero ya lo dijimos aquí mismo hace unos días: el tiempo es relativo; lo hacemos nosotros... Y comenzaban a desgranarse desde entonces y hasta los años sesenta, grandes boleros, ya cubanos o mexicanos, que fueron la cuna del suspiro, el cariño, el reproche y el “pasaste a mi lado, con gran indiferencia, tus ojos ni siquiera voltearon hacia mí...”

El bolero es un género musical al que le cuesta trabajo desaparecer, y así como en oleadas de pronto parece que no está, para dar paso a distintas formas musicales, para hacer un poco de aire quizá más fresco, para que muchachas y muchachos se encuentren en su propio tiempo haciendo lo que mejor les va, ya balada, ya tropical, ya rock –que tampoco pasa de moda, ni pasará--, o tanto más que se escuchan, para decir cosas distintas de modos distintos. Pero el bolero... ¡mmm, el bolero!

Para algunos de espíritu recio y de piedra es música y letra cursis; es exponerse a la vista, al portador, de todos los demás; es como si se exhibieran los sentimientos de uno a ras de suelo sin ton ni son, dicen. Y pasan a un lado haciendo un mohín de “¡cursilerías!”, con la nariz respingada.

Pero la mayoría de los seres humanos de hoy están ahí, al rescate de los boleros que dicen cosas que también queremos escuchar. Las mujeres hacen boleros de amor, como fue María Grever que nos exige: “Júrame que aunque pase mucho tiempo no olvidarás el momento en que yo te conocí...” o Consuelo Velázquez que le heredó a la humanidad el “Bésame, bésame mucho, como si fuera esta noche la última vez...” Grrrr.

Pues nada, que el bolero, como género musical, tomó el nombre del bolero español, pero nadamás porque ni en ritmo ni en contenido tienen semejanzas. Nació en 1840 en Santiago de Cuba, como confluencia de muchos géneros y sonidos anteriores como aquel incipiente danzón o las habaneras, romanzas y tanto resumido en ese nuevo género que se marcaba más con guitarras y percusión, al que luego se agregó letra.

El primer bolero conocido es cubano (1883), es de José ‘Pepe’ Sánchez, el “Rey de la Trova” y se llama “Tristezas”: “Tristezas me dan tus quejas mujer; profundo dolor que dudes de mí; no hay prueba de amor que deje entrever; cuánto sufro y padezco por ti”... Y de ahí en adelante se desgranó tanto su ritmo tenue como aquellas letras que expresaban romance, en época romántica del mundo.

Y es así que con la migración cubana a México, el bolero entra en 1898 por la puerta grande: Yucatán. Es ahí en donde se asienta este género que caló inmediato en el gusto peninsular y asume aquí un modo distintivo novedoso y propio. Y avanza en su camino; y es hasta 1925 cuando el estilo yucateco le da sello en la obra de un trovador joven y por lo mismo novedoso: Guty Cárdenas.

Antes se había compuesto el primer gran bolero mexicano, fue en 1921 por Armando Villareal Lozano, de Sabinas Hidalgo, Nuevo León. Se llama “Morenita mía”... “Conocí a una linda morenita y la quise mucho; por las tardes iba enamorado y cariñoso a verla; al contemplar sus ojos, mi pasión crecía...” y se la compuso a su novia, quien luego sería su esposa.

Pero ya estaba digerida la jalea. El gusto por el bolero en México comenzó lento pero firme y autores y compositores los escribían a tono con el gusto que en principio era de la élite mexicana, pero que derivó en el gusto popular apoyado en la radio y más tarde en los ‘fonógrafos’. En las primeras décadas del siglo XX, la Compañía Víctor lanzó una campaña de producción masiva de esos ‘fonógrafos’ –discos- e invitaba a producir música que “tocara la fibra sentimental de los potenciales compradores de la ‘Victrola’” (Evangelina Tapia T. 2007).

En la radio la XEW “La voz de América Latina desde México” nunca fue más cierto, pues sus transmisiones permitieron la profusa divulgación del bolero en todo el continente americano. Surgieron compositores como Alfonso Esparza Oteo, el mismo Guty Cárdenas ya instalado en el gusto nacional, Domingo Casanova y el muy consolidado Agustín Lara, que le da un sentido aún más intenso, emotivo, casi casi arrabalero a sus boleros...:

“Vende caro tu amor, aventurera...”; “Perdida, te ha llamado la gente, sin saber que has sufrido con desesperación...”: “Hipócrita, sencillamente hipócrita, perversa...te burlaste de mí...”... uhhhhh, todo el sufrimiento puesto ahí para que el corazón se envolviera en miel, melcocha o dolor... Claro, también los hizo a tono romántico y sensual y en tono modernista.... “Azul, como una ojera de mujer...”... “Blanco diván de tul aguardará, tu exquisito abandono de mujer...”... Y qué tal el gran Alvaro Carrillo, sin duda el ejemplo supremo del bolero mexicano...

Y tanto en Cuba como en México y en muchos países de América Latina comenzaron a surgir boleros en distintas modalidades, cantantes de boleros, empresas que funcionaban en torno al bolero, como disqueras, radiodifusoras, cine, teatro de revista... “cancioneros” impresos...

Pero sobre todo el auge de los “Tríos” en México, que eran agrupaciones musicales con tres integrantes que hacían tarea distinta pero que armonizaban voces y música para endulzar amores o reproches. “Trio Los Caballeros”; “Los Dandys”; “Los Diamantes”; “Los Tecolines”; “Los Delfines”; “Los Ases”; “Los Jaibos”; “Los Duendes”; “Los fantasmas”; “Los Santos”; “Los Montejo”...tantos más, y tan importantes, como el trío emblemático del bolero más consolidado: “Los Panchos”.

Y solistas cantantes, hombres y mujeres: Pedro Infante, Jorge Negrete, Pedro Vargas, José Alfredo Jiménez, el gran Javier Solís, Fernando Fernández, Daniel Riolobos, Genaro Salinas, Bienvenido Granda, “Toña, La Negra”, Ana María González, Avelina y María Luisa Landín... ¿quiénes más? Bueno, Frank Sinatra cantó boleros, como Perry Como o los cantan muchos aun, fuera y dentro.

Tantos que aun llenan el panorama musical de México en un género que convivía y convive muy a gusto con los ritmos tropicales, los sonidos regionales, la música latinoamericana, los danzones y los mambos y chachachás... el pop, el rock... Y el bolero tan campante’ con compositores que mantienen viva de amor la flama...

Y lo dicho, de pronto desaparece o es como si no estuviera ahí, agazapado, esperando solitarios románticos que quieren escucharse en otras palabras, para escuchar el mensaje, para saborear la música... la “música ligada a su recuerdo”...

Aunque es presente y de tiempo en tiempo, cantantes y grupos musicales recurren al bolero como forma de comunicación con viejos y jóvenes, porque es así... porque cuando se escucha un bolero se colocan los cinco sentidos en nuestra mirada absorta, silenciosa, fija, dispuesta en su propio “diván de tul”, porque “Siempre que te pregunto, que cómo, cuándo y dónde, tú siempre me respondes: Quizás, quizás, quizás...”

joelhsantiago@gmail.com

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