/ viernes 6 de noviembre de 2020

Hojas de papel volando | Paisajes que fueron México

Es el caso de la obra de José María Velasco. Una expresión máxima de dos esplendores: el de la ciudad de México en el siglo XIX, y el esplendor de un artista que revolucionó la pintura mexicana

La Ciudad de México, o este Alto Valle Metafísico que dijera Alfonso Reyes, ha sido motivo de inspiración, de encanto, de amor, emoción para uno de los poemas más emblemáticos que se hubieran escrito para ciudad alguna.

Independiente del fervor prehispánico por sus ciudades, la grandeza de sus construcciones, la arquitectura hecha maestría, la pasión por los espacios libres, aireados, transparentes y jardines cuajados de floresta y tanto más, esto hizo que a la entrada de los españoles a la capital del imperio mexica en 1519 quedaran maravillados ante tal magnificencia.

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Años después, Bernardo de Balbuena, un fraile y poeta español afincado en México miró con agudeza y entusiasmo a la gran Ciudad de México en un poema que escribió en 1604 para doña Isabel de Tobar y Guzmán, quien le pidió que, con motivo de su viaje desde San Miguel de Culiacán a la capital de la Colonia, le hiciera un "perfectísimo retrato" de la más grande ciudad de la Nueva España. Él le regaló el enorme poema: “La Grandeza Mexicana”: “De la famosa México el asiento...”

Y de ahí en adelante un emotivo retrato de lo que era, la ciudad de México; a la que Alexander von Humboldt calificara como “Ciudad de los palacios” y que en 1804 a su llegada a la capital de la Nueva España lo hiciera exclamar: “Viajero, has llegado a la región más transparente del aire”.

Expresión que muchos años después habría de servir a Carlos Fuentes para su libro: “La región más transparente” en un retrato casi gótico de lo que ya era esta capital a mediados del siglo XX.

Tanto se ha descrito de Tenochtitlan-de Nueva España- Ciudad de México- Distrito Federal- Ciudad de México... Nacionales y extranjeros. Música, arquitectura, cine, teatro, ciencia, historia: principio y trayectoria de una ciudad que de 200 mil habitantes a la llegada de los españoles pasa ya a contar en el mismo espacio con 12 millones de habitantes y otro tanto de quienes aquí concurren día a día desde los estados colindantes.

La plástica no podía ser menos. La Ciudad de México ha sido y es motivo de reflexión para quienes ponen en el lienzo no sólo lo que ven, que sería el retrato de las cosas, sino la emoción del lugar y su propia emoción de artista.

Es el caso de la obra de José María Velasco. Una expresión máxima de dos esplendores: el de la ciudad de México en el siglo XIX, y el esplendor de un artista que revolucionó la pintura mexicana en aquel momento y que trajo un nuevo sentido a la expresión plástica.

Si bien la pintura mexicana, ya colonial o independiente, fue de altísimo nivel en su calidad artística como técnica, los elementos de los que se nutría hasta poco más de la mitad del siglo XIX eran sobre todo del tema religioso o lo profundamente estético-humano, que es decir, la figura humana predominaba en las obras plásticas de la época. (V. Hojas de papel volando: “El arte religioso mexicano-Miradas al cielo”).

Y en esto José María Velasco un innovador. Con enorme talento supo expresarse a través del paisaje, con lo que rechazaba a la figura humana como eje central de la pintura y la expresión plástica.

Fue un pintor con enorme vocación y dotado desde niño, a pesar de que en su familia no había antecedentes de pintores o artistas, pronto él mismo encontró su gusto por el dibujo y la pintura.

No provenía de una familia extremadamente pobre, pero sí tenían que trabajar duro para subsistir en la medianía de sus posibilidades. Su padre quiso mejorar la situación y decidió trasladar a la familia de Temascalcingo, Estado de México, a la capital del país en 1849: eran el padre, la madre y cinco hijos. El primero de ellos José María, que en ese momento tenía nueve años.

Nació el 6 de julio de 1840 en Temascalcingo, Estado de México. El mayor de cinco hermanos que fue bautizado como José María Tranquilino Francisco de Jesús Velasco y Gómez-Obregón. En 1849 su padre, Don Felipe decidió trasladar a la familia a la Villa de Guadalupe en la capital del país. A los cinco meses murió víctima de una epidemia de cólera morbo que asoló a la ciudad en aquellos días.

Como hermano mayor y sólo con su mamá, doña María Antonia Gómez-Obregón, tenía que trabajar para apoyar a la economía de la casa. Lo hizo como dependiente de una tienda de ropa y rebosos durante el día y tomaba clases de pintura en el turno nocturno de la Escuela de Bellas Artes de la Academia de San Carlos a la que entró como “meritorio”, lo que hizo que durante meses hiciera sus ejercicios en los pasillos de la escuela con Miguel Mata, como instructor.

Destacó entre sus compañeros. Y junto con el escultor Felipe Sojo, pasó a recibir clases de Juan Urruchi y de ahí a tomar clases de paisaje, ni más ni menos que con el pintor italiano afincado en México: Eugenio Landesio. Conoció entonces, también, al director de San Carlos, el pintor español Pelegrín Clavé. Ambos serían pieza clave para definir el futuro artístico de José María Velasco.

“Landesio habló mucho a sus alumnos sobre las reglas de composición, les refirió sus estudios, sus obras, les hacía notar todas las bellezas que encontraba a su paso, tomando en cuenta los muchos detalles de luz, color y forma.” Esto último interesó en particular a Velasco: Luz, color y forma.

A los 18 años consiguió la plaza de profesor de perspectiva en la misma Academia de San Carlos. Y mantuvo el aprendizaje tanto con Landesio como con Clavé. Pero también se interesó en estudiar anatomía humana, geología, botánica, zoología, matemáticas y física, lo que consideró indispensable para expresar con mejores elementos técnicos-científicos y a la naturaleza. Lo consiguió y pronto superó a sus maestros.

En 1860, el pintor Santiago Rebull fue nombrado Director General de San Carlos de México quien junto con Landesio y Rebull organizaron un concurso, cuyo premio sería el de una pensión. El ganador fue Velasco con su obra del “Ex convento de San Agustín”.

Aparte del beneficio económico esto le estimuló para decidirse como pintor-paisajista. Decidió dejar el recinto académico y salir al campo para retratar los grandes paisajes mexicanos, los mismos que hoy son el emblema de su obra y el conocimiento de cómo era la ciudad de México entonces.

En 1875 pinta su primera gran obra maestra: El valle de México. Ahí se ve su maestría en la perspectiva, el color, la vaguedad de la iluminación que no agrede pero que se percibe como si el aire tocara cada elemento.

Es un paisaje rocoso con poca vegetación. Se ve la ciudad a lo lejos y al fondo los volcanes que presiden la vida de la capital. Lo pintó desde una de las colinas de la Villa de Guadalupe. Cuando vio esta obra Eugenio Landesio, su maestro y compadre –padrino de la hija de Velasco- expresó eufórico: "Nada mejor se puede hacer después de eso". (Todo esto lo dicen los libros)

En 1877, Velasco hizo otra obra magna: “México”, en la que concentra sus esfuerzos en la profundidad de la composición. ‘Los pequeños detalles del fondo (rocas, sotos, pequeñas casas, caminos) establecen un contrapunto deslumbrante con las nubes que se despliegan monumentales sobre las suaves curvas del terreno.’

Habrían otros dos periodos de su obra: de 1890 y 1892, que aplica lo que en Francia comenzaba a llamase ‘impresionismo’ (V. “El Valle de México desde Atraeualco” y “Ajusto, visto desde el Tepeyac.”) Y de 1892 a 1912 con telas como “Rocas del cerro de Atzacoalco”, “Pirámide del Sol en Teotihuacán”, “Templo de San Bernardo”, Cascada de Nevaxa” y “El puente de Metlac”.

En vida Velasco recibió muchos reconocimientos. Fue un artista reconocido dentro y fuera del país. Su obra influiría luego a los grandes pintores mexicanos, sobre todo a los muralistas, aunque con el paso del tiempo sus técnicas como su perspectiva e ideal cambiarían de lo idílico a lo revolucionario.

Murió el 26 de agosto de 1912 en su casa de la Villa de Guadalupe y fue sepultado en el panteón del Tepeyac.

La ciudad de México cambió de fisonomía. Se transformó. Se enorgullecía de sí, pero también se corrompía y se transformaba hasta llegar a ser ese espacio gris, humeante, bochornoso y congestionado: el Alto Valle Metafísico se ha transformado, lo que hizo replicar a don Alfonso Reyes: “¿Qué han hecho de mi Alto Valle Metafísico?

Pues eso que vemos hoy, que nos abraza, que nos permite vivir. Una ciudad que, a pesar de los pesares, queremos mucho... porque “es un rehilete que engaña la vista al girar”.


joelhsantiago@gmail.com






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Años después, Bernardo de Balbuena, un fraile y poeta español afincado en México miró con agudeza y entusiasmo a la gran Ciudad de México en un poema que escribió en 1604 para doña Isabel de Tobar y Guzmán, quien le pidió que, con motivo de su viaje desde San Miguel de Culiacán a la capital de la Colonia, le hiciera un "perfectísimo retrato" de la más grande ciudad de la Nueva España. Él le regaló el enorme poema: “La Grandeza Mexicana”: “De la famosa México el asiento...”

Y de ahí en adelante un emotivo retrato de lo que era, la ciudad de México; a la que Alexander von Humboldt calificara como “Ciudad de los palacios” y que en 1804 a su llegada a la capital de la Nueva España lo hiciera exclamar: “Viajero, has llegado a la región más transparente del aire”.

Expresión que muchos años después habría de servir a Carlos Fuentes para su libro: “La región más transparente” en un retrato casi gótico de lo que ya era esta capital a mediados del siglo XX.

Tanto se ha descrito de Tenochtitlan-de Nueva España- Ciudad de México- Distrito Federal- Ciudad de México... Nacionales y extranjeros. Música, arquitectura, cine, teatro, ciencia, historia: principio y trayectoria de una ciudad que de 200 mil habitantes a la llegada de los españoles pasa ya a contar en el mismo espacio con 12 millones de habitantes y otro tanto de quienes aquí concurren día a día desde los estados colindantes.

La plástica no podía ser menos. La Ciudad de México ha sido y es motivo de reflexión para quienes ponen en el lienzo no sólo lo que ven, que sería el retrato de las cosas, sino la emoción del lugar y su propia emoción de artista.

Es el caso de la obra de José María Velasco. Una expresión máxima de dos esplendores: el de la ciudad de México en el siglo XIX, y el esplendor de un artista que revolucionó la pintura mexicana en aquel momento y que trajo un nuevo sentido a la expresión plástica.

Si bien la pintura mexicana, ya colonial o independiente, fue de altísimo nivel en su calidad artística como técnica, los elementos de los que se nutría hasta poco más de la mitad del siglo XIX eran sobre todo del tema religioso o lo profundamente estético-humano, que es decir, la figura humana predominaba en las obras plásticas de la época. (V. Hojas de papel volando: “El arte religioso mexicano-Miradas al cielo”).

Y en esto José María Velasco un innovador. Con enorme talento supo expresarse a través del paisaje, con lo que rechazaba a la figura humana como eje central de la pintura y la expresión plástica.

Fue un pintor con enorme vocación y dotado desde niño, a pesar de que en su familia no había antecedentes de pintores o artistas, pronto él mismo encontró su gusto por el dibujo y la pintura.

No provenía de una familia extremadamente pobre, pero sí tenían que trabajar duro para subsistir en la medianía de sus posibilidades. Su padre quiso mejorar la situación y decidió trasladar a la familia de Temascalcingo, Estado de México, a la capital del país en 1849: eran el padre, la madre y cinco hijos. El primero de ellos José María, que en ese momento tenía nueve años.

Nació el 6 de julio de 1840 en Temascalcingo, Estado de México. El mayor de cinco hermanos que fue bautizado como José María Tranquilino Francisco de Jesús Velasco y Gómez-Obregón. En 1849 su padre, Don Felipe decidió trasladar a la familia a la Villa de Guadalupe en la capital del país. A los cinco meses murió víctima de una epidemia de cólera morbo que asoló a la ciudad en aquellos días.

Como hermano mayor y sólo con su mamá, doña María Antonia Gómez-Obregón, tenía que trabajar para apoyar a la economía de la casa. Lo hizo como dependiente de una tienda de ropa y rebosos durante el día y tomaba clases de pintura en el turno nocturno de la Escuela de Bellas Artes de la Academia de San Carlos a la que entró como “meritorio”, lo que hizo que durante meses hiciera sus ejercicios en los pasillos de la escuela con Miguel Mata, como instructor.

Destacó entre sus compañeros. Y junto con el escultor Felipe Sojo, pasó a recibir clases de Juan Urruchi y de ahí a tomar clases de paisaje, ni más ni menos que con el pintor italiano afincado en México: Eugenio Landesio. Conoció entonces, también, al director de San Carlos, el pintor español Pelegrín Clavé. Ambos serían pieza clave para definir el futuro artístico de José María Velasco.

“Landesio habló mucho a sus alumnos sobre las reglas de composición, les refirió sus estudios, sus obras, les hacía notar todas las bellezas que encontraba a su paso, tomando en cuenta los muchos detalles de luz, color y forma.” Esto último interesó en particular a Velasco: Luz, color y forma.

A los 18 años consiguió la plaza de profesor de perspectiva en la misma Academia de San Carlos. Y mantuvo el aprendizaje tanto con Landesio como con Clavé. Pero también se interesó en estudiar anatomía humana, geología, botánica, zoología, matemáticas y física, lo que consideró indispensable para expresar con mejores elementos técnicos-científicos y a la naturaleza. Lo consiguió y pronto superó a sus maestros.

En 1860, el pintor Santiago Rebull fue nombrado Director General de San Carlos de México quien junto con Landesio y Rebull organizaron un concurso, cuyo premio sería el de una pensión. El ganador fue Velasco con su obra del “Ex convento de San Agustín”.

Aparte del beneficio económico esto le estimuló para decidirse como pintor-paisajista. Decidió dejar el recinto académico y salir al campo para retratar los grandes paisajes mexicanos, los mismos que hoy son el emblema de su obra y el conocimiento de cómo era la ciudad de México entonces.

En 1875 pinta su primera gran obra maestra: El valle de México. Ahí se ve su maestría en la perspectiva, el color, la vaguedad de la iluminación que no agrede pero que se percibe como si el aire tocara cada elemento.

Es un paisaje rocoso con poca vegetación. Se ve la ciudad a lo lejos y al fondo los volcanes que presiden la vida de la capital. Lo pintó desde una de las colinas de la Villa de Guadalupe. Cuando vio esta obra Eugenio Landesio, su maestro y compadre –padrino de la hija de Velasco- expresó eufórico: "Nada mejor se puede hacer después de eso". (Todo esto lo dicen los libros)

En 1877, Velasco hizo otra obra magna: “México”, en la que concentra sus esfuerzos en la profundidad de la composición. ‘Los pequeños detalles del fondo (rocas, sotos, pequeñas casas, caminos) establecen un contrapunto deslumbrante con las nubes que se despliegan monumentales sobre las suaves curvas del terreno.’

Habrían otros dos periodos de su obra: de 1890 y 1892, que aplica lo que en Francia comenzaba a llamase ‘impresionismo’ (V. “El Valle de México desde Atraeualco” y “Ajusto, visto desde el Tepeyac.”) Y de 1892 a 1912 con telas como “Rocas del cerro de Atzacoalco”, “Pirámide del Sol en Teotihuacán”, “Templo de San Bernardo”, Cascada de Nevaxa” y “El puente de Metlac”.

En vida Velasco recibió muchos reconocimientos. Fue un artista reconocido dentro y fuera del país. Su obra influiría luego a los grandes pintores mexicanos, sobre todo a los muralistas, aunque con el paso del tiempo sus técnicas como su perspectiva e ideal cambiarían de lo idílico a lo revolucionario.

Murió el 26 de agosto de 1912 en su casa de la Villa de Guadalupe y fue sepultado en el panteón del Tepeyac.

La ciudad de México cambió de fisonomía. Se transformó. Se enorgullecía de sí, pero también se corrompía y se transformaba hasta llegar a ser ese espacio gris, humeante, bochornoso y congestionado: el Alto Valle Metafísico se ha transformado, lo que hizo replicar a don Alfonso Reyes: “¿Qué han hecho de mi Alto Valle Metafísico?

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