/ domingo 25 de agosto de 2019

Hojas de Papel Volando | La fotografía que nos hace. "A ver, a ver... pajarito... sonría... pajarito..."

Ser fotógrafo no es cualquier cosa. Es una vocación. Es un arte. Es la forma de entender al mundo puesto en instante fugaz, pero que se eterniza ahí. Los fotógrafos son milagrosos: magos: alquimistas: artistas: héroe

Lo vi, pero no me acuerdo. Y sin embargo el fotógrafo estuvo ahí: Estoy de pie, tengo tres años. Junto a una puerta de alguna casa. Dicen mis hermanos que tenía miedo, pero que mi madre me puso en orden para estarme quieto-quietecito- “A ver, a ver... pajarito... sonríe... pajarito... no te muevas... pajarito...’ y ¡clik! Aquel hombre tomó la foto. Y ahí estoy después de tantos años.

Con la cara malhumorada, calzones blancos de los que casi nadamás quedaba el resorte, zapatos con agujero al frente y yo mirando desconfiado a ese extraño monstruo puesto en un ‘tripié’ –esto lo supe luego- y mis manos apretadas una con otra... “Listo... ¿ya ves? No pasó nada.” Pero si pasó todo: me quedé ahí, para siempre, guardado en una foto tamaño postal en blanco y negro... que ahora es amarillo y café... y que de tiempo en tiempo la veo y me acuerdo... no me acuerdo... si me acuerdo...

De pronto aparecía por allá el fotógrafo al que luego reconocía. Con su traje negro cubierto de polvo; su sombrero de fieltro cuya forma había dejado de ser y que parecía charola puesta al revés. Sus zapatos viejos y camisa que había sido blanca y con cuello volteado... Era un pan de dulce aquel señor...

En la casa siempre que se podía nos sacábamos una fotografía; solos cada uno, o todos los hermanos juntos; la familia toda... Ahí está el abuelo. La mamá con su mandil. Y ahí estamos todos entonces y ahora; cuando no sabíamos lo que habríamos de ser y qué sería. Y desde entonces ahí guardados no nos movemos porque no queremos que termine aquel momento y, por lo mismo, nos quedamos quietecitos, como pajaritos, aunque luego cada uno tomó su propio vuelo...

Más tarde, en viajes que hacíamos al entonces inolvidable Distrito Federal, era obligado ir a dos lugares: primero a La Villa de Guadalupe... en donde estaríamos un buen rato, comeríamos lo que se pudiera y unas tortillitas de maíz dulce que venían envueltas en papel de china. Nunca más dulce que esas tortillitas que se derretían en el paladar y que nos hacían ver al infinito...

¡Ah! Pero luego la fotografía. Ahí estaban puestos los fotógrafos. Con sus cámaras en el ‘tripié’ y con grandes mantas atrás con paisajes alusivos a la visita a La Villa: hermosos campos idílicos, arroyos, nubes blancas en fondo azul, soles tan brillantes como el mismo sol, la Virgen de Guadalupe... y nosotros al frente...

Ellas, mis hermanas, vestidas de “china poblana”; nosotros, con sombrero y pistolas al cinto. Los trajes prestados ahí mismo, por supuesto. Yo subido en un cuaco de madera y madre y abuelo al lado: todos mirando al fotógrafo que haría la obra máxima de sus obras: nuestra vida feliz puesta en un cuadro de tres pesos: “con marco cuatro”. Y luego... grrrr... el Zoológico de Chapultepec.

Ser fotógrafo no es cualquier cosa. Es una vocación. Es un arte. Es la forma de entender al mundo puesto en instante fugaz, pero que se eterniza ahí. Los fotógrafos son milagrosos: magos: alquimistas: artistas: héroes: miradas de cristal que tienen y que ven más de lo que nuestros ojos alcanzan a percibir a simple vista... Ellos lo ven todo y más allá.

Un fotógrafo nunca está quieto. Lo sé porque los he visto. Porque los conozco inquietos. Interminablemente al acecho. Me maravillan los ‘reporteros gráficos’ a los que he visto seguir la orden del día; correr tras la fotografía exacta; estar en el momento más oportuno en el lugar preciso. Y la buscan. Y la encuentran. Son nuestros ojos y nuestra pupila: son la niña de estos ojos que quiere saber lo que pasa y lo que ocurre y ellos nos lo dan...

Y van cargados con sus enormes mochilas, con sus chalecos con mil bolsas en las que irán sus instrumentos de trabajo; y sus cámaras dispuestas-listas-admirables. Y van a traer la imagen que saldrá inmediato –como es hoy- en los medios distintos, para informar, para otorgar a todos ese momento exacto en el que tenemos que reflexionar porque lo que ellos vieron, nos lo dan en imagen para nuestra consideración y para nuestro azoro o admiración o triste rechazo...

Y todo, con mucha frecuencia, a riesgo de su propia seguridad, de su integridad y de su estabilidad emocional: si, porque dicen los doctores que de esto saben que si hay una profesión más estresante y más traumática es la del periodismo, pero aún más en el caso del periodista gráfico.

¿Cuántos de ellos han caído en el terreno de los hechos? ¿Cuántos han sido víctimas colaterales? Y qué tal aquel que se plantó frente al fusil de aquel soldado y que cada uno, con su arma, se miran y van al ¿a ver quién dispara primero?, mientras otro fotógrafo registra el momento...

Quién lo iba decir por entonces, cuando hace apenas unos días, en 1820, el francés Joseph Nicéphore Niépce descubrió el hielo, que es decir, “el procedimiento fotográfico a modo de heliograbado. Fue él quien consiguió una primera imagen que era una vista desde su ventana en Le Gras, para lo que usó una cámara oscura y una mezcla de betún de Judea” (lo dicen los libros).

Pero todo aquello era incipiente, luego se asoció con Louis Daguerre quien a la muerte de Niépce siguió experimentando hasta conseguir lo que luego sería eso: el “Daguerrotipo”, el que fue difundido al mundo en 1839: “año cero de la fotografía”.

Y de ahí para el real. El invento se divulgó por todo el mundo y a lo largo de los años se fue perfeccionando, pero también, en la medida en que ocurría, comenzaba a derivar en distintas formas de usar el invento: ya como sustituto de la fotografía pictórica, o como testimonio de vida. Como arte. Como prueba de vida. Como estética. Como emoción. Para aplicación científica y tecnológica. Pero sobre todo para informar.

Los fotógrafos surgieron en cantidades insospechadas. Por todo el mundo. Pero también se creaba conciencia de que la fotografía no es sólo el instrumento para obtenerla, sí quien opera ese instrumento cada vez más complicado aparentemente, pero al mismo tiempo más fiel a su tiempo.(Los celulares hoy son instrumento, pero no todos los que sacamos fotografías somos fotógrafos.)

Un paisaje es igual siempre: muy hermoso, pero éste adquiere rango superior cuando un fotógrafo deposita en su fotografía su propia visión de ese mismo paisaje; le agrega su intención y su carácter; su conmoción como su desconcierto y su propia inquietud: así el paisaje aquel deja de ser cualquier paisaje y pasa a ser el momento supremo del fotógrafo.

Sobre el periodismo gráfico: el periodismo que pone a los ojos del público, en una sola vista, la profundidad de los hechos; su drama; su tragedia o su felicidad. Todo depende. Y en México hemos tenido fotógrafos de fuste, de gran arte y calado...

En lo artístico y testimonial Manuel Álvarez Bravo, Graciela Iturbide, el mismísimo Juan Rulfo, Pedro Meyer, Lourdes Grobet, Mariana Yampolsky... Y tantísimos más que nos heredan la visión personal de México, que es de ellos y somos todos...

Pero en esa tarea ardua y peligrosa; la misma que obliga a quedarse quieto un momento y ahondar en el sentido de lo que se vive y lo que se ve, son los periodistas gráficos, que por su obra son parte del arte y cultura del país. Son la vida del país. Testigos del momento, para siempre.

Pedro Valtierra, el gran Pedro Valtierra que nos ha dado momentos inigualables porque ha puesto en el papel el conflicto social que es, asimismo, conflicto humano: la lucha de unos con otros aquí. Y él ha establecido una forma de hacer fotografía y periodismo y arte: el ser humano en sus intensidades más corrosivas o más emotivas. ¿Y qué tal Christa Cowry?

Y Nacho López, el tamaulipeco y sus ‘foto ensayos’ de la gente cotidiana, la de a pie juntillas. Y aquellos Casasola, y los Hermanos Mayo, y Daniel Aguilar, o Luis Humberto González. Y qué tal los grandes que son Fernando Villa del Ángel y Federico Gama y Elsa Medina y Enrique Metinides, “El niño fotógrafo”... y Héctor García y su retrato urbano y tantos-tantísimos-muchos buenos periodistas-fotógrafos que nos endilgan su propio mundo para hacer más ancho el nuestro.

Y ahí estoy: ahora con unos siete años. Pantalón de peto (los odiaba), camisa de manga corta, pelos parados –como debe ser-, y mirada ya inquieta-traviesa-latosa. Me miro y no me creo. Pero el fotógrafo me hizo así para que lo sepan cuantos: para que lo sepa yo....

Y ese fotógrafo sigue recorriendo pueblos, caminos, distancias enormes, sube montañas y llega a desiertos y mares; toma agua de arroyos y camina en tierra seca y polvosa, con su traje obscuro, su sombrero con holanes, su camisa que fue blanca, cuello volteado, mangas ennegrecidas por el tiempo y con su mirada dulce, muy dulce, porque sabe que nos dejará el sueño de la vida, en una postal... Dicen que lo han visto por ahí, caminando con su cámara y su tripié. Ahí va. Bendito seas.

Lo vi, pero no me acuerdo. Y sin embargo el fotógrafo estuvo ahí: Estoy de pie, tengo tres años. Junto a una puerta de alguna casa. Dicen mis hermanos que tenía miedo, pero que mi madre me puso en orden para estarme quieto-quietecito- “A ver, a ver... pajarito... sonríe... pajarito... no te muevas... pajarito...’ y ¡clik! Aquel hombre tomó la foto. Y ahí estoy después de tantos años.

Con la cara malhumorada, calzones blancos de los que casi nadamás quedaba el resorte, zapatos con agujero al frente y yo mirando desconfiado a ese extraño monstruo puesto en un ‘tripié’ –esto lo supe luego- y mis manos apretadas una con otra... “Listo... ¿ya ves? No pasó nada.” Pero si pasó todo: me quedé ahí, para siempre, guardado en una foto tamaño postal en blanco y negro... que ahora es amarillo y café... y que de tiempo en tiempo la veo y me acuerdo... no me acuerdo... si me acuerdo...

De pronto aparecía por allá el fotógrafo al que luego reconocía. Con su traje negro cubierto de polvo; su sombrero de fieltro cuya forma había dejado de ser y que parecía charola puesta al revés. Sus zapatos viejos y camisa que había sido blanca y con cuello volteado... Era un pan de dulce aquel señor...

En la casa siempre que se podía nos sacábamos una fotografía; solos cada uno, o todos los hermanos juntos; la familia toda... Ahí está el abuelo. La mamá con su mandil. Y ahí estamos todos entonces y ahora; cuando no sabíamos lo que habríamos de ser y qué sería. Y desde entonces ahí guardados no nos movemos porque no queremos que termine aquel momento y, por lo mismo, nos quedamos quietecitos, como pajaritos, aunque luego cada uno tomó su propio vuelo...

Más tarde, en viajes que hacíamos al entonces inolvidable Distrito Federal, era obligado ir a dos lugares: primero a La Villa de Guadalupe... en donde estaríamos un buen rato, comeríamos lo que se pudiera y unas tortillitas de maíz dulce que venían envueltas en papel de china. Nunca más dulce que esas tortillitas que se derretían en el paladar y que nos hacían ver al infinito...

¡Ah! Pero luego la fotografía. Ahí estaban puestos los fotógrafos. Con sus cámaras en el ‘tripié’ y con grandes mantas atrás con paisajes alusivos a la visita a La Villa: hermosos campos idílicos, arroyos, nubes blancas en fondo azul, soles tan brillantes como el mismo sol, la Virgen de Guadalupe... y nosotros al frente...

Ellas, mis hermanas, vestidas de “china poblana”; nosotros, con sombrero y pistolas al cinto. Los trajes prestados ahí mismo, por supuesto. Yo subido en un cuaco de madera y madre y abuelo al lado: todos mirando al fotógrafo que haría la obra máxima de sus obras: nuestra vida feliz puesta en un cuadro de tres pesos: “con marco cuatro”. Y luego... grrrr... el Zoológico de Chapultepec.

Ser fotógrafo no es cualquier cosa. Es una vocación. Es un arte. Es la forma de entender al mundo puesto en instante fugaz, pero que se eterniza ahí. Los fotógrafos son milagrosos: magos: alquimistas: artistas: héroes: miradas de cristal que tienen y que ven más de lo que nuestros ojos alcanzan a percibir a simple vista... Ellos lo ven todo y más allá.

Un fotógrafo nunca está quieto. Lo sé porque los he visto. Porque los conozco inquietos. Interminablemente al acecho. Me maravillan los ‘reporteros gráficos’ a los que he visto seguir la orden del día; correr tras la fotografía exacta; estar en el momento más oportuno en el lugar preciso. Y la buscan. Y la encuentran. Son nuestros ojos y nuestra pupila: son la niña de estos ojos que quiere saber lo que pasa y lo que ocurre y ellos nos lo dan...

Y van cargados con sus enormes mochilas, con sus chalecos con mil bolsas en las que irán sus instrumentos de trabajo; y sus cámaras dispuestas-listas-admirables. Y van a traer la imagen que saldrá inmediato –como es hoy- en los medios distintos, para informar, para otorgar a todos ese momento exacto en el que tenemos que reflexionar porque lo que ellos vieron, nos lo dan en imagen para nuestra consideración y para nuestro azoro o admiración o triste rechazo...

Y todo, con mucha frecuencia, a riesgo de su propia seguridad, de su integridad y de su estabilidad emocional: si, porque dicen los doctores que de esto saben que si hay una profesión más estresante y más traumática es la del periodismo, pero aún más en el caso del periodista gráfico.

¿Cuántos de ellos han caído en el terreno de los hechos? ¿Cuántos han sido víctimas colaterales? Y qué tal aquel que se plantó frente al fusil de aquel soldado y que cada uno, con su arma, se miran y van al ¿a ver quién dispara primero?, mientras otro fotógrafo registra el momento...

Quién lo iba decir por entonces, cuando hace apenas unos días, en 1820, el francés Joseph Nicéphore Niépce descubrió el hielo, que es decir, “el procedimiento fotográfico a modo de heliograbado. Fue él quien consiguió una primera imagen que era una vista desde su ventana en Le Gras, para lo que usó una cámara oscura y una mezcla de betún de Judea” (lo dicen los libros).

Pero todo aquello era incipiente, luego se asoció con Louis Daguerre quien a la muerte de Niépce siguió experimentando hasta conseguir lo que luego sería eso: el “Daguerrotipo”, el que fue difundido al mundo en 1839: “año cero de la fotografía”.

Y de ahí para el real. El invento se divulgó por todo el mundo y a lo largo de los años se fue perfeccionando, pero también, en la medida en que ocurría, comenzaba a derivar en distintas formas de usar el invento: ya como sustituto de la fotografía pictórica, o como testimonio de vida. Como arte. Como prueba de vida. Como estética. Como emoción. Para aplicación científica y tecnológica. Pero sobre todo para informar.

Los fotógrafos surgieron en cantidades insospechadas. Por todo el mundo. Pero también se creaba conciencia de que la fotografía no es sólo el instrumento para obtenerla, sí quien opera ese instrumento cada vez más complicado aparentemente, pero al mismo tiempo más fiel a su tiempo.(Los celulares hoy son instrumento, pero no todos los que sacamos fotografías somos fotógrafos.)

Un paisaje es igual siempre: muy hermoso, pero éste adquiere rango superior cuando un fotógrafo deposita en su fotografía su propia visión de ese mismo paisaje; le agrega su intención y su carácter; su conmoción como su desconcierto y su propia inquietud: así el paisaje aquel deja de ser cualquier paisaje y pasa a ser el momento supremo del fotógrafo.

Sobre el periodismo gráfico: el periodismo que pone a los ojos del público, en una sola vista, la profundidad de los hechos; su drama; su tragedia o su felicidad. Todo depende. Y en México hemos tenido fotógrafos de fuste, de gran arte y calado...

En lo artístico y testimonial Manuel Álvarez Bravo, Graciela Iturbide, el mismísimo Juan Rulfo, Pedro Meyer, Lourdes Grobet, Mariana Yampolsky... Y tantísimos más que nos heredan la visión personal de México, que es de ellos y somos todos...

Pero en esa tarea ardua y peligrosa; la misma que obliga a quedarse quieto un momento y ahondar en el sentido de lo que se vive y lo que se ve, son los periodistas gráficos, que por su obra son parte del arte y cultura del país. Son la vida del país. Testigos del momento, para siempre.

Pedro Valtierra, el gran Pedro Valtierra que nos ha dado momentos inigualables porque ha puesto en el papel el conflicto social que es, asimismo, conflicto humano: la lucha de unos con otros aquí. Y él ha establecido una forma de hacer fotografía y periodismo y arte: el ser humano en sus intensidades más corrosivas o más emotivas. ¿Y qué tal Christa Cowry?

Y Nacho López, el tamaulipeco y sus ‘foto ensayos’ de la gente cotidiana, la de a pie juntillas. Y aquellos Casasola, y los Hermanos Mayo, y Daniel Aguilar, o Luis Humberto González. Y qué tal los grandes que son Fernando Villa del Ángel y Federico Gama y Elsa Medina y Enrique Metinides, “El niño fotógrafo”... y Héctor García y su retrato urbano y tantos-tantísimos-muchos buenos periodistas-fotógrafos que nos endilgan su propio mundo para hacer más ancho el nuestro.

Y ahí estoy: ahora con unos siete años. Pantalón de peto (los odiaba), camisa de manga corta, pelos parados –como debe ser-, y mirada ya inquieta-traviesa-latosa. Me miro y no me creo. Pero el fotógrafo me hizo así para que lo sepan cuantos: para que lo sepa yo....

Y ese fotógrafo sigue recorriendo pueblos, caminos, distancias enormes, sube montañas y llega a desiertos y mares; toma agua de arroyos y camina en tierra seca y polvosa, con su traje obscuro, su sombrero con holanes, su camisa que fue blanca, cuello volteado, mangas ennegrecidas por el tiempo y con su mirada dulce, muy dulce, porque sabe que nos dejará el sueño de la vida, en una postal... Dicen que lo han visto por ahí, caminando con su cámara y su tripié. Ahí va. Bendito seas.

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